Vivir la ciencia ficción

Las candidatas al Oscar para categoría de mejor película de este año reunieron un peculiar grupo de géneros: animación, bélico, comedia, drama, socio-político, y ciencia ficción. En estos días me he dedicado a ver en casa algunas de las muy variadas películas que componen este grupo. La elección de ayer fue entre The Hurt Locker y District 9. Estaba de humor laxo y relajado por lo que descarté un drama de guerra, y me decidí por el film de extraterrestres.

De la película en sí no tengo nada positivo que decir, lo que supongo me pone en una categoría de minoría, ya que sorprendida leí posteriormente que había recibido críticas estelares. Mi descontento hacia la película creció al informarme de que su principal objetivo era el de aleccionar sobre hechos socio-políticos del pasado (el desalojamiento de los residentes no blancos del Distrito 6 en Ciudad del Cabo durante el Apartheid), y no el retratar una realidad futurista, como lo han hecho las mejores piezas de ciencia ficción. Lo que me llamó la atención del film, entonces, no fue el film en sí mismo, sino el hecho de que haya sido Johannesburgo la ciudad escogida para filmar una película de este género.

Hace pocos meses Ben y yo estuvimos de visita en Sudáfrica, y al contrario de la mayoría de los turistas decidimos pasar 4 días en esta ciudad. Estando allí me di cuenta de que había algo más profundo y ominoso que la visible división de pieles y recursos. Existen, tal y como lo retrata District 9 de modo en extremo pedagógico, dos mundos que coexisten en una ciudad que es totalmente distinta dependiendo del color de piel que se tenga. El mundo de los blancos es sobre ruedas, el de los negros a pie, el de los blancos es de concreto y piscinas, el de los negros de latas e inmundicias.

Pero no era en este hecho donde residía lo siniestro de este lugar, sino más bien en el modo en que Johannesburgo existe hoy en día como una ciudad invertida que carece de núcleo y unidad. El centro de la ciudad, que a inicios de los 90 empezó a ser reclamado por la población negra que había sido expulsada hacia los territorios del sur durante el Apartheid, tuvo como consecuencia el éxodo de los blancos y del comercio, convirtiendo a esta área un día central en una zona de abandono y deserción; tal y como sucedió en Detroit hacia el final de los 60. Ambas ciudades comparten un centro derruido que se convirtió en zona fantasma tras la desaparición de zonas comerciales y de recreación, y una periferia rica y blanca que se extiende hacia el norte como una sombra cada vez más irreconocible de lo que un día fue una ciudad.

No le bastó a los blancos pudientes con desahuciar el centro de su ciudad, sino que aterrorizados de que aquello que había quedado encerrado en su interior se propagara optaron por una vida de murallas: las murallas de sus carros, de sus oficinas, de los centros comerciales donde se entretienen, y las de sus hogares. No me refiero aquí a las cuatro paredes típicas de una edificación, sino a murallas de kilómetros que encierran universos con casas, centros comerciales, parqueos con seguridad, gimnasios, escuelas, colegios, universidades, edificios de oficinas, salas de masaje y campos de golf. El sudafricano que puede costearse una residencia en uno de estos populares estates, puede dormir en paz, protegido de la vida misma. La normalidad en Johannesburgo consiste en la materialización de una ecuación de horror a la que más y más ciudades en el mundo están acercándose: vida=peligro, encierro=seguridad.

Estando allí y contemplando estos hechos no pude dejar de pensar en una película de ciencia ficción protagonizada por Bruce Willis que vi en diciembre llamada Surrogates. El film trata sobre un futuro en que los seres humanos no salen a la calle aterrorizados por el clima de hostilidad e inseguridad (real o imaginada) que reina, y en su lugar viven desde la comodidad y seguridad de sus casas mientras, conectados a una computadora, pilotean a un androide que vive la vida por ellos: un sustituto.

Johannesburgo no me impactó por su pobreza, o su división de clases, ni su criminalidad, elementos todos que por desgracia están presentes en muchas otras partes del mundo, me impactó al darme cuenta de que lo verdaderamente siniestro consistía en que en esta ciudad invertida que ha perdido la cordura y la unidad el oscuro futuro se ha convertido en realidad.

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saracaba

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03 2010

4 Comments Add Yours ↓

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  1. Julio #
    1

    Sin ánimo de extenderme demasiado, la susodicha District 9 me ha parecido un ejercicio bastante mediocre para las altas pretensiones que traía el film. Yo también me encuentro en esa minoría amante del buen cine que no ha encontrado nada que se merezca un Oscar, ni tan siquiera una recomendación hacia mis amigos cinéfilos.

    Ya que algunos no tenemos o no sacamos el tiempo suficiente para reflexionar sobre esta y otras cuestiones de la vida, iremos a tu blog asiduamente, para poder recibir esa dosis de análisis y sentido común tan necesaria que recibo al leerte.

    Muchas gracias

  2. saracaba #
    2

    Hola Julio, ¡bienvenido al blog! Qué gusto que hayás pasado por acá y aun más que hayás dejado tu comentario. Quizás la extraña selección de los Oscar 2010 responda al extraño año del que son producto. Diferentes ángulos desde los cuales la gente aborda una crisis mundial. Mi objetivo es subir un nuevo artículo cada semana, así que ojalá siga teniendo el placer de tenerte a vos y a tus amigos como lectores/comentadores. Muchos saludos, Sara.

  3. 3

    no he visto todavía las de los premios de hace tres o cuatro años. tendría que ponerme al día. o tal vez no.

    • saracaba #
      4

      es siempre una opción, a mí me entretiene, como te entretiene ver las noticias: luego tenés temas comunes con el resto de la gente, y a veces te podés sorprender positivamente



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