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El miedo a la profundidad

Aprovechando nuestro viaje a Estados Unidos Ben y yo decidimos venir a Nueva York (desde donde escribo) a pasar el fin de año. Fue una decisión de última hora, por lo que no tuvimos tiempo para planear qué hacer la noche de fin de año en una ciudad que probablemente ofrece cualquier tipo de entretenimiento imaginable. La mañana del 31 empecé a sentir una creciente angustia relacionada con nuestra ausencia de planes, como si el no celebrar fuera a desatar una ola de desastres en el año por venir. Tuvimos la suerte de que un amigo de Ben que vive en Nueva York nos invitara a pasar la noche con él y sus amigos en Williamsburg, uno de los suburbios de esta ciudad. Tomamos el metro, transformado en un carnaval bajo tierra, y llegamos a nuestro destino. El amigo de Ben nos explicó que Williamsburg es una zona muy hipster de Nueva York, compuesta por una población de jóvenes clase media educados y con inclinaciones culturales. Caminamos por una calle salpicada de charcos de nieve derretida, rumbo a un restaurante francés donde pude comprobar la descripción de nuestro anfitrión. Después de una excelente cena nos dirigimos a un bar donde nos esperaban sus amigos. Entramos a un establecimiento repleto de jóvenes vestidos con ropas vintage y pieles en exceso tatuadas. Ordenamos una copa de champaña y esperamos la inevitable venida de un nuevo año. La hora del brindis llegó y, mientras recibía brazos extraños que me arropaban con sus interesantes diseños, pensaba en el modo primero asertivo, luego desconcertante y finalmente reposado en que el 2010 aconteció.

El primero de enero del año ya pasado me planteé la modesta meta de convertirme en escritora. Tracé un plan, o estrategia, que implicaba iniciar este blog, publicar al menos tres relatos breves y comenzar -y ojalá terminar- mi primer libro. Los primeros meses de este año transcurrieron con una solidez sin precedentes en mi vida, cada día me levantaba y trabajaba en función de la meta que me había planteado. Todo iba bien, hasta el momento en que terminé lo que creía iba a ser mi primer libro de relatos. Había un serio problema en estas historias, que me tomó meses identificar: adolecían de falta de profundidad. Inicié un análisis desde distintos puntos de vista para tratar de comprender cómo podría llegar a escribir de un modo más profundo y real, y me di cuenta de que esto implicaba adentrarme en un proceso de aprendizaje largo y complejo en el que todavía estoy. Mientras tanto, surgió una creciente incomodidad con el título de “escritora” que me había adjudicado en este blog. “¿Cómo se me ocurre llamarme así si no tengo más que tres historias publicadas y un blog?” me preguntaba sin un gramo de piedad. No importaba lo que las personas que me quieren me dijeran, nada lograba alivianar el desconcierto que cargaba a diario. Fue hasta hace muy poco que esta sensación cedió, al leer las palabras de Rainer Maria Rilke en “Letters to a Young Poet”.

En la primera de las diez cartas que componen el intercambio epistolar que el autor establece con un joven poeta que lo contacta -lleno de dudas e inseguridades- esperando reafirmación por su parte, Rilke escribe (la traducción del inglés es mía): “Me pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Los compara con otros poemas y se siente perturbado cuando ciertos editores rechazan sus esfuerzos. Ahora (ya que me ha permitido aconsejarlo) le pido que se detenga. Usted está buscando fuera, y esto es lo primero que debe evitar. Nadie puede ayudarlo ni aconsejarlo, nadie. Hay tan solo una vía. Adéntrese en usted mismo… pregúntese en la más calma hora de la noche: ¿debo escribir? Busque en su interior una respuesta profunda. Si esta llega a ser afirmativa, si usted logra responder a esta seria pregunta con un simple y certero “Debo”, entonces construya su vida de acuerdo a esta necesidad… Asuma este destino y cárguelo, sus limitaciones y su grandeza, sin llegar nunca a preguntarse qué recompensa recibirá del afuera”.

Tras sumergirme en un silencio absoluto y enfrentarme a esta pregunta simple y brutal, me sentí terriblemente lejana de la persona que a principios de 2010 trazó un plan para convertirse en escritora, y le dejé de ver sentido a autodenominarme así en mi blog. Este año lo inicio sin planes ni estrategia, solo con muchas ganas de aprender y de ir perdiendo el miedo a la profundidad.

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01 2011