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Qué raro es viajar…

Viajar es una cosa rara. Un día estás en tu vida cotidiana, la tostada de cada mañana, la esquina que siempre luce igual, y ese mismo día, en cuestión de horas que se comprimen hasta casi desaparecer en el periodo del viaje (sobre todo si es por avión), estamos en otro lugar, con una esquina distinta, nunca antes vista o al menos no familiar, con un desayuno irregular, o un menú que ni siquiera logramos descifrar.

Siempre me ha gustado viajar, tengo una adicción al movimiento y la novedad. En mi blog de apenas hace un par de días mencionaba la huida, el endurecimiento, que creo es una parte personal que motiva esa necesidad de no permanecer, pero hay otro lado más lúdico, adrenalínico, que viene por asuntos emocionales, pero también por curiosidad e historia: la familia de mi mamá es panameña, por lo que crecí de niña viviendo en Costa Rica pero viajando con frecuencia a Panamá. Es un vuelo de menos de una hora, pero para una niña, entonces, era el mayor acontecimiento del año: sacar los zapatos de charol negros, lustrarlos, empezar a hacer la maleta con un mes de antelación, una prenda por día; escoger el cuadernito hermoso, perfecto, que serviría de diario en el exterior: los besos con Panchito, que me llevaba en su moto y me hablaba suavecito, caribeño; las peleas de gallos de mi tío Chichingo; los desayunos de arroz con guandú; las lluvias torrenciales que rompían la densidad tropical; y mi cuerpo que fue cambiando, con los años y los viajes, hasta llegar a ser una adolescente, allá en Panamá. Adolescente que después de una de las primeras y tremendas fiestas de mi vida se besó con furia y deseo con un brasileño hermoso, al que en mi rudimentario inglés le decía: I don’t want to make love, please. Qué niña era, y qué grande era ese muchacho, carioca, hermoso. Todas estas son cosas que pasaron allá, en Panamá, cosas que nos permitimos en el exterior, aunque esté a menos de una hora de distancia.

Hace un par de días un alumno de la escuela y amigo brasileño que acababa de volver de un viaje a Grecia puso en Facebook al publicar sus fotos del paseo: No one realizes how beautiful it is to travel until he comes home and rests his head on his old, familiar pillow. I love you Greece! Leí la frase una y otra vez, yo que acabo de volver de un viaje a India y Sri Lanka, y me quedé pensando desde entonces en ella; sin juicio, solo meditando, tratando de comprender mi reacción ante sus palabras.

Este viaje que acabo de hacer me trajo muchas preguntas. La pregunta principal: ¿por qué viajar? Una necesidad de desgranar algo que hasta cierto punto se ha convertido en mi vida, como en la de muchos otros, en un hábito. ¿De dónde viene la necesidad de separarnos de esa esquina común, de ese desayuno familiar, para lanzarnos a lo incierto, a aquello que sale de nuestro control? ¿Nos hace mejores personas viajar? ¿Nos sensibiliza?

No tengo, la verdad, respuestas a estas preguntas. Una parte de mí está cansada de ir a lugares sobre los que conozco poco para “desconectar”. Lo empiezo a encontrar ofensivo y me parece que en el futuro buscaré formas más profundas de conectar con algo, propio y nuevo, en lugar de buscar lo opuesto.

Por lo pronto, mientras venzo el jetlag y escribo a las casi cuatro de la mañana de un día en cuya normalidad ya debería estar yo más que profundamente dormida, me quedo con la emoción esa de poder cruzar fronteras, tiempo y lengua y poder ser y existir en otra dimensión distinta a la habitual. Me quedo con la belleza del momento ese, de una quinceañera costarricense, que en un país extraño, en una lengua que no es la suya, le puede decir a un chico de otra nacionalidad que no, que todavía no es el tiempo para hacer el amor.

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08 2016