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Hecho con amor

Estoy a poco, muy poco (dos o tres páginas, calculo), de terminar mi primer libro de relatos; al menos de terminar el consolidado de historias, ya que después viene la ardua tarea de revisión. Mi intención era haber concluido la historia final en el transcurso de esta semana, pero no sucedió; no solo porque la historia es mucho más compleja y demanda más extensión que las demás (por incluir mucho detalle histórico), sino porque he tenido que superar múltiples parálisis antes de meterme de lleno en ella.

La parálisis inicial creía estaba ligada a la estructura del relato: cómo contar lo que quería contar. Después de meditar al respecto por varios días (que quizás llegaron a semanas) ideé una solución que me pareció satisfactoria, pero aún así no me pude dar a la tarea de poner por escrito las ideas que ya empezaban a pesar en mi cabeza. A mediados de esta semana me forcé (podía sentir unos enormes brazos empujándome hacia el escritorio) a empezar a escribirla. El proceso fue más interesante y agradable de lo que esperaba, y avancé con considerable rapidez.

El asunto, sin embargo, es que aún me quedan una o dos páginas pendientes, y me he venido preguntando por qué sigo postergando este final (que sucederá, me conozco lo suficiente como para afirmar esto).

Escribir y querer (o poder) publicar es un proceso extraño. Se dice que la escritura es un quehacer solitario, lo que es una de las frases más trilladas y verdaderas que existen. Se sienta una con su cabeza y sus ideas a producir relatos que en un principio surgen como construcciones de un total autohedonismo: ¿me gusta?, ¿me suena bien?, ¿me parece bueno? Habiendo respondido con un sí a todas o la mayoría de las preguntas, se lanza una a tratar  de que una editorial piense lo mismo, y se desea que posteriormente, los lectores, o al menos algunos, compartan este gusto.

Lo que es extraño, y contradictorio, de este proceso es que se crea para una y se publica para los demás. Lo que una crea es controlable hasta cierto punto, pero no el gusto de los otros. Esta imposibilidad de saber cómo este libro que he venido encubando vaya a ser recibido se convirtió en un incómodo boicot del fin. Esta preocupación creció al darme cuenta de que un libro que considero radicalmente distinto a lo que yo escribo se está convirtiendo en el nuevo estándar de “calidad” de lo que una escritora latinoamericana joven debe producir.

El libro en cuestión es “Las Teorías Salvajes” de Pola Oloixarac. No tenía intenciones de leer este libro, al menos no aún, ya que no quería bloquearme de más, pero hace unos días leí una crítica (una de las que no favorecen para nada a este libro) que lo describía como una novela sin amor, y fue este comentario el que me motivó a conseguir el texto, precisamente porque mi libro gira en torno al amor (o así lo espero): está compuesto por una variedad de personajes de diferentes edades y latitudes que tratan de construir una vida más honesta, real, significativa, donde el dejar de temer y empezar a amar resulta clave.

Llevo apenas unas 40 páginas del libro de Pola, y es cierto, allí no veo amor. Veo una impostura intelectual, un deseo desesperado de no ser vista como mujer escritora, un hambre de innovar solo porque sí, recurriendo al recurso de la violencia y lo grotesco. Pasé dos días muy pre-ocupada de cómo podría mi libro, que gira sobre temas vistos como trillados y sosos por muchos, ser recibido en un clima editorial donde lo que perturba es lo que vende, y concluí que no valía la pena continuar alimentado esta parálisis. Terminaré la historia, persistiré para ver este libro publicado, porque quiero pensar que sigue habiendo cabida en este mundo para textos hechos con amor.

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08 2010