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Pies en la arena

En Copenhague viví por 4 años, hace ya casi 16. Hace un par de semanas regresé por unos días de visita, llevaba unos 7 años sin ir, y tuve curiosidad de revisitar épocas, amigos, recuerdos. Fueron 4 días lindos. Decidí ir sin mi esposo; habitación de hotel sola para mí, tele grande (que no prendí), room service (que no usé). Alquilé una bicicleta, como corresponde, y me adentré de lleno en un pasado que me conmovió. Lugares donde lloré mucho, reí mucho; lugares donde me rompieron el corazón, y me lo recompusieron también.

Al regreso, al poner pie en este monstruo de ciudad que es Londres, me sentí bien, orgullosa, incluso: I thrive and exist in this massive gritty real thing London is, me dije. En inglés, porque mi cabeza está revuelta.

Pero así es Londres, un monstruo enorme, que a veces viene con sus bondades, y a veces te da unas patadas en el culo, y te aborda una soledad tremenda, una soledad que ninguna otra ciudad en el mundo te puede generar.

Hoy es un día de sol, pero solitario, al menos aquí adentro. Me monto en un bus de dos pisos, arriba, y como protegida por una cortina tropical, observo el mundo, toda esa gente que no para, nunca, va de aquí a allá, de aquí a allá.

Voy hacia el este, el camino desde el suroeste de la ciudad es largo, lento entre las masas de tráfico que abundan a toda hora. Dos recuerdos, sin ninguna conexión, vienen a mí mientras reclino mi cabeza contra el cristal de la ventana.

En uno estamos mi marido Ben y yo en su apartamento esquinero en Copenhague. Son nuestros primeros días juntos, un destino incierto ya que nuestras visas están por terminar. El iría a Estados Unidos, yo de vuelta a Costa Rica. Nos tocamos con cautela, nos reímos mucho cuando dejamos de lado el papeleo, la migración; hacemos el amor un poco asustados, ¿podemos? ¿tiene sentido si viene un final? Ben tiene un bonsái en su ventana. No recuerdo si era invierno, u otoño, pero esos días en su cuarto los recuerdo luminosos. Y siempre, en todo momento, el aroma a pan fresco que venía desde la panadería de abajo; el aroma fresco que envolvía esos días tan extraños, tan confusos, y nosotros tan jóvenes, metidos ya en aquella historia.

El otro recuerdo viene casi seguido. De nuevo un viaje a solas, esta vez a Boston, ciudad en la que también viví. Una parada de camino a Costa Rica, ver a amigos, caminar por Harvard Square, pero sobre todo ver a Larry, abrazarlo; a Larry que siempre me quiere, que siempre me hace sentir bien. Larry terapeuta, pero en realidad, en mi corazón, Larry padre. Boston en verano es hermoso, la presencia del mar, de la sal, es ubicua. Tomo un taxi a Swampscott, donde vive él. En nuestras visitas semanales a su consultorio Ben conducía, y hay cosas, debo decir, que después de tantos años de matrimonio, he olvidado hacer sola. El taxi me deja en esa puerta a la que Ben y yo llegamos tan dañados, tan tristes, y por la que un tiempo después salimos mejor, conscientes de que la vida es trabajo; de que nada se nos da. Allí estoy de nuevo, en esa puerta, eléctrica de felicidad por ver a ese hombre-papá que me ha hecho creer que sí, la vida puede ser bonita, y sí, me merezco ser feliz.

No puedo decir que la charla con Larry fuera la charla con un amigo, después de todo hay una transacción económica al final, un pago por su tiempo, la escucha. Pero es algo importante, algo que no se siente como una formalidad más, para ninguno de los dos. Larry me acompaña hasta la puerta y me pregunta a dónde voy. Al mar, le digo, sin más. Te llevo, me dice Larry con esa enorme sonrisa suya. ¿De veras? digo yo, toda niña, toda emoción. Voy por las llaves. Larry regresa con las llaves en su mano, lleva chancletas, camiseta y jeans. Me pone la mano en el hombro y juntos nos montamos en su camioneta alta. El mar, ese Atlántico enorme que tantas veces vi cubierto de nieve y tempestad en aquellas visitas con Ben, está a pocos minutos. Le hago muchas muchas preguntas, no sé de qué, de todo, de nada. Es la primera vez que Larry y yo existimos fuera de su oficinita, que cruzamos el umbral de aquella puerta. Quiero que ese paseo en camioneta, jamás se acabe. Larry me habla, no sé de qué, la verdad. Llegamos, me dice. Y se parquea en una esquina. El Atlántico está hermoso, con un sol casi tropical derritiéndose en sus olas. Larry saca un confite, me lo ofrece. Ambos lo comemos en silencio, sonriendo y mirando las olas caer. Bueno, le digo arrugando el papelito. I love you, sweetie, me dice. I love very much. I love you too, Larry. Y la puerta se cierra, y mis pies descalzos se hunden en la arena fresca.

Ahora estoy en una esquina del Este, y Londres sigue allí, sucediendo como siempre.

Ojalá que el día que ya no esté aquí, en algún bus de algún lugar, un recuerdo cálido como los de hoy me asalte, y piense yo con cariño y añoranza en un presente que a veces, coño, no es tan fácil de calar.

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05 2018

Japón

Una vez leí en un relato de Grace Paley una frase que subrayé con ahínco. Decía algo así como ‘necesito la distancia para escribir sobre los hechos’. La subrayé porque yo también necesito eso, la distancia, para saber de qué es de lo que quiero hablar, o mejor dicho, escribir; pero en este momento tomo el riesgo de hacerlo porque siento es la única red que tengo entre este espacio extraño que se abre entre el momento en que volvemos de un viaje lejano, y regresamos a este lugar que llamamos hogar. La mañana no termina de arrancar, aplacada por la densa niebla londinense, y siento un deseo de contar, por el solo hecho de aplacar la desazón de este espacio de transición en el que ya no se es la turista llena de levedad y aventura, y tampoco se es la persona que se era, no solo porque eso lleva un proceso de reajuste también, sino porque los viajes nos cambian, aunque de esos cambios solo sabremos con la distancia, como lo dijo Paley.

Sentada en mi cama en Battersea, con la luz apagada como para retrasar este día que empezará, lo quiera yo o no, pienso en algunas experiencias de mi reciente visita a Japón. Las escribo para forjarme un puente, para que quizás ustedes puedan viajar conmigo también. Pienso en,

  • la mano de mi esposo Ben, que me lleva por entre la multitud del enorme aeropuerto Haneda en Tokio, y luego la enorme estación de trenes de Shibuya, en el centro de la ciudad. “Los japoneses son unos genios en organizar el tránsito de masas” me dice Ben, que ha estado en Tokio antes. Miro a mi alrededor, tiene razón. Es una masa de hormigas que se mueve con perfecta armonía, y nosotros somos ahora parte de la masa, hormigas japonesas en acción.
  • la fila larga que se arma fuera del puesto de ramen en el que comimos nuestro primer almuerzo. Estamos de pie en una acera llena de colores, ruidos electrónicos que despiden las pantallas ubicuas que cuelgan de cada uno de los inmensos edificios a nuestro alrededor. Todos los japoneses en la fila (somos los únicos extranjeros) con sus caras consumidas en sus teléfonos. Yo sigo a Ben, y su mano que me sostiene. Vamos bajando unas graditas hacia un sótano, poco a poco, hasta llegar a una máquina con muchas opciones, y la bendición de las ilustraciones para cada una de las opciones. Ben aprieta botones, pone monedas, y la máquina escupe unos papelitos indescifrables. Eso comeremos. Pareciera el vestíbulo de un antiguo prostíbulo. Se oyen voces, movimientos, pero frente a nosotros solo hay cortinas de color rojo, con esos hermosos caracteres japoneses que no comprendo ni comprenderé. Se abre la cortina izquierda y un hombre bajito, como casi todos, nos hace pasar. El pasillo es de medio metro de ancho, y lo que hay son bancos con casillas donde se come de manera individual, mirando a una pequeña cortinita roja, que solo se abre al inicio, cuando un veloz e imperceptible mesero pone el pedido, cierra la cortina, y vuelve a desaparecer. Ben y yo encontramos la forma de abrir la separación entre nuestras butacas. Decimos poco, yo sonrío, mucho, estoy allí, en Japón. Le envío una foto en whatsapp a mi mamá que está en Costa Rica. “Saludos desde Japón”, escribo. Pero sé que no lo entiende, el momento, las butacas, ese caldo celestial y espeso, las cortinas que se abren y se cierran, de manera veloz, imperceptible.
  • un pequeño bar en el barrio de Shinjuku en Tokio en un conglomerado de bares y yakitoris, pinchitos de carne que se asan y se sirven, normalmente con cerveza. Ben y yo entramos cuando había pocas personas allí. De nuevo, los únicos extranjeros en el lugar. Es una barra que encierra una cocina donde tres enérgicos y amistosos chefs se mueven como gacelas y sirven delicias. Nos dan un menú en Engrish con las recomendaciones. El sitio se va llenando, nos apretamos más y más, para dar cabida a los hombres solitarios que vienen después de sus largas jornadas laborales, a las parejas de amigas jóvenes, a los hombres que deben de llevar una vida de sentarse allí, en ese banco, con ese menú. A mi lado hay un hombre que bebe con ganas y talento, no es joven ni viejo. Intuyo que debe ser escritor. Me recuerda a muchos hombres con los que hablé, me acosté, a los que amé, en Costa Rica. Hombres solitarios que merodeaban las calles de mi universidad y enamoraban a chiquillas que buscaban drama, y profundidad. Quise hablarle, reconectar con esa parte de mi pasado que fui yo. Pero llegamos a poco, pude decirle de dónde era, pudo decirme que era de allí, local, y no mucho más. Las barreras de nuestras lenguas se hicieron presentes. Salud, Campai, dijimos. Y luego él se marchó.
  • Un café en una esquina en Kioto, hace frío pero el sol es cálido y reparador. Estoy sentada en la terraza de afuera con Lee, una chica australiana a la que conocí en un viaje reciente a Sri Lanka. Ella viajaba con su esposo inglés, Rob, y yo con Ben. Hicimos conexión, inmediata, y unos meses después los recibimos una noche en nuestro apartamento de Londres. Coincidió que ambas parejas estaríamos en Japón para la navidad, y decidimos pasar tres días juntos en Kioto. La idea era fantástica, la realidad, como siempre, más rugosa. Allí estamos Lee y yo, dos extrañas con la intuición de que algo intenso nos conecta, pero invadidas por el hecho de que en realidad somos un par de desconocidas. Allí estamos, hablando, tratando de acelerar una intimidad que requiere de más pausa, más naturalidad. Me disculpo para ir al baño y fuera de la puerta me encuentro con una escultura de un trasero blanquísimo de mujer, desnudo, con una vagina bien detallada y una flor roja que surge por encima de las nalgas. Orino, largo, tengo miedo del afuera, de la intimidad.
  • Rob, Ben, Lee y yo en bicicleta pedaleando como locos bajo el atardecer a lo largo del río Kamogawa de Kioto, luego por una terrible zona industrial. Vamos camino a un templo hermoso de arcos rojos, es todo lo que sabemos: que esos arcos son dignos de ser vistos, pedaleamos para llegar antes de que el sol caiga. Lo logramos, tomamos un selfie frente a una imponente puerta de madera. Allí somos viejos amigos, invencibles; es una linda foto. Cada pareja asciende tomada de la mano, Rob y Lee, Ben y yo; la luz del atardecer se cuela por entre los arcos rojos y lanza figuras con las que nuestros pies juegan. Subimos así, en silencio. Aparece un gato, Rob se acerca, lo acaricia, el gato se deja, es un gato de montaña. Todos lo miramos en silencio. La vulnerabilidad de todos bajo las formas de los arcos, el olor a noche japonesa que se acerca, el destino extraño que nos unió. Todos hijos de infancias jodidas, allí estamos, el gato y ese templo hermoso son nuestros testigos. Seguimos subiendo, rumbo a la cima.
  • Ben en un kimono, sonriente. Ben sonriente y liviano es lo más lindo de este universo. Japón me dio mucho mucho de esto.
  • El silencio de las montañas de los Alpes japoneses, la nieve que lo cubre y sana todo, la paz que cae serena del cielo y se posa sobre los objetos, las personas y todo lo embellece y purifica. Mi rostro de alegría infantil por estar allí, entre ese silencio blanco y esa paz, yo que crecí con los estruendos del trópico y su calor demencial.

 

La mañana sigue luchando por surgir, así son tantas mañanas en Londres, este sitio que, debo decir, no termino de sentir como hogar. Supongo que es por eso que me desajusta tanto volver y esa brecha entre el no haber estado y el estar me cuesta, mucho. Quisiera seguir escribiendo, solo para que el viaje no termine, para seguir un poco más suspendida en ese tiempo liviano y puro del tránsito, pero hay correos por responder, responsabilidades puestas en pausa que asumir.

Eso está bien, es la vida también, pero hubiera querido poder quedarme un rato más camuflada, como este sol británico sobre el que tantas veces me pregunto, ¿y dónde se meterá?

“There is a long time in me between knowing and telling” es exactamente lo que Grace Paley escribió.

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12 2016