Posts Tagged ‘Mike Leigh’

Ganarse el silencio

Este miércoles por la noche fui a un concierto de Vanessa Paradis con una amiga. De Paradis sabía que era actriz y pareja de Johnny Depp, pero no que cantaba. Al ver el anuncio del evento tuve curiosidad por conocer su música, e invité a una amiga suiza y también cantante, Jaël, a venir conmigo.

Jael y yo nos conocimos hace unos 3 o 4 meses en un taller introductorio a la técnica de actuación de Meisner. Esta técnica, bajo la cual se formaron actores y actrices como Robert Duvall, Steve McQueen, Gregory Peck y Michelle Williams, y operan u operaron directores como Mike Leigh, Sidney Lumet y Sidney Pollack, se basa en la capacidad de conectarse en el aquí y el ahora con las emociones, no propias, sino del compañero o compañera de actuación. Al hacer esto salimos de nosotros mismos, establecemos una conexión humana y reaccionamos ante la emoción del otro. La técnica se basa en un elemental ejercicio de repetición, que consiste en sentarse frente a alguien, en absoluto silencio, y hablar solo en el momento en que podamos reconocer una emoción real y concreta en la persona frente a nosotros. Por ejemplo, A dice: “Tenés miedo” y B repite: “Tengo miedo” y así sucesivamente. Las modificaciones únicamente ocurren cuando la emoción de B se transforma ante el reconocimiento de A o cuando B nota un cambio en A. De acuerdo al profesor, un actor escocés que se entrenó directamente con Sandy Meisner, la actuación que produce este método es una antiactuación. Los actores y actrices no se están colocando una máscara sobre la máscara que ya solemos llevar a diario como personas, sino que se están despojando de la misma para poder conectarse y reaccionar de modo convincente (real) ante un otro.

Fue muy interesante ver a lo largo de la semana que duró el taller lo difícil que es no actuar, ser simples y verdaderos, estar presentes. Tenemos una arraigada tendencia a la falsedad. Cuando A decía: “Estás triste” empezábamos a sonar tristes, no a conmovernos ante el reconocimiento de este dolor, y cuando A decía: “Estás enojado” empezábamos a alzar la voz y a hiperbolizar nuestra gesticulación. Tras la primera ronda de repeticiones Tom, el profesor, hizo una larga intervención. Empezó por pedirnos, a 15 personas, que hiciéramos total silencio y nos concentráramos en el sonido de un pequeño reloj de pared que estaba en la sala, y al que nadie le había prestado atención hasta ese momento. Bajo el sólido silencio el antes insignificante aparato se convirtió en el centro del universo y el paso de sus agujas en el palpitar de la humanidad. “¿Lo notaron?” dijo Tom, “solo desde el silencio podemos realmente escuchar”.

El concierto de Paradis vendió todas sus entradas. Metida allí juré entender lo que debe sentir una cucaracha en su nido. La música empezó y apareció Paradis haciendo movimientos exageradamente sensuales. Tomó el micrófono, sin detener sus movimientos, y empezó a cantar. Poco después algo que nunca había experimentado sucedió: la sala se dividió en dos mitades. Una hablaba y la otra la callaba con irritados e insistentes Shhhhhhh. El verdadero drama en cuestión no era que unos hablaran y otros quisieran escuchar, sino que a nadie le importaba realmente lo que estaba pasando en el escenario. A quienes nos aburrió la música hablamos y quienes creían estar totalmente compenetrados no lo estaban, ya que de haber sido así no hubieran siquiera notado la bulla a su alrededor. Al observar desde fuera lo que ocurría, apareció en mi mente la frase: el silencio se gana, no se demanda.

Más tarde pensé que esta situación, que se prolongó por las casi dos horas que duró el concierto, es la misma que cargamos dentro de nuestras cabezas. Tenemos una mitad que habla sin parar, que crea bulla para no escuchar lo fundamental de nosotros mismos y de los otros, y otra que en su afán por acallar la bulla no hace más que aumentarla. Me di cuenta del poco silencio absoluto del que somos capaces, y pude ver con una claridad espeluznante que en esta lucha interna que no lleva a nada se nos puede ir la vida, y nos podemos llegar a perder de cosas simples y monumentales, como el ronco sonido de las agujas de un reloj.

06

02 2011

La soledad en una gran ciudad

Partiendo del tráiler de Another Year, la última película del director inglés Mike Leigh, creí que iba a ver una de esas producciones bittersweet en las que el llanto y la risa se entremezclan, y de las que salimos con una canción muy tierna sonando en la cabeza. Me equivoqué. El cine que conozco de este director (Secrets & Lies, All or Nothing, Vera Drake) siempre ha sido gris y desgarrador, y Another Year no tenía por qué salirse de la línea. En esta película, que ha sido aclamada por los críticos como la cúspide creativa de Leigh, se nos presenta un grupo íntimo de personajes que gravita con sus pesares y depresiones (y mucho alcohol), en torno a una pareja inglesa que ronda los 60 años y que se ha logrado salvar del caos impiadoso que parece haberse tragado, con una normalidad apabullante, las vidas de todas las personas a su alrededor.

A excepción de una escena que tiene lugar en Derby, ciudad a unas tres horas al norte de Londres, toda la acción acontece en la capital inglesa. He hablado en ocasiones anteriores de lo fascinante que me parece Londres, y de lo encantada que me siento de vivir en esta ciudad, pero también he hablado del gris y de la humedad que son constantes en esta parte del planeta, y que nos pueden llegar a hundir en una tristeza desgarradora y solitaria.

Mike Leigh traza en este filme una relación entre soledad-amargura y buena compañía-alegría que podría resultar molesta para muchos, especialmente para quienes no comparten su vida con alguien, pero que en el filme, en la vida, y en particular en la vida en una gran ciudad, me parece válida. Esta semana participé en una encerrona de teatro basada en la técnica de actuación de Sanford Meisner, que parte de la base de que dos personas pueden actuar con credibilidad y fuerza única y exclusivamente si son capaces de establecer una conexión real y profunda en el momento dado. Comprobé que esto, que suena sencillo, es horriblemente difícil para todos, seres que no nos atrevemos a ver a las personas a los ojos, realmente a ver, porque tenemos miedo no solo de ver sino de ser vistos. A lo largo de esta semana comprendí que lo que hay en el fondo de las miradas es mucha tristeza, y que esa tristeza está en gran parte relacionada con una enorme soledad. Queremos ser vistos, pero tememos ser rechazados en caso de que suceda.

En Londres, como en ningún otro lugar del mundo en el que haya vivido o estado, he notado una reticencia enorme para contactar visual, física y emocionalmente. Los ingleses, o quienes llevan mucho tiempo acá y se han amoldado, caminan por las calles como en un campo minado, aterrorizados de un posible roce físico con el prójimo, a tal punto que cuando se ven sumergidos en masas humanas (la hora pico del metro, por ejemplo) lo que prevalece es una batalla de codos. Al hablarte jamás te ven a los ojos, y por más divertida y amena que sea la plática en el pub (extensión de la sala doméstica de cualquier vivienda), nunca llega a ser personal, nunca se llega realmente a conectar con esa otra persona que traga y traga pintas en búsqueda de la valentía para poder decir: me duele la soledad.

Mi esposo Ben y yo hemos desarrollado una costumbre, al ir al cine o a conciertos, de decirnos al entrar: ‘Ojalá no nos toque sentarnos al lado de un “loquito”’. Me atrevería a decir que en cada 3 de 5 actividades públicas a las que asistimos, nos vemos sentados al lado de una persona por encima de los 45 años, sola, que ha desarrollado modos terroríficos de mantener a otros humanos a la distancia, desde hacer ruidos insoportables con la garganta, hasta taparse los oídos con agresividad cuando la gente aplaude, o gritar un violento Shhhhhhh porque la ropa de una hace ruido al moverse en el asiento.

No sé si la lógica de compañía-soledad que Leigh, un hombre de 67 años, propone sea válida para cualquier ciudad, pero creo que lo es para esta en la que vivo. Los ingleses y los habitantes de Londres buscan confort casi a diario en los acogedores pubs que siempre llaman con el dedo de la tentación etílica, y mientras se está allí la vida parece fluir en armonía. Pero no dudo de los efectos devastadores de lo que pasa después, ese momento de la noche, que siempre llega, en que la bulla termina y se entra a una casa silenciosa, a una cama fría, y se piensa que la vida vale poco, y que mañana será un día gris y de nuevo lloverá, y no se tiene a nadie al lado que escuche y que diga que no, que quizás mañana saldrá el sol.

14

11 2010