Una mancha en mi hogar

Este texto debió haber sido de tono alegre y jovial, así fue como lo había ensayado en mi cabeza durante las horas que pasé en el Eurostar camino a casa. Esta Semana Santa estuve en París por primera vez en mi vida, se suponía que iba a disfrutar de horas distendidas en terrazas, de suculentos manjares, de sol primaveral, se suponía que vería un prometedor y cotizado espectáculo de teatro y reportaría a mi regreso sobre el éxito de un proyecto social en que me he aventurado.

A París la había logrado evitar por más de ocho años. En 2002 fue mi primer viaje a Europa, ese para el que una ahorra una eternidad y que nunca se olvida como la mejor de las fiestas de quinceaños. A mis 23 logré juntar el suficiente dinero para montarme en un vuelo trasatlántico por primera vez. Antes de partir fui meticulosa en trazar mi itinerario de viaje, y pregunté por recomendaciones. Sin duda alguna París fue el denominador común, pero, pero, me decían quienes recomendaban, tenés que ser fuerte, porque los parisinos son detestables, mientras aderezaban sus sugerencias con historias de horror turístico propias o ajenas que me ponían los pelos de punta. Era evidente para mí que no pensaba derrochar el dinero que tanto me había costado ahorrar en las terrazas de unos atorrantes agresores. Estando en la estación de St Pancras Londres en aquel entonces recuerdo haberme preguntado por última vez: ¿estás segura?, como quien está a punto de darle un vuelco irreversible a su vida, y mientras me decía , mi boca pronunciaba un Bruselas, y no un París. No conozco Bruselas tampoco, de su estación salí directo hacia Brujas, y no me arrepiento ni un segundo de este giro que mi vida dio, porque bebí y comí como una reina en esta preciosa ciudad.

A París no deseaba en realidad ir a pasar estas fechas festivas, pero llevo cerca de dos años tratando de pescar un espectáculo de Robert Wilson, y resulta ser que en el Théâtre de la Ville de esta ciudad presentarían entre el 1 y 4 de abril una ópera dirigida por este dramaturgo. Este viaje, y la asistencia a este show, los vengo planeando desde hace 5 meses. Amargos fueron los días al teléfono en que tuve que llamar para comprar los boletos (porque este era el único espectáculo que no se podía reservar por Internet) ya que día tras día me topé con un rotundo No tickets, No tickets more, seguido del estallido del auricular francés en mi oído. Traté de no dejarme influenciar, quizás no eran todos los parisinos antipáticos sino solo aquellas mujeres nefastas que se presentaban al otro lado de la bocina. El resultado fue que me monté en el Eurostar, esta vez rumbo a París, avec no tickets.

Estando allá decidí disfrutar del tiempo con o sin Wilson. El viaje empezó muy bien, esto debido al éxito inicial del proyecto social que mencionaba al inicio. Hace unos meses Ben y yo nos hicimos miembros de una servicio llamado homeforswap, que consiste en intercambiar residencias con desconocidos en cualquier parte del mundo (como en las películas, sí). Pues también pasa en la vida real, y nosotros hemos sido parte de un proyecto al que creo pocos se animarían. La idea suena bien, pero a la hora de la hora da cosa. La primera incursión no fue simultánea, sino que estando nosotros en Costa Rica se quedó en nuestra casa por 2 semanas una pareja que vive en Trieste, Italia. Un señor italiano y su mujer rusa. Cada día de mi estadía en Costa Rica rogué porque todo estuviera bien al otro lado del océano, consciente de que un par de personas a las que no había visto mas que en fotos estaban durmiendo en mi cama, comiendo en mi cocina, viendo mi televisión, ojeando mis libros, mirando mis películas. Fue extraño el entrar a casa sabiendo que dos personas a las que no vimos y quizás jamás veremos habían vivido nuestra vida por quince días. El apartamento estaba impecable, solo había un par de cambios (extraños e innecesarios, nos parecieron, como el poner las sillas de la sala en un lugar distinto, o el cambiar de sitio las plantas de la cocina) que denotaban que había habido presencias ajenas. Casi como un ladrón que entra, se toma una taza de té, se prepara la cena, se acomoda, se prueba las pijamas del señor de la casa, y al irse se da cuenta de que se la pasó tan a gusto que prefiere no llevarse nada, pero por tradición decide cambiar el orden de las cosas, y mueve un par de sillas y descoloca un par de objetos.

La experiencia fue interesante y decidimos volverlo a intentar. El apartamento en que nos quedamos en París, donde vive una pareja mayor de franceses -él profesor de la distinguida Sorbonne- con su mujer, y una hija de 18 años que estudia cine, resultó ser una joya. Impecable, con exquisita decoración, enorme, en el corazón de Saint-Germain-des-Prés. Desde la ventana de la sala podíamos saludar a la Torre Eiffel. Esto hizo de París, y de sus no muy agradables habitantes, y de su clima que resultó ser torrencial y gélido una experiencia fenomenal. No solo se intercambia una casa sino estilos de vida. Me puse las pantuflas de la señora de la casa muy ufana en cuanto entramos, mi esposo tomó el elegante paraguas del profesor y lo cargó por las calles de París como si le perteneciera, llenamos la refrigeradora como si fuera nuestra, nos llevamos desayunos a la cama, mi esposo empezó a decir de vez en cuando oui sin percatarse, y al final del día, empapados y exhaustos de tanto caminar, llegábamos a casa para darnos una ducha y relajarnos en la familiaridad del hogar. Así de fácil se adapta el ser humano. Hubiera podido seguir esa vida ajena que tan fácilmente asumí sino hubiera sido porque ya teníamos boletos de regreso.

Londres se me presentó extraña al volver. “Es raro, no me siento en casa en Londres” le dije a Ben un poco afectada. “Yo tampoco”, me dijo él, “pero creo que es cuestión de tiempo”. “Cada vez que volvemos siento que volvemos a un lugar donde están mis cosas, pero no a mi hogar” le dije sin sentirme menos inquieta. “Lo mismo me pasa” dijo él sin tomárselo tan a pecho. Al abrir la puerta de nuestro hogar fue evidente que otros habían asumido nuestras vidas con tanta naturalidad como nosotros las suyas. Había un olor sin precedentes en el apartamento, no un mal olor, solo un olor ajeno, que le pertenece a personas que no somos ni Ben ni yo, había productos en la canasta comestible de la cocina que nosotros no compraríamos, los huevos estaban sobre el mostrador, nosotros siempre los metemos en la refri, había leche, algo que jamás se compra en nuestra casa. Recorrimos el apartamento como lo hace un gato al ser transportado a un nuevo hogar, recorriendo las esquinas, re observando los objetos, tocando ciertos muebles. Mis cosas, mi hogar, me fui diciendo como en un mantra sueva e hipnótico. Todo parecía estar en orden hasta que llegué a la sala comedor y sobre la mesa me encontré con una nota novelística escrita por la dama francesa en la que anunciaba un accidente, uno que mis ojos felinos no habían llegado a captar.  Habían puesto una olla hirviendo sobre el centro de nuestra muy blanca mesa de comedor que había dejado una circunferencia café indisimulable. Ofrecían cubrir el accidente por medio de su compañía de seguros, lo que implica un esfuerzo logístico de mi parte que no estaba incluido en mis planes. El asunto no es solo la logística, sino que esa mesa la compramos en una tienda cuando vivíamos en Suecia y resulta ser que la tienda no existe mas que en este sitio polar. Esto es muy reciente, pasó tan solo anoche a eso de las 10pm, esperaba que al despertar mi enojo respecto a la quemadura hubiera cedido para poder escribir esa nota armónica que debía haber llegado a este blog, pero no es así, entonces escribo lo que escribo. Lo que no entiendo bien es el porqué de la molestia, si es porque parte de ese hogar mío construido por objetos se ha dañado, o si es porque con esta mancha no puedo terminar de despachar a estos extraños que vivieron mi vida por 5 días y siguen haciéndolo, no se van, los veo cada vez que paso por mi mesa y la mancha me atrapa.

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Twitter
  • Google Bookmarks
  • email
  • Google Buzz

About The Author

saracaba

Other posts by

Author his web site

06

04 2010

5 Comments Add Yours ↓

The upper is the most recent comment

  1. Andrew Miller #
    1

    Apreciada escritora, un saludo. Creo que el ensayo captura bien a los sentimientos raros que son dificiles explicar y a veces tan facil recordar, aunque son mas importantes que se puede imaginar! Me encantaba cuando escribio eso: “Así de fácil se adapta el ser humano.” Hay muchisimo miedo en el mundo respecto al tema. Siempre estamos en transicion, pero a que destino, no? Bueno. Gracias de nuevo por compartir sus escritos con todos. Hay unas publicaciones que definitinamente necesitan sus escritos. Son bien honestos y es bueno ver las cosas por sus ojos alli. Suerte con sus proximos escritos. Hay una publicacion en Peru que se llama Etiqueta Negra. Creo que debe publicar sus proximos escritos. Andrew Miller.

    • saracaba #
      2

      Hola apreciado lector Andrew, gracias por leer y comentar. Tenés razón que lo de la facilidad de adaptación es un arma de doble filo, puede ser signo de gran madurez o mediocridad. Interesante que mencionés Etiqueta Negra ya que hace rato vengo tratando de contactarlos pero el email que ponen en su website se me devuelve. Voy a tener que sacar el tiempo y la plata para llamarlos. Manana sale el nuevo posting de la semana. Muchos saludos, Sara

  2. Andrew Miller #
    3

    Bueno respecto a la linea, “Así de fácil se adapta el ser humano” queria agradecerle porque leerla me recuerda que una de nuestras mejores destrezas como seres humanos es la capacidad adaptarnos. Por bien y por mal, es algo que nos caracteriza.

  3. Fede #
    4

    Creo que el temor de la mancha es el que tenemos todos los que no podriamos afiliarnos al programa de intercambio…

    En cuanto al hogar, pienso que el hogar de cada uno es donde se te extraña… Creo que tu hogar es Ben, asi que siempre que estes con el, ahi estara tu hogar

    • saracaba #
      5

      Gracias por el lindo comentario sobre el hogar. Todo estamos luchando con la mancha esa, recuperando el espacio perdido poco a poco…



Your Comment

Safe Creative #1008220006078