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Poder ser de verdad

El dicho de que en Londres se puede hacer y ver lo que sea es absolutamente cierto.  En el poco tiempo que llevo de vivir en esta ciudad (8 meses), lo he comprobado. He estado sentada a pocas filas de Tilda Swinton y Tom Ford en conversatorios sobre sus películas, me ha tocado almorzar al lado de Willem Dafoe y su esposa, y he pasado una noche muy amena conversando con el doble de Daniel Craig en un secreto bar de Chelsea, por mencionar algunos ejemplos. Pero dos han sido los eventos que me han entusiasmado especialmente: uno tuvo lugar a pocas semanas de mi llegada, y fue el asistir a la presentación que Javier Marías hacía del lanzamiento de “Tu Rostro Mañana” en inglés, y el otro fue hace apenas 4 días, en la presentación del escritor británico David Mitchell de su quinta novela.

A Javier Marías lo vi en el Southbank Centre, en tiempos en los que aún soñaba con que mi escritura llegaría a ser una realidad por arte de magia, es decir, por un encuentro fortuito con un célebre escritor que pudiera, por medio de telepatía y gran imaginación, detectar potencial en mí, darme su email y decirme: envíame tu trabajo, que con gusto lo veré. Sobra decir que había serias depositaciones y expectativas en torno al encuentro con este escritor que por muchos años había admirado. La obra “Tu Rostro Mañana” debo confesar que me aburrió muchísimo (el inicio del fin de una ilusión), por lo que llevé conmigo “Corazón tan blanco”, que en mi memoria sigue siendo una joya literaria. Me senté en la segunda fila frontal, nerviosa, incrédula de que mis ojos estuvieran viendo a Javier Marías en persona. Debo decir que hubo una leve decepción en este encuentro, en sus fotos siempre me había parecido un hombre hermoso y enigmático, pero en persona me pareció más un hombre que ha envejecido prematuramente y está abotagado. Aun así, mi admiración seguía intacta. La charla fue impartida en el muy proper British English del escritor, que utilizó cuantas veces le fue posible la frase Not al all, not at all. Al final de una charla poco alentadora y fría, se abrió una ronda de preguntas donde lo que temía salió a relucir: la antipatía del autor. El que lo hubiera admirado por mucho tiempo no me había impedido sentir la petulancia detrás de sus letras. Decidí de todos modos engrosar la enorme fila que se movía a paso lento rumbo al stand de Marías una vez terminada la charla. Estaba con mi esposo, quien me había acompañado consciente de lo importante que para mí era este encuentro, ya que él no conocía la obra de este escritor. Infinitas variaciones de frases inteligentes y preguntas incitadoras pulularon mi cabeza agitada. Después de varios minutos de espera pude finalmente divisar al autor, con su perfil severo, su piel manchada, el cigarrillo con que sus dedos jugueteaban al charlar comedidamente con algunas de las personas a quienes les firmaba un ejemplar. Llegó mi turno por fin, y por supuesto todos los ensayos de frases adecuadas mostraron ser en vano, ya que con la mano temblorosa le entregué mi antiguo “Corazón tan blanco” y no pude más que decir una bobada al estilo de: Le traje uno viejito para firmar. Marías me miró con indiferencia, y solamente preguntó: ¿su nombre? Sara, dije, con ganas de decir, Sara la escritora, pero pronunciando tan solo un temeroso Sara. Muy bien Sara, dijo Marías a secas, disculpe que no le dedique más tiempo pero hay prisa. Tomé el libro firmado con una letra de niño problema, miré el trazo insignificante y desinteresado, y lo metí rápido en mi bolso, tratando de dejar ese horrible incidente en el pasado, huyendo con el corazón tan roto y los ojos húmedos.

La experiencia de esta semana con Mitchell fue radicalmente diferente, empezando por el hecho de que no estaba allí esperando ser la receptora de milagros literarios, sino como una persona que escribe y está consciente de que solo el escribir mucho y el escribir bien la va a llevar a algún sitio. Estaba allí para escuchar y aprender, no para ser rescatada. La diferencia fue también que, siendo Mitchell el único escritor que a la fecha nos une a mi esposo y a mí, ambos estábamos deleitados de estar allí. Si alguien se asomara a nuestra biblioteca, podría claramente trazar la diferencia entre sus libros y los míos (pese a que todos llevan mi nombre). Mitchell no solo no nos defraudó, sino que resultó ser un hombre inmensamente inspirador, de esos de los que una quisiera fueran inmortales, para asegurarse el placer eterno de su lectura y encuentros. Fuimos los primeros en entrar a la sala de Foyles, nos sentamos en la primera fila, desde donde pudimos disfrutar de la simpatía, ingenio y calidez del escritor a solo centímetros de distancia.  Mitchell no estaba allí, como Marías, para trazar diferencias ni dar cátedra, sino para charlar con nosotros, tratándonos a todos con un respeto e igualdad refrescantes. Ben compró el ejemplar de su última novela y yo llevé uno viejito, como con Marías, “Escritos Fantasma”, que considero uno de los libros más inteligentes y fabulosos que jamás haya leído. La fila era larga y se movía con aún más lentitud que la de Marías. Parece ser el tipo que se pone a charlar con la gente, le dije a Ben. Cuando finalmente alcanzamos a verlo confirmamos que estaba sumido en entretenidas conversaciones con cada persona a la que le firmaba el libro. Cuando estuvimos más cerca aún pudimos notar que no solo ponía el típico parade, sino que a cada libro le imprimía un toque personal, trazando dibujos y líneas que nacían de diferentes ángulos de la página del título. Qué hombre tan especial y hermoso, pensaba mientras me iba acercando. Al ser nuestro turno le dimos cada uno nuestro libro y entablamos una charla de lo más amena y natural con él, como si nos hubiéramos conocido de siempre. Are you Sara?, me preguntó cuando le dije mi nombre. I am Sara, le respondí con muchas sonrisas, deleitada con los dibujos que trazaba en aquel libro que había sido parte de mi vida por tantos años. Al regresarme el libro leí que había escrito. To Sara, this is you; y más abajo, encapsulado en una burbuja que había dibujado: Long and happy life. Sostuve el libro emocionada, sintiendo que en ese momento dos personas se habían quitado las ropas, tomado de las manos y puesto a charlar, como dos amigos de siempre, como dos almas cercanas que no tienen mucho que decir porque ya conocen todas las verdades.

Este evento sucedió el miércoles, y desde entonces tengo el libro junto a mi almohada, como un amuleto, como un compañero del alma, y abro esa página llena de Mitchell y de mí de vez en cuando, o con frecuencia, y con una enorme sonrisa y esperanzas me digo que ese es el tipo de escritora que quiero llegar a ser.

09

05 2010