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Un buen escritor

Este martes, en Estocolmo, tuve finalmente el gusto de conocer a Ricardo Bada en persona. Como mencioné la semana pasada, con Ricardo he entablado un diálogo importante, pero hasta ahora limitado al espacio virtual. El verlo cara a cara fue una grata confirmación de que los encuentros en persona valen más que un centenar de correos electrónicos. Hablamos con la soltura de dos viejos amigos sobre distintos temas, mientras las horas del reloj pasaban en un café del centro de la ciudad. En algún momento conversamos sobre dos escritores colombianos contemporáneos (A y B) que a los dos nos gustan. Coincidimos en que la novela de B que ambos hemos leído es una obra perfecta, compuesta por una estructura sólida y matemática; pero entonces Ricardo me dijo algo que me tomaría unos días, ya de regreso en Londres, entender: que aunque B es mejor novelista que A, A es mejor escritor que B. Le pregunté por la diferencia entre un buen novelista y un buen escritor, pero todavía no estaba lista para entender sus palabras.

Este viernes tomé The Corrections de Jonathan Franzen y me propuse terminar de leerla ese mismo día. No sabía si iba a ser una novela que como un todo me iba a gustar, ya que había tenido altos y bajos con ella. En algunos momentos me había quedado boquiabierta ante el genio del escritor, en otros la risa generada por su filosa ironía me había sacado las lágrimas, y en otros me había visto pasando las páginas con cierto tedio, por considerar que el autor estaba perdiendo el punto central y me estaba haciendo leer pasajes innecesarios. Curiosa, me senté en mi oficina a leer sin pausa, hasta el momento, casi al final de la novela, en que tuve que parar y dejar el libro de lado porque un llanto, ahora no de risa, me impedía continuar.

Uno de los personajes principales de The Corrections es Alfred, el padre de los tres hijos que son protagonistas de la historia. Alfred, que por lo que he leído de la biografía del autor debe de ser un retrato espeluznantemente real de su propio padre, es un hombre hermético y duro que nunca ha sido capaz de demostrarle afecto a nadie, y que en sus últimos años de vida sucumbe ante el Alzheimer. En la última escena del penúltimo capítulo del libro, Chip, el hijo del medio, acompaña a su papá, cuya salud física y mental se encuentra en un estado deplorable, a un hospital donde lo atan a una camilla para poder examinarlo con detenimiento.

Alfred, desesperado y acabado, le declara a su hijo aquello que todos esperamos llegar a escuchar de boca de nuestros padres algún día: la aceptación de sus errores y la petición de absolución. Alfred confiesa sus equívocos, su amor oprimido, y le pide perdón a su hijo, pero también le ruega que lo saque de ese infierno y lo lleve de regreso a casa. El hijo, aunque estremecido por las palabras de su padre, deniega la solicitud. “¡Te estoy pidiendo ayuda! ¡Tienes que sacarme de aquí! ¡Tienes que acabar con esto!” insiste. Las siguientes palabras fueron las que llenaron mis ojos de lágrimas, y las escribo tal como las leí porque no me atrevo a estropear la belleza con la que Franzen las plasmó: “Even red-eyed, even tear-streaked, Chip’s face was full of power and clarity. Here was a son whom he could trust to understand him as he understood himself; and so Chip’s answer, when it came, was absolute. Chip’s answer told him that this was where the story ended. It ended with Chip shaking his head, it ended with him saying: “I can’t, Dad. I can’t”’.

Al terminar la lectura sostuve el libro muy fuerte entre mis manos, casi meciéndolo, postergando el inevitable momento de separación, y fue entonces que creí haber entendido lo que Ricardo me dijo a principios de semana. Puede que Franzen no sea un novelista perfecto, pero no hay duda de que es un buen escritor. Un buen escritor, me parece, es el que reporta desde los oscuros rincones de la existencia que los demás insistimos en ignorar. Un buen escritor es el que por medio de aquello tan rústico, llamado palabras, nos lleva a esas zonas del olvido y no nos deja olvidar.

06

03 2011