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Del temor al amor

Hace muchos años era más joven, y tenía unas ideas que ahora me avergüenzan sobre las relaciones. Entré a la escuela de psicología teniendo 17 años, el novio del que hablé la semana pasada estaba en Kansas, escasez de correo electrónico, comunicaciones distanciadas, un primer amor que termina. Tengo 17 años y de repente mi mundo se ve rodeado de ideas radicales, libres pensadores, anarquistas, marihuana, guitarras, progres. Me voy convirtiendo en uno de ellos poco a poco, cambio mis ropas compradas en Miami por ropas de segunda mano adquiridas en tiendas de ropa americana, empiezo a descuidar mi aspecto físico, escucho a Silvio Rodríguez, fumo un poco de esto y de aquello, cambio de amistades, me intereso por el “arte”, me adentro en un universo que se me sale de las manos, y empiezo a copiar. Copio ideas que no son mías sobre la vida, las relaciones y el amor, ideas que nunca llego a comprender pero que son las que hay que tener cuando se estudia psicología y se tiene amigos “artistas”. Ideas donde el amor, la fidelidad, lo sano, son valores anticuados. Me involucro en un sin fin de turbias relaciones, con un vacío que no hace sino crecer, sostengo que el amor es una palabra trillada y pasada de moda.

Un sábado por la mañana estoy sentada frente al psicólogo al que venía viendo por meses, le cuento historias que de solo recordar me hacen temblar de dolor, él calla, me mira a los ojos, sonríe de un modo extraño, un modo compasivo pero duro a la vez, y me dice lo equivocada que estoy, lo poco que entiendo de la vida, pensando que el amor es algo desdeñable cuando es lo más difícil de tener en esta vida. Lo miro, algo se empieza a romper, pero no del todo. Soy muy joven aún.

Pasan los años y el vacío no cesa, vivo ahora en Dinamarca, me caso por primera vez por motivos que no puedo relacionar con el amor, me divorcio, de nuevo la turbulencia, los brazos efímeros, empiezo a sostener la idea teórica de las relaciones abiertas, porque estoy en un país liberal, y supongo que suena bien cosechar dichos planteamientos. Hablo con un entonces amigo, director de teatro sueco, hijo de la bohemia escandinava, que tras escuchar mis palabras huecas y grandilocuentes me mira también con dureza y extrañeza, y me cuenta sobre el desenlace experimentado por sus padres tras años de poner en práctica esta idea: su padre es encontrado en una tina drogado, con las muñecas destazadas, flotando en una piscina roja mientras su madre se revuelca en la sala con tres desconocidos. Lo escucho, eso que se había empezado a romper años atrás cruje, y me doy cuenta de que esa desnudez interna que he venido sintiendo se llama desamor.

Esta semana vi una película hermosa, porque ahora prefiero lo hermoso, lo que comunica, lo que se conecta con una parte más real en mí, y esta película era todo esto. El film en cuestión es ‘El Secreto de sus Ojos’, producción que ganó el Oscar a mejor película extranjera este año, una película de amor, de final feliz, de personajes que se atreven a decirse las verdades y a buscar una vida honesta, inédita. Darín (Espósito), quien tras años de postergación se confronta con la desgarradora pregunta de ‘¿cómo se hace para vivir una vida llena de nada?’, ha decidido enmendar su camino, sellar ese vacío que había venido cargando por 25 años, consciente de que nunca es demasiado tarde para empezar a vivir.

Al inicio de la película Darín escribe en un papel la palabra ‘Temo’, que es el sentimiento que lo acompaña a lo largo de su travesía. Al final del film logra cambiar su mensaje del temor al amor, escribiendo ‘Te Amo’ en aquel papel. Yo estoy en lo mismo, introduciendo esa A en cada espacio de vida posible, y en ese afán no pasan los días, sino que son.

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06 2010