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Palabra e imagen

Ayer por la tarde fui a la galería de arte moderno Tate a ver una exhibición a la que hace meses quería ir. Es probable que la intención se haya concretado tras las reflexiones del artículo de la semana pasada, que inesperadamente me llevó al tema del voyeur. El nombre de la exhibición es “Vouyerism, Surveillance and the Camera” y consiste en un registro histórico de la práctica de retratar a sujetos (famosos y desconocidos)  sin su conocimiento o aprobación. No sé si se esperaba que el conocer este dato activara una reacción automática de morbo en el espectador, pero más allá de la común respuesta de atracción-repudio ante un par de fotografías de saltos suicidas, lo que me cautivó a lo largo de la exhibición fueron las preguntas sobre quiénes eran esas personas y qué fue de ellas. No de las celebridades, de quienes sabemos más de lo debido, sino de esa gente ordinaria que fue capturada por un lente indiscreto, como un par de mujeres en el metro de Nueva York en los años 30, o una dama que se humedece los labios en la banca de un parque a principios de siglo pasado, o un niño que es retratado lamiendo un helado mientras una madre, de quien no vemos mas que una mano, lo atrae hacia sí.

Al salir de la sala estaba llena de una multitud de imágenes sin historia, y una incomodidad o desazón fue creciendo mientras caminaba por las húmedas calles de Londres. Me sentí responsable por aquella gente en cuyas vidas (o post-vidas) había sido inmiscuida, pensé en que quizás aquella mujer del parque estaba acongojada o triste, y que yo, quien nunca la conocí ni la conoceré, le había robado algo de su integridad. Pensé en que esa gente, viva o no, ya no es la misma de la foto, y que si yo un día los viera por la calle jamás los reconocería, y mucho menos ellos a mí. Tras andar por largo tiempo recordé la primera película de Chistopher Nolan (“Memento”, “Inception”) llamada “Following”, donde un hombre aspirante a escritor, vagando por las mismas calles de la misma ciudad en que yo estaba, se preguntaba por la vida de las personas que veía pasar a su alrededor, como fotografías pasajeras que no nos dejan sino con preguntas e inquietudes.

Tras ver el filme al llegar a casa (que lleva a extremos la necesidad de atribuirle historias a gente desconocida), pensé en una entrevista que había visto hace poco donde el escritor Paul Auster refutaba la sentencia de su colega Philip Roth, quien le ha puesto una cercana fecha de expiración a la existencia de la novela. “Human beings need stories, and we are looking for them in all kinds of places” (los seres humanos necesitan historias, y las buscamos siempre, en todo lugar) dice Auster convencido.

Si Auster no estuviera en lo cierto no me hubiera llevado aquellas imágenes carentes de relato conmigo ni hubiera escrito al respecto hoy, ni existiría la excelente “Following”, ni tendríamos recuento no solo de los otros sino de nosotros mismos, porque qué es la vida, al igual que la literatura y el cine, sino una correspondencia indisoluble y continua entre relato e imagen, la construcción de una historia personal, a veces también compartida.

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08 2010

Mirar o no mirar

La mirada se ha construido en el imaginario personal y colectivo como un elemento de peligro, incluso de terror (Miradas que matan, dice el dicho). Tenemos mitos, provenientes de la Biblia y de la mitología griega, que alimentan esta creencia. Por un lado está la mujer de Lot, quien al desafiar la orden de no mirar hacia atrás en su escape de Sodoma se convierte en estatua de sal, y por otro lado tenemos a Medusa, quien con sus ojos hechiceros y su cabellera de serpientes convierte en piedra a quien se atreve a mirarla a los ojos. Estas dos historias, que en mis primeros años de vida no sabía bien en qué lado del espectro entre fantasía y realidad colocar, instauraron en mí una prudencia latente con relación a la mirada y sus influjos.

Del año uno al siete fui cuidada por una de las mujeres que más he querido y quiero aún. Su nombre, tan inusual como el de Medusa, es Claret. Cuando llegó a nuestra casa (evento que me ha sido narrado) era una jovencilla de apenas 16 años proveniente de una familia muy extensa y humilde del pequeño pueblo de Cervantes, un confín rural de la provincia de Cartago en Costa Rica. Claret me enseñó muchas cosas, entre ellas a reír, pero también enigmas que décadas después recuerdo y son ahora parte de este blog, como aquel que me transmitió al decirme que una mujer que veía a los hombres a los ojos era una prostituta. Me decía que su hermana menor, Rosa, joven de dudosa reputación, se había metido más de una vez en conflictos de faldas por haber mirado a los hombres directamente a los ojos. Tras escuchar esto, y a pesar de ser entonces no más que una niña de seis años, no pude mirar por muchos años de un modo natural, preocupada siempre de ser vista como una niña -y luego una adolescente- pervertida.

El viernes fue uno de los primeros días oficiales de primavera en Londres, el segundo día del año en que he salido a la calle sin medias. Había quedado para almorzar con una amiga catalana en un restaurante turco del área de Southbank. Llegué con media hora de antelación y me puse a leer de pie -recostada sobre la canasta portátil de mi bicicleta- un libro de Paul Auster que había abandonado en 1998, mientras disfrutaba de la intensidad revitalizadora del sol. En medio del goce y la lectura soy interrumpida por un hombre vestido de trabajador de obras eléctricas (con su chaleco de seguridad amarillo, su insignia, su walkie-talkie, su celular) que menciona en un acento inglés casi ininteligible que necesita gasolina. Yo lo miro y le indico que no tengo un carro, que me muevo en bicicleta, pero el hombre insiste, con una cercanía asfixiante. Me pide, casi me exige, que le de unas 4 libras esterlinas para poder comprar gasolina porque su camión se ha quedado varado, y me señala un callejón al que mi vista no llega a alcanzar. El hombre me ofrece darme su celular o sus llaves como gesto de garantía, “me das la plata y en un par de minutos te traigo el dinero de vuelta, después de comprar la gasolina”, me dice con pretendida honestidad. Ahora que el evento ha pasado, y que es un hecho que perdí para siempre las 4 libras que le di a este estafador para llenar un tanque inexistente, me doy cuenta de lo ingenua que fui, y me pregunto por qué no pude decirle no y moverme de lugar. Quizás fue por la alerta que la cercanía de su cuerpo con el mío disparó.

No lo sé a ciencia cierta aún, pero lo que más me llamó la atención de la situación no fue esto, sino la reacción de mi amiga catalana, quien, tras escuchar mi desafortunada historia, me dijo con firmeza, casi a manera de regaño, “En Londres jamás de los jamases puedes ver a nadie a los ojos, es lo último que se te debe ocurrir hacer”. Me quedé un poco atónita ante su vehemente instrucción, pensando dónde colocar entonces mis ojos en esta ciudad que tanta curiosidad despierta en mí. Horas después tomaba unas cervezas con mi esposo y sus colegas de trabajo y, tras compartir la anécdota, uno de los pocos ingleses de su oficina repitió las palabras de mi amiga “En Londres nunca se debe ver a nadie a los ojos.” “Pero ¿por qué?” pregunté consternada. “No sé, mucha gente desquiciada”, me dijo como quien habla de una regla incuestionable de la naturaleza.

Entre la noche de viernes y la mañana de sábado me zumbaron las palabras de mi amiga y el colega de mi marido, traté de restringir el alcance de mi mirada, hasta la tarde de ayer, en que pasé horas disfrutando de un día más de sol y calor en el parque de Battersea, donde me fue humanamente imposible no observar con detenimiento a la gente, las familias, las parejas, las expresiones, el brillo de los ojos, y me dije que no pensaba escuchar el consejo de ninguno de los dos, que prefería vivir con los riesgos del mirar, antes de sumirme en una ceguera obscura y fría, llamada protección.

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04 2010