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Pertenecer

Hice un pacto conmigo misma a inicios de este año: escribir. No más para después, no más es que no sé qué decir o cómo decirlo, no más excusas para algo que debí haber empezado a hacer con el compromiso requerido desde hace mucho tiempo.  Qué más quisiera yo que poder dedicarle todo el tiempo posible a escribir, y cuando digo escribir no me refiero al momento de sentarse en la computadora a teclear, porque no es allí donde comienza la escritura; ésta se gesta de modo orgánico, como algo que se empieza a mover en el cuerpo, que sube a la cabeza, que empieza a germinar, que veo ante mis ojos urdiéndose como un ente con vida propia que no es sino hasta el momento de teclear que siento puedo empezar a manipular. Desgraciadamente estoy a años luz (y no sé si algún día no lo esté) de que la escritura sea un medio de subsistencia económica, por lo que para cubrir esta necesidad muy real he decidido dedicarme a la enseñanza del español como lengua secundaria, pese a haber estudiado psicología.

Disfruto dar clases por varias razones, entre las cuales están el ser mi propia jefa, el tener un horario flexible, el salir del capullo en el que una se mete al escribir (o The Zone, como prefiero llamarlo), pero me gusta además, y en especial, porque siendo extranjera mis alumnos han sido en todos los países en los que he vivido y enseñado un punto importante de conexión con un universo de significados que siempre se escapa de manos de quien viene de fuera.

Londres es una ciudad especialmente difícil de desentrañar. Estar en Londres no es estar en Inglaterra, sino estar en una burbuja conformada por una masa de extranjeros que están en esta ciudad en una misión transitoria y que partirán una vez ésta haya dado frutos o se hayan cansado de tratar. O estas son al menos las personas que una conoce, las que van a los festivales, las que visitan regularmente los mercados de la ciudad, las que se quedan en Londres los fines de semana. Los poquísimo londinenses con los que he tenido la fugaz oportunidad de conversar viven en un Londres impenetrable y distinto al que la diáspora pasajera jamás llegará a tener acceso.

La semana pasada deseé estar en Inglaterra o en ese Londres que existe paralelo a mi vida, quise entender el impacto de lo sucedido en las elecciones para primer ministro, ese impacto no de las noticias, sino el humano, el que se vive en los pubs, del que no se puede leer en los diarios. Los martes por la noche enseño en un college cerca de Waterloo a un grupo de 7 estudiantes que, a excepción de una checa, son todos británicos. De entre lo poco que he podido comprender de los británicos está su dificultad para ser espontáneos, por lo que me tomó cierto trabajo de motivación conseguir sus impresiones (en español) sobre lo que estaba sucediendo en Inglaterra, lo que pensaban ellos. El par más extrovertido empezó a hablar, y poco a poco el resto fue compartiendo sus opiniones. No fue mucho lo que recibí de ellos, pero me di cuenta de que a escasos meses de vivir en esta ciudad ese poco era mi nexo con esa Inglaterra a la que me cuesta pertenecer. Miré a los 7 rostros que tenía frente a mí (incluyendo el checo) y sentí una repentina ternura por el hecho de que en esta clase de una institución de Waterloo un grupo de alumnos le estaban ayudando a una joven costarricense a entender un poco mejor el lugar que ahora ella intentaba llamar hogar.

Les comenté este sentimiento, no dijeron mucho, no sé si porque no me entendieron o porque no supieron cómo reaccionar ante esta inesperada confesión, pero si alguno se ha decidido a visitar mi blog y me está leyendo en este momento, espero que lo entienda: el haberme sentido parte de por un momento fue especial.

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05 2010