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Cositi

Hace más o menos 9 años leí un libro de Javier Marías llamado “Vida del fantasma” que me gustó mucho por tratarse de una compilación de textos donde el autor español se embarca en una interesante reflexión sobre una variedad de temas. El artículo que más disfruté fue uno donde el escritor trata sobre las distintas formas en que modificamos los nombres de las personas con las que nos relacionamos. Al amigo que siempre llamamos Juan lo llamamos Juan Gabriel a la hora del enojo o la decepción, por ejemplo.

Pensaba en estos días en este tema de los nombres, en lo poco neutrales que son nuestras escogencias al modificar el modo en que denominamos a las personas. Se me ocurría que estas modificaciones tienen que ver con el grado de cercanía y personalización que desarrollamos hacia determinado individuo. Por ejemplo, me parece que los nombres (o títulos) de aquellas personas que nos son impuestas por el hecho de pertenecer a una familia o a un sistema son menos modificados. Mamá es mamá, papá es papá, doctor es doctor, profesor es profesor. Se puede aplicar la abreviación (ma, pa, doc, profe) o el diminutivo (mami, papi, doctorcito) para intensificar el nexo, pero la titularidad prevalece.

Están por otro lado los amigos, que en principio son gente a la que elegimos querer, y cuyos nombres están expuestos a mayores modificaciones. Por ejemplo, una de mis mejores y más antiguas amigas se llama Antonieta, pero jamás he podido (a menos de que se trate de una discusión) llamarla por su nombre completo, que aunque me parece elegante y distinguido, resulta frío y casi grosero en mi boca. He recurrido a cualquier modificación de su nombre para referirme a ella, pero nunca a su nombre como tal. Se me ocurría que quizá hago esto como un modo de acercarme a ella y de particularizar el lazo con alguien a quien quiero mucho. Antonieta es un nombre que cualquier extraño puede pronunciar, o leer en un documento, pero Antonix o Anto no.

Después pensé en las profundas modificaciones que sufren los nombres de nuestras parejas, esas personas que llegan a un nivel de intimidad al que nadie más es capaz de llegar. En este campo hay un sinfín de opciones. Hay quienes se llaman de modos más comunes como cielo, corazón, bombón, bebé, etc; o quienes crean un modo original, que deriva de alguna anécdota de la que va quedando una forma única de reconocerse, como es el caso de una pareja de amigos venezolanos que se llaman el uno al otro “mili”, derivación a lo largo de los años de “mi lindo” y “mi linda”.

Anoche regresé al hotel donde mi esposo y yo nos estamos quedando durante nuestra visita a Boston después de haber pasado un rato muy agradable con una amiga que vive aquí. Ben estaba en la cama viendo Mad Men. Me acurruqué a su lado y lo abracé, contenta de estar de nuevo junto a él. Al terminar la serie apagamos las luces, nos dimos las buenas noches y caímos en un sueño apacible. Tras horas de dormir me despierto y miro el reloj: son las 5 de la mañana. Me doy la vuelta, en la penumbra de la habitación distingo su perfil, el movimiento calmo de su respiración nocturna, la forma de su cuerpo bajo el edredón, y me digo, no sin la tibia sorpresa que siempre acompaña este pensamiento, que es él el hombre con el que comparto mi vida. En ese momento lo nombro, pero no viene a mí su título ni su nombre, sino que se forma en mi interior la palabra “cositi”, y se me llenan los ojos de lágrimas al darme cuenta de que soy yo, su esposa, la única persona en este mundo que lo llama así.

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12 2010