Una cana y el tiempo

Cuando mi esposo Ben entró a mi vida yo apenas me reponía del divorcio con mi primer marido, y no esperaba nada del amor ni de las relaciones. Jamás hubiera podido imaginar, al leer el correo donde me invitaba a comer pizza al apartamento donde se había mudado tras la separación de su ex esposa danesa, que iba a terminar, no sólo enamorándome de este muchacho que había conocido en mis clases de maestría, sino también casándome con él.

Con Ben hubo una conexión importante desde el primer momento: ambos conocimos a nuestros ex daneses en Costa Rica (Ben vivió allá por un tiempo) y ambos partimos rumbo a Dinamarca desde mi país el mismo mes del mismo año, aún sin conocernos. Sin embargo, esta confluencia de hechos, que más tarde llegué a ver como una prueba irrefutable de que estábamos destinados a estar juntos, no me parecía entonces más que una curiosa coincidencia.

Ben era un muchacho guapo y divertido, pero fue su juventud lo que me impidió verlo de un modo diferente al conocerlo. Mis intereses de pareja habían estado históricamente dirigidos a hombres mayores o bastante mayores que yo, por creer que los años eran sinónimo de madurez y entereza. Fui la primera en sorprenderme, aquella noche de pizza, cuando las risas se fueron diluyendo en miradas incitadoras y roces de piel dilatados. Me dejé querer por Ben pese a su edad, pero no sin reservas. Mientras observaba su rostro acercarse a mí sin tregua, enrojecido por el vino y la emoción, sus labios que todavía le temblaban producto de la reciente confesión amorosa, sus ojos tan azules e inocentes, imaginé con desolador detalle el momento futuro en que me decía que lo había intentado, pero que no me podía querer.

Hace un par de semanas estábamos en la cama, yo leyendo y él haciendo algo tecnológico con su Ipad, cuando al dejar el libro de lado para mirarlo por un rato (porque todavía, después de años de unión y matrimonio no me deja de sorprender que sea él el hombre con el que me acuesto cada noche de mi vida), noté su primera cana, erigida con soberbia en medio de su abundante melena de pelo negro. La observé con dolor e impotencia, y lo único que pude decirle fue que no era justo, que él no podía envejecer. Ben, que ya había visto la cana y había elaborado su ritual de aceptación a solas, se rió, me besó la mano, y volvió a deslizar su dedo sobre la pantalla electrónica.

A mí me fue imposible regresar a la lectura. Lo seguí mirando, mientras la impotencia y el dolor dieron paso a una frustración de la que no me logro reponer. No es frustración con él, que ha dejado de ser aquel muchacho al que una vez besé por primera vez y se ha convertido en un hombre que me ha aprendido a amar, sino con el paso del tiempo y ese modo contundente, y a veces cruel, que tiene de demostrarnos que no hay vuelta atrás.

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04 2011

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  1. Fede #
    1

    Me parecio muy curioso que pusieras “Ben ERA un muchacho guapo y divertido”… Pobre… Ya no es ni guapo ni divertido??? Jejejeje

    Una cana no es nada… Siguen en la flor de la vida!
    A Jessy le impresiono que mis dos o tres canas en la sien derecha se convirtieron en unas veinte o treinta ya.. jajajaj

    Y hablando de canas, que pensara Ben de las tuyas? Saludos!

    • saracaba #
      2

      ERA un muchacho guapo y divertido, lo sigue siendo, pero en versión hombre. Es cierto que vienen un montón de canas más, pero hay algo que marca esa primera. Curiosamente más para la pareja que para uno mismo. He descubierto recientemente que el temor a la muerte del ser amado es mucho más fuerte que el de la propia. Me ha sorprendido darme cuenta de esto. ¿Mis canas? Pues no sería la belleza que soy sin ellas, ¡nada más preguntale a Ben!

  2. Fede #
    3

    “He descubierto recientemente que el temor a la muerte del ser amado es mucho más fuerte que el de la propia”
    Interesante postulado… Yo lo unico que espero es morir y que mis amados mueran viejos, despues de haber cumplido el circulo de la vida…

    • saracaba #
      4

      Sí, la cosa es cuándo se cumple ese círculo o ciclo. Creo que lo que hay de cruel en el asunto de la muerte es que no la controlamos, que es algo que pasa y no se sabe cuándo. Cosas como las canas son pequeños recordatorios de que hacia allá vamos, de eso no hay duda. Aunque suene muy cliché, lo único que podemos hacer al respecto es tratar de no posponer nuestra vida, vivirla a cada momento, y desear poder llegar a viejos. Abrazos, hermano mayor. Sara.



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