Posts Tagged ‘Thames’

Estar y poder quedarse

Anoche fui al cine con mi esposo a ver la muy sonada película de Abbas Kiarostami “Certified Copy”. Juliette Binoche, la protagonista, nunca ha sido de mis actrices favoritas, pero quise ver qué tipo de actuación le había merecido el premio a mejor actriz en Cannes. Me interesaba también conocer el resultado de un director iraní con su primera película europea. El filme fue abrumadoramente decepcionante, especialmente en su primera hora, en la que una no entiende absolutamente nada de lo que está sucediendo. Mi mente hizo un esfuerzo titánico por acomodar ciertas piezas con el fin de construir una historia que seguir. La historia que construí trataba sobre una pareja (ella vendedora de antigüedades francesa, él estudioso de arte inglés) que aparentemente no se ha visto por mucho tiempo. Se habían casado 15 años atrás en Italia y habían tenido un hijo 5 años después, que al nacer había aumentado las tensiones ya existentes en la relación, lo que desembocó en la partida del inglés. El reencuentro (inicio del filme) se da tiempo después, el día de sus 15 años de matrimonio, cuando ella asiste a la presentación del libro de su marido en la ciudad en que vive. El día siguiente lo pasan recorriendo un pueblo de Toscana mientras desarrollan un juego de roles en que pretenden ser una pareja de desconocidos. El juego comienza a desquebrajarse cuando las tensiones antiguas de la relación y los reclamos salen a flote, y empezamos a presenciar un intercambio triste de una pareja que una vez se quiso pero se dejó.

Al salir del cine mi esposo y yo decidimos caminar a casa. Londres estaba despoblada, era tarde y hacía algo de frío. Cruzamos el Támesis con las manos juntas, y sentí que era un privilegio que pudiéramos, después de cuatro años de matrimonio y más de relación, cruzar la noche de una ciudad tomados de las manos, como lo hicimos en nuestros primeros días. Una pareja que se pasee por las calles con cariño, a través del tiempo, es una pareja que se quiere y ha luchado mucho por esto.

Mientras andaba recordé lo que una amiga cercana había escrito en su estatus de Facebook hace un par de semanas: “es mejor estar sola que mal acompañada”. Esta frase, que no tiene nada de original en sí misma, me ha venido incomodando desde que la leí. Lo que me inquieta de la frase no es su recomendación de no estar con alguien que no nos hace bien solo por el hecho de evadir la soledad, sino la parte de “mal acompañada”. Al afirmar que estamos en mala compañía estamos emitiendo un juicio completamente unilateral: esa persona no nos conviene por esto y aquello, la relación no camina porque esa persona no da de sí misma, le di un ultimátum para que cambiara pero no lo hizo, y demás. En este juego, parece demasiado fácil apuntar siempre hacia fuera, hacia esa mala compañía.

Estar acompañada o acompañado, especialmente cuando se trata de una relación de pareja, es un reto porque no podemos ser quienes somos en soledad. No es que solos seamos más o menos nosotros, es que solos podemos regodearnos en nuestras lamentaciones, es nuestros rencores y visiones rígidas de la realidad; mientras que en pareja estamos retados todo el tiempo, a ver más allá de nuestras ideas, a flexibilizar nuestros modos de ser para acoger los de otros, a, al fin y al cabo, aprender a ser mejores personas y aprender a amar de verdad.

Esto suena lindo, pero no siempre lo es. El amor no es una cosa que llega un día y se queda, es más, eso que le llega a la gente cuando decide juntarse no es amor, es una chispa, un encanto; el amor se empieza a construir cuando se toma la decisión de estar y continuar estando, aunque el pensamiento de “mejor sola que mal acompañada” se presente de vez en cuando como una salida fácil y conveniente.

05

09 2010

Londres

A los pocos días de haber llegado a Londres quedé de verme con un amigo en la galería de arte moderno Tate para tomar un café. Entramos al edificio, que es una obra de arte industrial en sí mismo, y subimos en un silencio reverencial las escaleras eléctricas hasta llegar al séptimo piso, donde nos sentamos frente a un monumental ventanal que da al Támesis, y desde donde se tiene una vista cristalina de la catedral de St. Paul y sus alrededores. Ambos continuamos en silencio, él supongo por ser tímido, yo por estar conmovida e impresionada, mientras miraba aquel espectáculo de ciudad del que aún no sabía qué pensar. ‘Es fea, pero fascinante, ¿no?’, le dije a mi amigo que continuó sumido en su silencio.

Por varios días mantuve una actitud más contemplativa que presencial ante esta ciudad. Era casi como si llevara un guión de ‘Sara en la ciudad de Londres’. Cada vez que me montaba en mi bicicleta y salía a pedalear por el lado del tráfico que aún sentía equivocado, abriéndome paso entre taxis negros y enormes buses de dos pisos, una vocecilla decía ‘Sara en su bicicleta en Londres’, ‘Sara cruzando el Támesis’, ‘Sara disfrutando de una caminata por el parque de Battersea’, ‘Sara observando la planta eléctrica de su barrio -Battersea-’, ‘Sara comiendo en  Notting Hill’, ‘Sara en la Tate’.

Esta semana tuve visitas de Costa Rica que estaban en Londres por primera vez. Mientras les mostraba los mayores puntos de atracción me pareció interesante notar su decepción ante esta ciudad de la que tanto se habla. Les pareció, al igual que a mí en mi primer encuentro turístico muchos años atrás, fea, sucia, ruidosa, caótica. Más interesante fue el darme cuenta de que sí, Londres es todo eso, pero mucho más también, solo que ese ‘mucho más’ se desgrana con el tiempo, con el vivir aquí, y eso que se va descubriendo es la fortaleza de esta ciudad. Recordé mientras caminaba con mis compatriotas lo que Ben me dijo cuando vinimos juntos a buscar apartamento (su primera vez aquí): ‘Es como si Londres existiera independientemente de la gente, como si fuera una ciudad que se impone a lo humano’.

Fui yo quien mantuvo silencio entonces. Su afirmación se reveló como visionaria al ver una de las escenas finales de la muy londinense película Incendiary, en la que la protagonista, interpretada por Michelle Williams, sostiene un monólogo sobre Londres en un momento en que decide reconstruir una vida que se le estaba cayendo en pedazos: ‘London is a city built on the wreckage of itself. It’s had more comebacks than the evil dead. It’s been flattened by storms and flooded out and rotted with plague. Even Hitler couldn’t finish it off. But we built on the rubble and we kept on coming like zombies. I am the city, I am the whole world. Murder me with bombs and I will only build myself again and stronger’ (Londres es una ciudad construida sobre sus propias ruinas. Ha tenido más reapariciones que la misma muerte. Ha sido allanada por tormentas, inundada, corroída por la plaga. Incluso Hitler no la pudo aniquilar. Pero construimos sobre los escombros y continuamos surgiendo como zombies. Soy la ciudad, soy el mundo entero. Asesiname con bombas y me reconstruiré de nuevo y más fuerte).

No podría decir que, a 10 meses de vivir aquí, me sentí apropiada de esta ciudad al mostrársela a mis visitas (¿puede alguien realmente llegarse a apropiar de Londres?), pero me percaté de que aquella vocecilla había dejado de hablarme, y se había convertido en la conciencia de que cada día me acuesto y despierto en una ciudad que me impresiona por su capacidad de reconstrucción, por su fortaleza que me inspira, me enorgullece, me hace sentirme bien. Cuando camino o cruzo la ciudad en mi bicicleta no veo basura ni caos, veo vida, y es por eso que me he enamorado de esta ciudad.

18

07 2010