Volver a casa

Irse de casa es difícil, pero también lo es volver. Para irse hay que sentirse solo, aislado, y muchas veces superior. Es un sentimiento horrible, tienen que pasar muchas cosas, años, para sanar ese gusanillo que nos carcomía día a día en las calles, las rutinas, de ese que fue nuestro hogar. Rechazar los dichos locales para marcar una clara diferencia, aprender una lengua extranjera, obscura, inútil, leer en esa lengua, jamás en la nuestra, o pretender leer, en un café, en uno que no sirve productos locales, en uno que no pone música en nuestro idioma, uno plagado de personas como nosotros, solas, rotas, corrompidas por el gusanillo de la superioridad.

Irse de casa implica no vivir más en el presente, intoxicarse de un futuro vaporoso, inútil en su irrealidad. Implica dejar de querer a nuestra gente, de a poco, para que ese día en el que finalmente eso que tanto deseamos -ese irnos, esfumarnos- llegue, nos duela menos, y podamos, como piedras astutas, dar un beso breve, un abrazo casual, y correr, como si el monstruo del tiempo nos pisara los talones, lanzarnos a esa neblina que será nuestra vida, nuestro hogar.

Llegamos a otra tierra, de lengua obscura, una de esas lenguas que soñábamos hablar, pero no hablamos. Al principio es fascinante, la diferencia, ir por calles extranjeras, calles hermosas, antiguas, con faroles, bicicletas, cafés plagados de gente como aquella de los cafés de nuestro hogar, pero ahora es real, esos capuchinos, esos lentes espesos, esas novelas extensas de lengua obscura, el sueño está allí, se ha hecho realidad. Estamos henchidos, exploramos la moda, la copiamos, ordenamos lo mismo que el vecino de al lado, y nos conectamos con aquella gente a la que dejamos atrás, abrimos la correspondencia con una frase de la lengua obscura, la cerramos también así, hablamos de nuestros privilegios, mencionamos cosas que no entendemos pero creemos impresionarán, buscamos en ese teclado extraño los caracteres de esa lengua rara, lejana, que ahora se supone es la nuestra, pero aún no lo es.

Un día la aprendemos, a base de golpes, experiencia, necesidad. Ahora podemos leer también en esa lengua, podemos decir te quiero, podemos decir vete a la mierda. A veces no sabemos cuál frase nos define, si querer o maldecir. Hacemos amigos, amantes, enemigos también. Hacemos una vida, como es la vida, siempre menos impactante en su cotidianidad.

Nos aburre la vida, esa lengua que ya no es obscura, esos días que en su planitud ya no nos aceleran. Rondamos por las calles que antes nos deslumbraban en su novedad, nos volvemos criticones. Allí, a millas de ese hogar original, el gusanillo regresa. Ya no nos basta, no nos sacia. Otra vez endurecemos el alma, empacamos, decimos adiós.

Nueva gente, nueva vida, lengua obscura, hasta la llegada, siempre cierta, de la vida y su simpleza, de los actos que aquí o allá, son los actos que la componen: dormir, querer, comer, andar, pasear, añorar, preguntar, buscar.

Vienen los viajes, entonces, las vacaciones. Ya son años desde aquel día en que dijimos adiós a nuestra familia y amigos de la infancia. Algo se aprende con el tiempo, o se cansa una de correr a alta velocidad, entonces se espacian las huidas. Viajar primero por ciudades hermosas, de adoquines y museos, beber cocteles, sentarse en un lounge. Después, cuando el antídoto se agota y la normalidad vuelve a teñirlo todo con su velo de simplicidad, volar a lugares lejanos, de lenguas profundamente obscuras, donde siquiera el alfabeto es el nuestro. Divagar ya no por ciudades sino por pueblos, pequeños, pueblos que son en sí mismos museos, la vida que se despliega de modo violento, salvaje, o no, de a poco, en atardeceres, comidas, olores que no reconocemos, pero nos gustan. Sentarse en balcones, a leer, a mirar un paisaje de nubes, montañas, un tren que pasa lento, y cargado, personas que nos miran desde sus ventanas, y nos hacen pensar.

Nos hacen pensar y escribir sobre casa, cuando estamos tan pero tan lejos de aquel sitio donde está el lugar donde nacimos, la escuela donde aprendimos a leer y a escribir.

Irse de casa es escapar, pero es curioso, solo en esta huida, en este correteo por la vida en el que nos llenamos de imágenes, gente, lenguas, podemos empezar a construir un puente de regreso al hogar. Para volver a casa tenemos que querernos, perdonarnos la huida, saber que la vida es eso, un tren que pasa, que va y viene, y gente que mira por las ventanas, y ve pasar.

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08 2016

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