Posts Tagged ‘Southbank Centre’

Metamorfosis

Este fin de semana asistí a dos eventos que en principio no pensé estarían relacionados, pero que al final parecen haber formado un círculo perfecto.

El viernes por la noche fui a la galería Serpentine en Hyde Park a escuchar al escritor español Enrique Vila-Matas en conversación con una artista plástica francesa con la que colabora. El evento fue demasiado extenso, la traducción de las palabras del escritor mediocre y el clima inglés brutalmente frío y húmedo, pero pese a estas inconveniencias valió mucho la pena asistir porque el escritor, que tiene momentos de extrema lucidez, mencionó como punto central que escribir para él implica el descubrimiento continuo de lo posible. No un deseo vacuo ni vano de innovación, sino un hambre por explorar, por ensanchar límites y encontrar sentido y belleza en espacios no explorados aún.

Anoche fui al Southbank Centre a ver un espectáculo de circo que me ha dejado con imágenes y sensaciones muy dulces y hermosas. El show estaba a cargo de Le Cirque Invisible, un espectáculo de circo protagonizado por una de las hijas de Chaplin (Victoria) y su esposo Jean-Baptiste Thiérrée, una pareja que lleva 40 años de matrimonio emocional y creativo.

El circo me encanta precisamente por romper las nociones de lo que creemos posible, por jugar con los límites de la realidad: gente que parece caminar en el aire, cuerpos partidos por la mitad, humanos que ingieren fuego, mujeres que vuelan por el escenario, palomas que nacen de un sombrero, objetos que aparecen y desaparecen ante nuestros ojos desafiando toda lógica. Lo que me fascinó de esta pareja tan excepcional es que hayan logrado esta elasticidad de nociones creando un universo personal constituido por objetos de todos los días como sombrillas, macetas y utensilios de cocina que nunca terminan de transformarse en otra cosa. En el escenario aparece Chaplin sosteniendo dos sombrillas tras las que desparece con rapidez, y de lugares insospechados continúa sacando más sombrillas, como si su cuerpo mismo estuviera compuesto por ellas y, sin que nos demos cuenta, desaparece por completo la figura humana y aparece un enorme muñeco rojo hecho de estos objetos, que en fracciones de tiempo que parecen pertenecer a otra realidad se va transformado de un modo tan gradual -casi imperceptible- en otra cosa, ahora un animal hecho de otro tipo de sombrillas, y después regresa al elemento inicial, hasta quedar en el escenario una sombrilla solitaria, que es un elemento único -casi imperceptible- distinto del inicial.

Viendo este espectáculo recordé la fascinación que traza la obra del escritor Vila-Matas por desaparecer y ser invisible, por convertirse en algo diferente e irreconocible, quizás en una metamorfosis sin fin donde todo es posible.

15

08 2010

Divagaciones sobre la calidad

(Nota inicial: A la derecha encontrarán un enlace a uno de mis relatos, “Día Laboral”, que acaba de salir en el número 18 de la Revista Narrativas. Haga click aquí, o descargue el PDF haciendo click en el campo de “Latest Publications”. Gracias y disfruten).

Hace meses que me viene visitando con creciente inquietud la pregunta sobre la calidad. ¿Qué es calidad y cómo se identifica? Esta pregunta no incorpora la subcategoría de los gustos (que son miles, enhorabuena), sino que se centra en el magma de “lo bueno”, aquello que ya sea se trate de un concierto de rock, bachata, pindín, rancheras o música clásica, nos deja boquiabiertos.

Fue en Estambul donde esta inquietud se formó en mí con claridad. Mi esposo estaba haciendo negocios en esta ciudad a inicios de año, motivo por el que viajamos allí en repetidas ocasiones. En nuestra última visita le dije que tenía muchas ganas de asistir a un evento de cena con belly dancing (antojo turístico). El hotel nos organizó un paquete que empezaba con un aparatoso bus donde fuimos los únicos pasajeros, que después de menos de 5 minutos de recorrido, nos depositó en un edificio muy decorado con neón en su exterior. Al entrar al local mis peores pesadillas se hicieron realidad: alfombras púrpura con dejos de desgaste nos esperaban a nuestra entrada, guiando nuestros pasos hacia una sala repleta de gente que toda llegó en el mismo tipo de bus que nosotros, sentada en mesas enormes decoradas con las banderitas de sus países respectivos (debo reconocer mi impresión cuando 30 minutos después aparecieron con una recién impresa bandera de Costa Rica, y no de Puerto Rico). El show consistió en una decadente muestra de bailes abúlicos de diferentes regiones del país, intercalados por una que otra muy triste bailadora de belly dancing, e incursiones del anfitrión de la noche, dedicado a interpretar Happy Birthday en diferentes lenguas.

Cuando había perdido toda esperanza en el evento, hizo aparición en el escenario una mujer bella solo al sonreír que de inmediato, con solo presentarse y balancear su cuerpo, levantó los ánimos caídos de la audiencia. Poco a poco me fui incorporando en la silla, y a los 5 minutos noté mi cuerpo moviéndose con alegría. La mujer era buena, no había duda, en cuestión de escasos minutos logró revivir a una multitud soñolienta. ‘Extraño’, le dije a Ben perpleja, ‘qué es lo que tiene ella que no tenían las otras’. Su técnica no era ni mejor ni peor que la de las demás (no al menos para conocimiento del público), y su belleza no era particularmente llamativa.

Tenía duende, habría dicho García Lorca. Sí, esa mujer turca tenía duende. Pero ¿qué es tener duende?, ¿en dónde localizarlo? Los críticos de arte podrán tener sus parámetros para identificar lo bueno y lo malo, pero ese duende, esa calidad que va más allá de éstos y actúa casi de modo involuntario en nosotros, está en otro lugar. ‘That elusively defined quality called ‘quality’” mencionó el editor de PEN International Magazine (donde uno de mis relatos saldrá a finales de agosto) en un intercambio que sostuvimos por correo.

Esta semana llegaron finalmente las fechas de dos eventos para los que había comprado boletos hacía muchos meses. El primero sucedió el jueves por la noche, en el Southbank Centre, y fue la interpretación de la London Philharmonic Orchestra de obras de John Adams (Shaker Loops), Philip Glass (Violin Concerto 1), y la premier mundial de la Sinfonía de Ravi Shankar. El segundo fue anoche, en el Barbican Centre, y se trató de un concierto de Caetano Veloso. Este evento no me dejó inerte como el de la semana pasada (en el mismo lugar) de los Dirty Projectors, sino que me pareció pésimo, incluso ofensivo (creo que fue evidente que me gustaba el Caetano de hace 30-40 años, no el actual); mientras que el de la filarmónica me gustó mucho. Pero, como dije al inicio, el sentir gusto por algo no lo coloca necesariamente en ese campo de la calidad.

Fue en el momento en que la sinfonía de Glass empezó, y el violín fue destazado por el infinitamente virtuoso y carismático Robert McDuffie, que pude rozar algo del entendimiento de esto llamado calidad: el cuerpo se me tensó, la piel se me erizó, y dos goterones enormes hicieron súbita aparición en mis ojos. Estaba agarrada como águila a mi asiento, como si me fuera a caer si me soltaba, y creo que si me hubiera soltado me hubiera caído en un precipicio llamado belleza, que como el mejor de los orgasmos convoca y asusta, porque nubla la mente, la aniquila, y nos sumerge en un universo donde el poder del cuerpo es avasallador, y en sus manifestaciones más primitivas nos dice: esto es calidad.

04

07 2010

Poder ser de verdad

El dicho de que en Londres se puede hacer y ver lo que sea es absolutamente cierto.  En el poco tiempo que llevo de vivir en esta ciudad (8 meses), lo he comprobado. He estado sentada a pocas filas de Tilda Swinton y Tom Ford en conversatorios sobre sus películas, me ha tocado almorzar al lado de Willem Dafoe y su esposa, y he pasado una noche muy amena conversando con el doble de Daniel Craig en un secreto bar de Chelsea, por mencionar algunos ejemplos. Pero dos han sido los eventos que me han entusiasmado especialmente: uno tuvo lugar a pocas semanas de mi llegada, y fue el asistir a la presentación que Javier Marías hacía del lanzamiento de “Tu Rostro Mañana” en inglés, y el otro fue hace apenas 4 días, en la presentación del escritor británico David Mitchell de su quinta novela.

A Javier Marías lo vi en el Southbank Centre, en tiempos en los que aún soñaba con que mi escritura llegaría a ser una realidad por arte de magia, es decir, por un encuentro fortuito con un célebre escritor que pudiera, por medio de telepatía y gran imaginación, detectar potencial en mí, darme su email y decirme: envíame tu trabajo, que con gusto lo veré. Sobra decir que había serias depositaciones y expectativas en torno al encuentro con este escritor que por muchos años había admirado. La obra “Tu Rostro Mañana” debo confesar que me aburrió muchísimo (el inicio del fin de una ilusión), por lo que llevé conmigo “Corazón tan blanco”, que en mi memoria sigue siendo una joya literaria. Me senté en la segunda fila frontal, nerviosa, incrédula de que mis ojos estuvieran viendo a Javier Marías en persona. Debo decir que hubo una leve decepción en este encuentro, en sus fotos siempre me había parecido un hombre hermoso y enigmático, pero en persona me pareció más un hombre que ha envejecido prematuramente y está abotagado. Aun así, mi admiración seguía intacta. La charla fue impartida en el muy proper British English del escritor, que utilizó cuantas veces le fue posible la frase Not al all, not at all. Al final de una charla poco alentadora y fría, se abrió una ronda de preguntas donde lo que temía salió a relucir: la antipatía del autor. El que lo hubiera admirado por mucho tiempo no me había impedido sentir la petulancia detrás de sus letras. Decidí de todos modos engrosar la enorme fila que se movía a paso lento rumbo al stand de Marías una vez terminada la charla. Estaba con mi esposo, quien me había acompañado consciente de lo importante que para mí era este encuentro, ya que él no conocía la obra de este escritor. Infinitas variaciones de frases inteligentes y preguntas incitadoras pulularon mi cabeza agitada. Después de varios minutos de espera pude finalmente divisar al autor, con su perfil severo, su piel manchada, el cigarrillo con que sus dedos jugueteaban al charlar comedidamente con algunas de las personas a quienes les firmaba un ejemplar. Llegó mi turno por fin, y por supuesto todos los ensayos de frases adecuadas mostraron ser en vano, ya que con la mano temblorosa le entregué mi antiguo “Corazón tan blanco” y no pude más que decir una bobada al estilo de: Le traje uno viejito para firmar. Marías me miró con indiferencia, y solamente preguntó: ¿su nombre? Sara, dije, con ganas de decir, Sara la escritora, pero pronunciando tan solo un temeroso Sara. Muy bien Sara, dijo Marías a secas, disculpe que no le dedique más tiempo pero hay prisa. Tomé el libro firmado con una letra de niño problema, miré el trazo insignificante y desinteresado, y lo metí rápido en mi bolso, tratando de dejar ese horrible incidente en el pasado, huyendo con el corazón tan roto y los ojos húmedos.

La experiencia de esta semana con Mitchell fue radicalmente diferente, empezando por el hecho de que no estaba allí esperando ser la receptora de milagros literarios, sino como una persona que escribe y está consciente de que solo el escribir mucho y el escribir bien la va a llevar a algún sitio. Estaba allí para escuchar y aprender, no para ser rescatada. La diferencia fue también que, siendo Mitchell el único escritor que a la fecha nos une a mi esposo y a mí, ambos estábamos deleitados de estar allí. Si alguien se asomara a nuestra biblioteca, podría claramente trazar la diferencia entre sus libros y los míos (pese a que todos llevan mi nombre). Mitchell no solo no nos defraudó, sino que resultó ser un hombre inmensamente inspirador, de esos de los que una quisiera fueran inmortales, para asegurarse el placer eterno de su lectura y encuentros. Fuimos los primeros en entrar a la sala de Foyles, nos sentamos en la primera fila, desde donde pudimos disfrutar de la simpatía, ingenio y calidez del escritor a solo centímetros de distancia.  Mitchell no estaba allí, como Marías, para trazar diferencias ni dar cátedra, sino para charlar con nosotros, tratándonos a todos con un respeto e igualdad refrescantes. Ben compró el ejemplar de su última novela y yo llevé uno viejito, como con Marías, “Escritos Fantasma”, que considero uno de los libros más inteligentes y fabulosos que jamás haya leído. La fila era larga y se movía con aún más lentitud que la de Marías. Parece ser el tipo que se pone a charlar con la gente, le dije a Ben. Cuando finalmente alcanzamos a verlo confirmamos que estaba sumido en entretenidas conversaciones con cada persona a la que le firmaba el libro. Cuando estuvimos más cerca aún pudimos notar que no solo ponía el típico parade, sino que a cada libro le imprimía un toque personal, trazando dibujos y líneas que nacían de diferentes ángulos de la página del título. Qué hombre tan especial y hermoso, pensaba mientras me iba acercando. Al ser nuestro turno le dimos cada uno nuestro libro y entablamos una charla de lo más amena y natural con él, como si nos hubiéramos conocido de siempre. Are you Sara?, me preguntó cuando le dije mi nombre. I am Sara, le respondí con muchas sonrisas, deleitada con los dibujos que trazaba en aquel libro que había sido parte de mi vida por tantos años. Al regresarme el libro leí que había escrito. To Sara, this is you; y más abajo, encapsulado en una burbuja que había dibujado: Long and happy life. Sostuve el libro emocionada, sintiendo que en ese momento dos personas se habían quitado las ropas, tomado de las manos y puesto a charlar, como dos amigos de siempre, como dos almas cercanas que no tienen mucho que decir porque ya conocen todas las verdades.

Este evento sucedió el miércoles, y desde entonces tengo el libro junto a mi almohada, como un amuleto, como un compañero del alma, y abro esa página llena de Mitchell y de mí de vez en cuando, o con frecuencia, y con una enorme sonrisa y esperanzas me digo que ese es el tipo de escritora que quiero llegar a ser.

09

05 2010