Una bella mujer

Uno de los grandes placeres de visitar un lugar donde una vez se vivió es poder reconstruir las rutinas que una vez se tuvo. Este miércoles Ben y yo decidimos que era el día de uno de nuestros rituales favoritos en Boston: cena en Blue Room, un pequeño restaurante subterráneo de ladrillo y luces tenues cerca de MIT, y película en el cine Kendall Square, una sala donde proyectan filmes con subtítulos, como los llama Franzen en su libro Freedom. Fue la película de la noche, Black Swan, la que hizo de la velada una memorable.

La primera cinta de Darren Aronofsky, director de Black Swan, que vi fue Pi (1998). Recuerdo que me llamó mucho la atención desde el punto de vista estético (película en blanco y negro con un acabado arenoso) y temático (un numerólogo-matemático convencido de que el universo se reduce al número 216), pero sobre todo desde el punto de vista psicológico. Aronofsky nos adentra con gradual intensidad en el mundo asfixiante y triturante de las obsesiones de su personaje masculino, y nos muestra, o mejor dicho, nos hace sentir, la desintegración de la mente y el cuerpo ante adicciones que van más allá del control humano. Su segunda película, Requiem for a Dream (2000), vuelve sobre estos mismos temas, valiéndose en este caso de la adicción a las drogas y no a los números. Esta película, que tiene una banda sonora increíble compuesta por Clint Mantsell e interpretada por Kronos Quartet, me volvió a sorprender positivamente. Su siguiente producción,  The Fountain (2006), me interesó tan poco que me es imposible recordarla con precisión, y su cuarta, The Wrestler (2008), me gustó, pero no me pareció aguda comos sus dos primeras. Las actuaciones del monstruoso Mickey Rourke y la sensual Marisa Tomei son excelentes, pero considero que, aunque volvió a su apasionante tema del nexo entre psique y cuerpo en conductas obsesivas, la película no alcanzó el nivel de profundidad psicológica que se merecía. A Black Swan llegué sin mayores expectativas. Sabía que Aronofsky haría una película digna de ser vista, pero quizás no notable. ¡Qué equivocada estaba! El director no solo ha hecho una película ya clásica en sí misma por la perfección con la que mezcla géneros que van desde el thriller psicológico y el surrealismo hasta el melodrama, sino que se adentra con una intensidad y elegancia que he visto en pocas ocasiones en el complejo universo de una ambiciosa bailarina que pone todo en juego, incluso su salud mental, para alcanzar el papel principal en el ballet que le da nombre a este filme.

Natalie Portman, la protagonista de esta película, siempre me ha parecido una artista excelente y bellísima –igual que el personaje que encarna en Black Swan-, pero cada vez que he terminado de ver una de sus cintas me he quedado con la sensación de que es capaz de mucho más de lo que da. Había estado esperando que experimentara una revelación como la de Halle Berry en Monster Ball (2001), pero el momento no parecía llegar. Hubo aproximaciones a este hecho en películas como Closer (2004), My Blueberry Nights (2006) y Hotel Chevalier, la parte introductoria de The Darjeeling Limited (2007), pero Portman no se lograba desprender del todo de su ternura de niña bien portada. Aronofsky no solo tuvo la virtud de crear una película hermosa y transgenérica, sino que tuvo la capacidad, y este es su mayor mérito, de transformar a Portman. La que aparece desde el primer segundo en la pantalla no es una muchacha linda y capaz, sino una mujer, con toda la belleza, turbulencia e intensidad que serlo conlleva. Portman, puedo afirmar finalmente, se ha convertido en una bella mujer.

Los dejo con el tráiler, que por desgracia no le hace justicia al filme. Este hay que verlo.

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12 2010

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