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Apantallarse

(Impresionarse, deslumbrarse)

Este viernes cumplí años. Pasé un buen día, un día normal, agradable, en su mayoría lejos de la computadora, en frente de la cual me he dado cuenta paso mucho tiempo. Londres se portó bien: me agasajó con buen clima y temperaturas finalmente dignas de finales de junio.

Al regresar a casa en la noche, e indefectiblemente buscar mi computadora, me encontré con un gran número de felicitaciones, muchas de ellas provenientes de Facebook, varias de ellas agregando a la felicitación un “¿dónde estás?”, o “donde quiera que estés”. Me pareció extraño leer esto, pero al pensarlo con más detenimiento me di cuenta de que era completamente lógico. Mis cumpleaños 25-29 los celebré en Copenhague, mis números 30 y 31 en Boston, el 32 en Estocolmo, y el actual, el 33, en Londres.

Me impactó un poco (impacto sin carga emocional) el ser conciente de los muchos lugares en los que he vivido en los últimos años, y en lo lógico de la frase de muchas de las personas que con mucho cariño me enviaron sus felicitaciones. ¿Cómo me ha impactado haberme movido tanto?, me pregunté. Esta es una pregunta que le había planteado en su momento a Ben (que se ha movido tanto como yo), una tarde de vagabundeo por Londres, pocos meses después de nuestra llegada a esta ciudad. Intercambiamos algunas ideas informales, pero no llegamos a ninguna conclusión definitiva.

¿Cómo se celebra un cumpleaños en Londres? Como en cualquier otra lugar: haciendo lo que a una le gusta, con la gente que se quiere. La mañana la pasé perezosa, mi computadora y yo dialogando, luego me monté en un segundo piso de un bus mirando a mi alrededor (me encanta ver por las ventanas), rumbo a Notting Hill, donde quedé con una buena amiga chilena-escocesa para comer en un restaurante tailandés de dudosa higiene y buena comida, de techito de paja, y gente con poco inglés. Pasamos horas allí conversando, no de libros ni cine ni nada “inteligente”, porque mi amiga habrá leído uno o dos libros de chismes en su vida y no más, y no sabe nada de cine, y mucho menos de literatura, pero tiene un corazón enorme, y la admiro porque ha vivido en al menos 10 países a lo largo de su vida (tiene 46), y se ha adaptado, y lo ha gozado, y hace los curris más exquisitos del planeta, y me da los consejos más sabios y honestos del universo. Luego anduvimos por las calles de Notting Hill que a ratos se convertían en magmas “tercermundistas” con su basura y sus olores, hablando distraídamente. Nos montamos en el metro, ella se bajó en Baker St., yo seguí hasta la parada del Barbican, donde me encontré con Ben. Fuimos a comer a un restaurante por allí, pasamos por una calle donde se celebraba un pequeño festival con mucha cerveza y música, nos sentamos en la terraza de un sitio, admirando la presencia industrial de Londres. Comimos, brindamos porque ya son 5 cumpleaños juntos, y porque nos seguimos queriendo, cada vez más. Caminamos por calles laberínticas rumbo al Barbican Centre, donde teníamos boletos para ver un show de la banda The Dirty Projectors en un experimento sinfónico con la orquesta Alarm Will Sound. Los 5 primeros minutos me entretuvieron, pero el resto me aburrió terriblemente, por parecerme un proyecto frío, pretencioso, y vacío. No cuestiono la calidad y el virtuosismo de los músicos, pero su pedante producción no hizo más que ponerme a escarbarme las uñas.

En el intermedio me topo a un conocido tico (costarricense) que se mudó de Costa Rica a Londres hace menos de dos años, que andaba con un amigo tico suyo que ahora vive aquí. Qué sorpresa, de los poquísimos ticos que habemos en el mundo, de los menos aún que salimos del país, y de los todavía más escasos que vivimos en Londres, habíamos 3 en un mismo lugar esa noche. Mi amigo me dijo que le estaba encantando el show, y me preguntó (dando por un hecho un ) por mi opinión. Su desencanto fue grande al escuchar un sentido no de mi parte; la conversación terminó segundos después.

En ese momento supe qué era lo que había aprendido a través de la dicha de haber visto y experimentado tanto en los últimos años de mi vida: he aprendido a no dejarme apantallar, y a valorar la honestidad.

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06 2010