Posts Tagged ‘London’

Vivir sobre dos ruedas

Bicycle by Mary Bea McWatters

Hace más o menos un mes fui de visita a Copenhague con una amiga de Londres. Fue un viaje importante para mí ya que me permitió mostrarle a alguien de mi presente la ciudad en la que había vivido 4 intensos años. A las pocas horas de haber llegado, mientras caminábamos por las calles tomadas por ciclistas, le dije a mi amiga que estaba realmente feliz de que Copenhague hubiera sido mi primera ciudad en el extranjero, porque me enseñó cómo hacer una vida en bicicleta.

Me es difícil recordar con exactitud eventos de mi infancia, pero más difícil aún me es poder precisar en el afecto relacionado a determinado recuerdo. Hay una clara excepción, y se trata del recuerdo y la emoción que sentí el momento en que aprendí a andar en bicicleta. Debía de tener unos 6 años y estaba harta de los rodines, que me facilitaban una libertad a medias. Silvia, una vecina mayor que yo, que era entonces mi modelo de mujer y que ya sabía andar en bici, se dio a la tarea de enseñarme. Ambas teníamos una Chopper roja, la de ella mucho más alta que la mía. En mi bicicleta habíamos venido haciendo pruebas de equilibrio con un solo rodín, pero esa tarde en que aprendí, ella me prestó su alta Chopper, y me dijo que había llegado el momento. Mis manos sudaban y el corazón me palpitaba muy fuerte, pero no de miedo, sino de pura emoción. Fuimos a la parte alta de una pequeña subida, yo me monté en el asiento –mis pies casi no tocaban el suelo- y ella me dio un pequeño empujón: salí cuesta abajo, feliz. Desde ese instante me fue casi imposible dejar la bici, al bajarme el mundo se me hacía más pequeño, más aburrido.

Hice algunos intentos en mis años de universitaria por hacer una vida en bicicleta, pero no funcionó, principalmente por dos motivos: 1) en Costa Rica llueve, como si el cielo estuviera menstruando, 8 de 12 meses al año, y 2) en esos días una buena amiga, que también se había animado al proyecto urbano, fue atropellada por un carro (nada grave). En Copenhague, la primera posesión material que tuve fue una antigua bicicleta negra, tan alta como recuerdo la de Silvia, que mis ex suegros daneses me regalaron como gesto de bienvenida al país. Al principio no me atrevía a cruzar semáforos, tenía miedo de igualarme en comportamiento a los carros, así que iba y venía del apartamento al semáforo, del semáforo al apartamento. Cuando le conté a mi ex esposo, no sin un poco de vergüenza, sobre mi ruta ciclística, él sonrió y me dijo que me enseñaría cómo andar sin miedo por toda la ciudad. La constante de alegría de mis años en Copenhague fue, desde ese momento, mi bicicleta. Recuerdo cómo en días en que la noche caía a las 3 de la tarde, en que mi vida sentimental no andaba muy bien y me sentía perdida en una ciudad tan lejana, todo se alivianaba en el momento en que me montaba en mi bici y recorría la ciudad, más allá de los semáforos, a veces tan de prisa como los mismos carros.

Mi esposo actual y yo (él también amante de la bicicleta) decidimos que en Londres esta continuaría siendo nuestro medio de transporte. Un amigo australiano que conocimos en Estocolmo (ciudad desde la que nos mudamos) y que había vivido aquí, nos dijo: ‘¡Están locos, Londres es enorme!’ Es cierto, Londres es enorme, pero también muy plana, y mi esposo y yo compartimos una alegría inmensa cruzando de norte a sur y de este a oeste esta ciudad, que de este modo, se hace más digerible, más amistosa, e incluso interesante.

Ayer por la tarde salí de casa a hacer unos mandados en mi bicicleta y, mientras cargaba bolsas en mi manivela y mi canasta, y pedaleaba junto a los inmensos buses rojos de dos pisos que pasaban veloces a mi lado, volví a agradecerle a Copenhague, y a aquel ex esposo de quien hace mucho tiempo no sé, por haberme enseñado a vivir sobre dos ruedas.

Posdata: Mi amigo Ricardo Bada ha añadido en los comentarios a este blog una hermosa canción de Yves Montand que vale la pena que todos escuchemos.

07

11 2010

Madrid

Madrid, ciudad desde la que escribo, fue mi puerto de entrada a Europa. En el año 2001 trabajaba en el Instituto Nacional de las Mujeres de Costa Rica coordinando una serie de proyectos sociales. El trabajo me gustaba, pero el aburrimiento de una vida tan cuadriculada, en la que me levantaba todos los días a la misma hora, para ir al mismo lugar, a realizar tareas similares, me estaba carcomiendo. Fue así que un día decidí que trabajaría con el objetivo de ahorrar el dinero suficiente para hacer mi primer viaje a Europa.

Al año de haber tomado esta decisión recolecté el dinero que había estado guardando debajo del colchón y me fui a una agencia a comprar mi boleto San José-Madrid, Madrid-San José. En Madrid me hospedé con mi jefa del Instituto, que estaba estudiando su doctorado en la Universidad Complutense. Nunca antes había experimentado una emoción tan intensa y cristalina como la que sentí al llegar a Europa. El problema fue que tanta emoción me disparó un creciente dolor de cabeza. Traté de controlarlo y me esforcé por disfrutar del paseo por las calles de Madrid con mi jefa y su familia.

Tras almorzar paella en un restaurante muy español me dijeron que querían mostrarme un café llamado Teatriz que les gustaba mucho. Mi dolor de cabeza se había convertido en una certera migraña que me empezaba a comer el ojo izquierdo. Aun así proseguí, maniobrando entre calles tumultuosas. Al llegar al local, que era verdaderamente lindo, la nausea me consumía, y le tuve que decir a mi jefa que regresáramos a su casa, que yo pagaba un taxi ya que no me sentía capaz de meterme al metro. En la corrida en taxi no solo se me fueron los ahorros equivalentes a un mes de trabajo costarricense, sino también todo el contenido que llevaba en mi estómago. El taxista no se tomó con seriedad debida mi “¡pare!”, y cuando lo hizo ya era demasiado tarde, mi vómito cubría no solo todo el asiento del chofer, sino mis piernas, mis brazos y la bufanda de mi jefa (era marzo), que había puesto muy cerca de mí. No sé si fue este bochornoso incidente el que me hizo no sentir gran emoción por Madrid, o el hecho de que al volver, después de un mes de recorrido por toda Europa, esta ciudad me pareció algo opaca y sin gracia. Pese a haber disfrutado en su mayoría de mi estadía madrileña, me dije que probablemente no volvería.

A los pocos años, viviendo ya en Dinamarca, una de mis mejores amigas de Costa Rica se viene a Madrid a hacer su doctorado en la misma universidad y la visito, no solo una, sino dos veces. Curiosamente hubo también un episodio de vómito en la primera de estas visitas, pero en este caso relacionado con la ansiedad que me provocaba el motivo del viaje: había terminado lo que creía sería mi primera novela y me había venido a Madrid cargada de manuscritos con los que me dirigí a la oficina de correos para enviar a decenas de editoriales. La novela evidentemente no fue publicada (aunque la Editorial Pre-textos me respondió con una nota muy alentadora), pero esa y la siguiente visita a Madrid fueron, a excepción de este incidente, agradables y tranquilas. No había la premura turística de ir a ver museos y tiendas, sino que todo estaba envuelto en un ritmo más cotidiano, en el que mi amiga y yo nos levantábamos a cualquier hora, desayunábamos largo, nos íbamos a caminar por ahí, a comprar libros, a tomar una copa, o a comer una fabada espectacular que vendían al lado de su edificio. Fui a fiestas de su universidad, conocí a quien se convirtió en su esposo y, en definitiva, experimenté una Madrid más cercana y familiar. Aun así, me dije que no era mi ciudad favorita, y que el día en que ella se fuera seguramente no volvería.

Hace un par de semanas recibí un correo de uno de los miembros de la asociación de intercambio de casas a la que pertenezco, un joven director de cine español llamado Jorge Dorado, que me preguntaba si nos interesaba a mi esposo y a mí hacer un intercambio Londres-Madrid. Mi amiga ya no está en Madrid, pero no le vi sentido a desaprovechar una oferta que había tocado a mi puerta de modo tan casual.

Este viernes por la tarde estaba sentada en la Plaza Mayor, disfrutando del sol y bebiendo un café mientras esperaba a mi esposo, que estaba por volver de una reunión de trabajo que había aprovechado cuadrar en esta ciudad, y pensé en que en esa misma plaza, bajo un mismo sol, había estado yo a mis 22 años, alegre de finalmente haber llegado a Europa, e ignorante de que gran parte de mi vida futura sucedería en esta parte del mundo. Diez años más tarde me encontraba en el mismo lugar pero siendo una persona tan distinta a la de entonces, con un marido cuyo rostro esperaba ver aparecer entre la multitud con una serena emoción.

Madrid sigue sin parecerme una ciudad particularmente hermosa, pero pienso que quizás los lugares que más nos marcan no son necesariamente los más bonitos o los que más nos gustan, o incluso aquellos en los que llegamos a vivir, sino a los que por motivos que se nos aparecen como casuales, continuamos yendo en diferentes etapas de nuestra vida, pudiendo apreciar con nitidez cómo ya no somos los mismos de antes. Ojalá mejores y más felices.

24

10 2010

Lluvia

Londres ha estado más gris y húmeda que de costumbre. He pasado horas en el sillón del estudio, leyendo y pensando. Entre el flujo de recuerdos me viene una pregunta que me llegó a obsesionar en mis primeros tiempos de estudiante de psicología: ¿por qué lloramos cuando estamos tristes? Me intrigaba mucho el mecanismo que hacía que nuestro cuerpo despidiera un líquido de los ojos al sentir dolor. Lo llamativo es que pese a mi interés nunca me preocupé en investigar algo sobre lo que apuesto debe haber cientos, sino miles, de tesis. Quise que mi pregunta permaneciera bañada por un misticismo poético y algo trágico a la vez. La fascinación por la tristeza, en lugar de su comprensión, me parecía mucho más interesante entonces.

Pienso en la idea que le he oído varias veces al escritor Vila-Matas de crear un mapa de decepciones, compuesto por las memorias de proyectos fracasados que nunca llegaron a ser. No conozco los motivos del autor para entretener esta idea, pero desde que la oí me ha intrigado, por ser el fracaso algo de lo más doloroso que sufrimos, y que tendemos a padecer en la más cruel de las soledades.

La primera mañana de este año -que con prisa se aproxima a su fin- empezó con la rutina normal de un día no laboral: mi esposo y yo nos levantamos, nos dirigimos a la cocina, preparamos desayuno y lo digerimos lentamente. Dentro de mí todo era menos apacible. Me pesaba el que hubiera terminado otro año en que no había hecho mucho más que postergar lo que realmente quería hacer con mi vida. Al terminar en la cocina regresamos al cuarto para hacer la cama, cada uno con la punta de una sábana en esquinas opuestas. En el momento en que la sábana cayó sobre el colchón, caí yo con ella. Lloré con amargura, pero mientras lloraba me dije que no quería llorar más así. Ese día le dije adiós a las postergaciones y empecé a escribir.

Inicié este blog (que para mi alegre sorpresa crece), dos revistas literarias aceptaron mis relatos de inmediato, y otra de bastante impacto un tercero que saldrá en estos días. Me embarqué  con entusiasmo en el proyecto de lo que creía sería mi primer libro: una compilación de relatos breves que iban desde la infancia hasta la vejez, compuestos por una serie de personajes de diversas edades y geografías que enfrentan o van más allá de situaciones claves en sus vidas. Digo iba a ser porque una vez terminado me di cuenta de que ese no podía ser mi primer libro.

Tras dudas aplastantes y fuertes cuestionamientos caí en cuenta de que el total de las historias no conformaba la unidad que yo había previsto. Tenía dos libros en uno, no compatibles: el de la vida ya vivida (la mía), y el de la vida imaginada. El mayor problema, me di cuenta, es que de la vida ya vivida me queda todavía mucho por comprender. Días de agotadoras reflexiones a solas y en íntima compañía apuntan a que hay grietas y heridas aún abiertas en la vida de la niña de la primera historia del libro  -que fue hecha letra por letra con palabras de mi diario de infancia- con las que la mujer que hoy escribe este blog debe lidiar.

Es enorme la decepción que el darme cuenta de la imposibilidad de este libro ha generado en mí. Las historias espero poder colocarlas individualmente en otras revistas literarias, pero ese libro que por meses he venido gestando ha pasado a formar parte de ese mapa del cual el escritor español habló.

¿Qué hacer con la decepción y a dónde nos lleva?, me pregunto mientras miro la lluvia y escucho a un bebé llorar a la distancia. No lo sé. La diferencia es que esta vez no me puedo conformar con no saber, como decidí hacerlo a mis 19. Primero porque ya no tengo esos años, sino bastantes más; segundo porque sé que este libro que un día va a ser no existirá si no me logro responder a esta pregunta. Se lo debo a la niña del diario, y a la mujer en que me he venido convirtiendo.

03

10 2010

Basura

A inicios de año escribí un relato titulado “Reciclaje” donde narraba mis impresiones sobre el tratamiento de la basura en ciudades en las que había vivido (San José, Copenhague, Boston y Estocolmo). El relato (publicado, en español, por The Barcelona Review se puede leer haciendo clic en el enlace a la derecha) dejaba pendiente el capítulo sobre la basura en Londres, ciudad a la que me acababa de mudar.

Este septiembre se cumple mi primer año de vida en Londres, y debo decir que la relación entre humanos y basura en esta ciudad es de lo más particular. La primera vez que mi esposo y yo la notamos, la relación, fue un domingo en que asistimos al mercado de Bricklane. Bricklane es una de esas zonas “yuppie meets vintage and ethnic” en el este de Londres, donde los domingos se celebra un mercado que consiste básicamente en música improvisada, venta de comidas y bebidas, y un centenar de personas que venden cualquier cosa en la calle. Al llegar allí aquella vez ambos estábamos fascinados, pero no por la belleza ni estilización del evento, sino por el hecho de que las personas estuvieran tan a gusto en un área más parecida a un resto apocalíptico que a una zona de recreación. Muchos de los edificios estaban derruidos, la mayoría muy sucios, cubiertos de hollín, y las calles estampadas con varios tipos de residuos. Aún así, la gente se sentaba feliz en cualquier lado a comer y disfrutar del esquivo sol que hacía el favor de brillar.

Hace un par de semanas asistimos al Carnaval de Notting Hill, el segundo más grande del mundo que atrae a unos dos millones de personas. Este evento se celebra desde 1964 en honor a los inmigrantes afro-caribeños que se mudaron a la zona en los 50. No sé cómo habrá sido en el pasado, pero lo que nosotros vimos fue una celebración a la generación y acumulación de basura. Para el momento en que llegamos (4pm más o menos) las montañas de desechos, conformadas de restos de rice and beans, plátanos al horno, patis, latas de cerveza, colillas de cigarro, pipas de coco, pajillas, caña de azúcar masticada, mac and cheese, y una que otra vomitada, conformaban la materia principal de este festival en el que los presentes parecían bailar sin importarles que sustancias pronto radioactivas se estuvieran fermentando a su alrededor.

Supongo que el año aquí nos ha adiestrado un poco, ya que pese a los olores hicimos fila una hora para comprar nuestro rice and beans, el que nos comimos con todo placer al lado de una de esas montañas crecientes. Al terminar buscamos un basurero- ah sí, aquel artefacto que una vez existió en Londres y que el pavor al terrorismo ha convertido en objeto en extinción- y pronto nos reímos de nuestra absurda búsqueda: ¡estábamos en un basurero! Tiramos las dos cajitas en la calle y nos dirigimos satisfechos a casa, cruzando un mar de orines y basura, sobre el que la gente bailaba y cantaba como si no hubiera un mañana.

‘London is like a party before the end of the world’, dice mi esposo ante imágenes como esta, y no podría estar más de acuerdo. Si el mundo se va a acabar mañana, qué importa la basura, mejor irse al más allá con una gran sonrisa y el estómago lleno de placer.

Taken from BBC

12

09 2010

Palabra e imagen

Ayer por la tarde fui a la galería de arte moderno Tate a ver una exhibición a la que hace meses quería ir. Es probable que la intención se haya concretado tras las reflexiones del artículo de la semana pasada, que inesperadamente me llevó al tema del voyeur. El nombre de la exhibición es “Vouyerism, Surveillance and the Camera” y consiste en un registro histórico de la práctica de retratar a sujetos (famosos y desconocidos)  sin su conocimiento o aprobación. No sé si se esperaba que el conocer este dato activara una reacción automática de morbo en el espectador, pero más allá de la común respuesta de atracción-repudio ante un par de fotografías de saltos suicidas, lo que me cautivó a lo largo de la exhibición fueron las preguntas sobre quiénes eran esas personas y qué fue de ellas. No de las celebridades, de quienes sabemos más de lo debido, sino de esa gente ordinaria que fue capturada por un lente indiscreto, como un par de mujeres en el metro de Nueva York en los años 30, o una dama que se humedece los labios en la banca de un parque a principios de siglo pasado, o un niño que es retratado lamiendo un helado mientras una madre, de quien no vemos mas que una mano, lo atrae hacia sí.

Al salir de la sala estaba llena de una multitud de imágenes sin historia, y una incomodidad o desazón fue creciendo mientras caminaba por las húmedas calles de Londres. Me sentí responsable por aquella gente en cuyas vidas (o post-vidas) había sido inmiscuida, pensé en que quizás aquella mujer del parque estaba acongojada o triste, y que yo, quien nunca la conocí ni la conoceré, le había robado algo de su integridad. Pensé en que esa gente, viva o no, ya no es la misma de la foto, y que si yo un día los viera por la calle jamás los reconocería, y mucho menos ellos a mí. Tras andar por largo tiempo recordé la primera película de Chistopher Nolan (“Memento”, “Inception”) llamada “Following”, donde un hombre aspirante a escritor, vagando por las mismas calles de la misma ciudad en que yo estaba, se preguntaba por la vida de las personas que veía pasar a su alrededor, como fotografías pasajeras que no nos dejan sino con preguntas e inquietudes.

Tras ver el filme al llegar a casa (que lleva a extremos la necesidad de atribuirle historias a gente desconocida), pensé en una entrevista que había visto hace poco donde el escritor Paul Auster refutaba la sentencia de su colega Philip Roth, quien le ha puesto una cercana fecha de expiración a la existencia de la novela. “Human beings need stories, and we are looking for them in all kinds of places” (los seres humanos necesitan historias, y las buscamos siempre, en todo lugar) dice Auster convencido.

Si Auster no estuviera en lo cierto no me hubiera llevado aquellas imágenes carentes de relato conmigo ni hubiera escrito al respecto hoy, ni existiría la excelente “Following”, ni tendríamos recuento no solo de los otros sino de nosotros mismos, porque qué es la vida, al igual que la literatura y el cine, sino una correspondencia indisoluble y continua entre relato e imagen, la construcción de una historia personal, a veces también compartida.

29

08 2010

Mañanas que nunca serán

El viernes fue el cumpleaños de Ben, mi esposo. Decidimos ir a Brighton, donde ninguno de los dos había estado. El día se presentó gris y frío, pero no desistimos del plan. Teníamos boletos de tren y una reservación hecha en un restaurante indio llamado The Chilli Pickle que resultó ser uno de los lugares más espectaculares en los que hemos comido en nuestras vidas. Después de la comida (que nos dejó felices y colmados) nos dedicamos a vagar sin rumbo específico por los estrechos y sinuosos callejones de esta ciudad portuaria. Luego cruzamos al otro lado de la calle que parece dividir a Brighton en dos, y nos adentramos en el área donde viven los locales. Todo muy “funkie”, casi como estar en las calles de San Francisco. Tras horas de andar nos sentamos en una banca de un parque a descansar y a mirar el desfile de familias que salían de un acto de graduación. Nos reímos mucho inventando historias de la gente que veíamos pasar.

Regresamos a casa de noche, preparamos té, arreglamos la sala de modo acogedor, y empezamos a ver una película que había sido estrenada hacía unos meses y de la que habíamos leído buenas críticas: Harry Brown, protagonizada por Michael Caine. La película fue muy buena, muy dura también, tratando sobre el lado trágico y doloroso de esa vida que se ve en Londres por doquier y de la que hablé la semana pasada.

Nos fuimos al cuarto, apagamos las luces, y nos tomamos de las manos muy fuerte. En ese momento un dolor repentino, algo que he llamado desde hace unos años la nostalgia futura, me golpeó, y fui consciente de que ese amor y esas dos personas que tanto se quieren un día iban a dejar de ser. Fue un pensamiento horrible y real que aceleró mi corazón y del que no me pude desprender. Una pesadilla en la que un helicóptero en llamas se estrellaba contra nuestro apartamento, iniciando un incendio y atentando contra nuestra vidas, se hizo presente durante la noche. Abrí los ojos a la mañana siguiente agitada, buscando la mano de Ben otra vez.

La semana pasada leí en Granta en español una entrevista que Jhumpa Lahiri, escritora bengalí-estadounidense, le hizo a la escritora canadiense Mavis Gallant (de 88 años), donde le preguntó: ‘Y las cosas sobre las que ha sentido necesidad de escribir, de pensar, de expresarse, ¿cómo evoluciona eso con los años?’ Gallant, quien había venido haciendo despliegue de su esclarecedora mente, respondió: ‘Voy a decirte lo que sucede cuando te haces mayor. Las cosas te parecen inevitables’.

No tengo 88 años, y Ben tampoco, pero no puedo negar que de un tiempo acá (especialmente tras cumplir 31, que fueron los años que cumplió Ben) empecé a sentir el paso del tiempo más certero, casi como si notara los surcos que va dejando en su camino. He pensado que, tratándose todo este asunto del tiempo, es como si después de cierta edad se empezara a vivir en la segunda mitad del reloj de la vida, donde para dar la hora no se suma (y), sino que se resta (menos), o se define el tiempo en función de lo que le falta a la aguja para llegar a su destino final (para las).

Pensar en la muerte puede tornarse en oscura fascinación, y debe una sacudirse de este pensamiento aterrador. Pensar en la muerte debe regresarnos siempre a la vida, a la conciencia de que el tiempo pasa y no deja de pasar, y de que las postergaciones tienen fecha de expiración. Pienso en mi vida hasta hace muy poco, en la angustia que me corroía al presenciar el paso de días llenos de nada, en la cobardía de mi consuelo de ‘ya llegará el momento de actuar’, mientras veía un tiempo perdido transitar frente a mí, decirme adiós para más nunca volver.

Ser concientes de nuestra mortalidad debe ser hecho suficiente para empezar a vivir nuestras vidas, esas que tendemos a ver en un futuro cada vez más estrecho, para dejar de decir mañana, porque mientras lo decimos pasa, y así se nos puede ir la vida, hablando de mañanas que nunca serán.

25

07 2010

Londres

A los pocos días de haber llegado a Londres quedé de verme con un amigo en la galería de arte moderno Tate para tomar un café. Entramos al edificio, que es una obra de arte industrial en sí mismo, y subimos en un silencio reverencial las escaleras eléctricas hasta llegar al séptimo piso, donde nos sentamos frente a un monumental ventanal que da al Támesis, y desde donde se tiene una vista cristalina de la catedral de St. Paul y sus alrededores. Ambos continuamos en silencio, él supongo por ser tímido, yo por estar conmovida e impresionada, mientras miraba aquel espectáculo de ciudad del que aún no sabía qué pensar. ‘Es fea, pero fascinante, ¿no?’, le dije a mi amigo que continuó sumido en su silencio.

Por varios días mantuve una actitud más contemplativa que presencial ante esta ciudad. Era casi como si llevara un guión de ‘Sara en la ciudad de Londres’. Cada vez que me montaba en mi bicicleta y salía a pedalear por el lado del tráfico que aún sentía equivocado, abriéndome paso entre taxis negros y enormes buses de dos pisos, una vocecilla decía ‘Sara en su bicicleta en Londres’, ‘Sara cruzando el Támesis’, ‘Sara disfrutando de una caminata por el parque de Battersea’, ‘Sara observando la planta eléctrica de su barrio -Battersea-’, ‘Sara comiendo en  Notting Hill’, ‘Sara en la Tate’.

Esta semana tuve visitas de Costa Rica que estaban en Londres por primera vez. Mientras les mostraba los mayores puntos de atracción me pareció interesante notar su decepción ante esta ciudad de la que tanto se habla. Les pareció, al igual que a mí en mi primer encuentro turístico muchos años atrás, fea, sucia, ruidosa, caótica. Más interesante fue el darme cuenta de que sí, Londres es todo eso, pero mucho más también, solo que ese ‘mucho más’ se desgrana con el tiempo, con el vivir aquí, y eso que se va descubriendo es la fortaleza de esta ciudad. Recordé mientras caminaba con mis compatriotas lo que Ben me dijo cuando vinimos juntos a buscar apartamento (su primera vez aquí): ‘Es como si Londres existiera independientemente de la gente, como si fuera una ciudad que se impone a lo humano’.

Fui yo quien mantuvo silencio entonces. Su afirmación se reveló como visionaria al ver una de las escenas finales de la muy londinense película Incendiary, en la que la protagonista, interpretada por Michelle Williams, sostiene un monólogo sobre Londres en un momento en que decide reconstruir una vida que se le estaba cayendo en pedazos: ‘London is a city built on the wreckage of itself. It’s had more comebacks than the evil dead. It’s been flattened by storms and flooded out and rotted with plague. Even Hitler couldn’t finish it off. But we built on the rubble and we kept on coming like zombies. I am the city, I am the whole world. Murder me with bombs and I will only build myself again and stronger’ (Londres es una ciudad construida sobre sus propias ruinas. Ha tenido más reapariciones que la misma muerte. Ha sido allanada por tormentas, inundada, corroída por la plaga. Incluso Hitler no la pudo aniquilar. Pero construimos sobre los escombros y continuamos surgiendo como zombies. Soy la ciudad, soy el mundo entero. Asesiname con bombas y me reconstruiré de nuevo y más fuerte).

No podría decir que, a 10 meses de vivir aquí, me sentí apropiada de esta ciudad al mostrársela a mis visitas (¿puede alguien realmente llegarse a apropiar de Londres?), pero me percaté de que aquella vocecilla había dejado de hablarme, y se había convertido en la conciencia de que cada día me acuesto y despierto en una ciudad que me impresiona por su capacidad de reconstrucción, por su fortaleza que me inspira, me enorgullece, me hace sentirme bien. Cuando camino o cruzo la ciudad en mi bicicleta no veo basura ni caos, veo vida, y es por eso que me he enamorado de esta ciudad.

18

07 2010

Apantallarse

(Impresionarse, deslumbrarse)

Este viernes cumplí años. Pasé un buen día, un día normal, agradable, en su mayoría lejos de la computadora, en frente de la cual me he dado cuenta paso mucho tiempo. Londres se portó bien: me agasajó con buen clima y temperaturas finalmente dignas de finales de junio.

Al regresar a casa en la noche, e indefectiblemente buscar mi computadora, me encontré con un gran número de felicitaciones, muchas de ellas provenientes de Facebook, varias de ellas agregando a la felicitación un “¿dónde estás?”, o “donde quiera que estés”. Me pareció extraño leer esto, pero al pensarlo con más detenimiento me di cuenta de que era completamente lógico. Mis cumpleaños 25-29 los celebré en Copenhague, mis números 30 y 31 en Boston, el 32 en Estocolmo, y el actual, el 33, en Londres.

Me impactó un poco (impacto sin carga emocional) el ser conciente de los muchos lugares en los que he vivido en los últimos años, y en lo lógico de la frase de muchas de las personas que con mucho cariño me enviaron sus felicitaciones. ¿Cómo me ha impactado haberme movido tanto?, me pregunté. Esta es una pregunta que le había planteado en su momento a Ben (que se ha movido tanto como yo), una tarde de vagabundeo por Londres, pocos meses después de nuestra llegada a esta ciudad. Intercambiamos algunas ideas informales, pero no llegamos a ninguna conclusión definitiva.

¿Cómo se celebra un cumpleaños en Londres? Como en cualquier otra lugar: haciendo lo que a una le gusta, con la gente que se quiere. La mañana la pasé perezosa, mi computadora y yo dialogando, luego me monté en un segundo piso de un bus mirando a mi alrededor (me encanta ver por las ventanas), rumbo a Notting Hill, donde quedé con una buena amiga chilena-escocesa para comer en un restaurante tailandés de dudosa higiene y buena comida, de techito de paja, y gente con poco inglés. Pasamos horas allí conversando, no de libros ni cine ni nada “inteligente”, porque mi amiga habrá leído uno o dos libros de chismes en su vida y no más, y no sabe nada de cine, y mucho menos de literatura, pero tiene un corazón enorme, y la admiro porque ha vivido en al menos 10 países a lo largo de su vida (tiene 46), y se ha adaptado, y lo ha gozado, y hace los curris más exquisitos del planeta, y me da los consejos más sabios y honestos del universo. Luego anduvimos por las calles de Notting Hill que a ratos se convertían en magmas “tercermundistas” con su basura y sus olores, hablando distraídamente. Nos montamos en el metro, ella se bajó en Baker St., yo seguí hasta la parada del Barbican, donde me encontré con Ben. Fuimos a comer a un restaurante por allí, pasamos por una calle donde se celebraba un pequeño festival con mucha cerveza y música, nos sentamos en la terraza de un sitio, admirando la presencia industrial de Londres. Comimos, brindamos porque ya son 5 cumpleaños juntos, y porque nos seguimos queriendo, cada vez más. Caminamos por calles laberínticas rumbo al Barbican Centre, donde teníamos boletos para ver un show de la banda The Dirty Projectors en un experimento sinfónico con la orquesta Alarm Will Sound. Los 5 primeros minutos me entretuvieron, pero el resto me aburrió terriblemente, por parecerme un proyecto frío, pretencioso, y vacío. No cuestiono la calidad y el virtuosismo de los músicos, pero su pedante producción no hizo más que ponerme a escarbarme las uñas.

En el intermedio me topo a un conocido tico (costarricense) que se mudó de Costa Rica a Londres hace menos de dos años, que andaba con un amigo tico suyo que ahora vive aquí. Qué sorpresa, de los poquísimos ticos que habemos en el mundo, de los menos aún que salimos del país, y de los todavía más escasos que vivimos en Londres, habíamos 3 en un mismo lugar esa noche. Mi amigo me dijo que le estaba encantando el show, y me preguntó (dando por un hecho un ) por mi opinión. Su desencanto fue grande al escuchar un sentido no de mi parte; la conversación terminó segundos después.

En ese momento supe qué era lo que había aprendido a través de la dicha de haber visto y experimentado tanto en los últimos años de mi vida: he aprendido a no dejarme apantallar, y a valorar la honestidad.

27

06 2010

Pertenecer

Hice un pacto conmigo misma a inicios de este año: escribir. No más para después, no más es que no sé qué decir o cómo decirlo, no más excusas para algo que debí haber empezado a hacer con el compromiso requerido desde hace mucho tiempo.  Qué más quisiera yo que poder dedicarle todo el tiempo posible a escribir, y cuando digo escribir no me refiero al momento de sentarse en la computadora a teclear, porque no es allí donde comienza la escritura; ésta se gesta de modo orgánico, como algo que se empieza a mover en el cuerpo, que sube a la cabeza, que empieza a germinar, que veo ante mis ojos urdiéndose como un ente con vida propia que no es sino hasta el momento de teclear que siento puedo empezar a manipular. Desgraciadamente estoy a años luz (y no sé si algún día no lo esté) de que la escritura sea un medio de subsistencia económica, por lo que para cubrir esta necesidad muy real he decidido dedicarme a la enseñanza del español como lengua secundaria, pese a haber estudiado psicología.

Disfruto dar clases por varias razones, entre las cuales están el ser mi propia jefa, el tener un horario flexible, el salir del capullo en el que una se mete al escribir (o The Zone, como prefiero llamarlo), pero me gusta además, y en especial, porque siendo extranjera mis alumnos han sido en todos los países en los que he vivido y enseñado un punto importante de conexión con un universo de significados que siempre se escapa de manos de quien viene de fuera.

Londres es una ciudad especialmente difícil de desentrañar. Estar en Londres no es estar en Inglaterra, sino estar en una burbuja conformada por una masa de extranjeros que están en esta ciudad en una misión transitoria y que partirán una vez ésta haya dado frutos o se hayan cansado de tratar. O estas son al menos las personas que una conoce, las que van a los festivales, las que visitan regularmente los mercados de la ciudad, las que se quedan en Londres los fines de semana. Los poquísimo londinenses con los que he tenido la fugaz oportunidad de conversar viven en un Londres impenetrable y distinto al que la diáspora pasajera jamás llegará a tener acceso.

La semana pasada deseé estar en Inglaterra o en ese Londres que existe paralelo a mi vida, quise entender el impacto de lo sucedido en las elecciones para primer ministro, ese impacto no de las noticias, sino el humano, el que se vive en los pubs, del que no se puede leer en los diarios. Los martes por la noche enseño en un college cerca de Waterloo a un grupo de 7 estudiantes que, a excepción de una checa, son todos británicos. De entre lo poco que he podido comprender de los británicos está su dificultad para ser espontáneos, por lo que me tomó cierto trabajo de motivación conseguir sus impresiones (en español) sobre lo que estaba sucediendo en Inglaterra, lo que pensaban ellos. El par más extrovertido empezó a hablar, y poco a poco el resto fue compartiendo sus opiniones. No fue mucho lo que recibí de ellos, pero me di cuenta de que a escasos meses de vivir en esta ciudad ese poco era mi nexo con esa Inglaterra a la que me cuesta pertenecer. Miré a los 7 rostros que tenía frente a mí (incluyendo el checo) y sentí una repentina ternura por el hecho de que en esta clase de una institución de Waterloo un grupo de alumnos le estaban ayudando a una joven costarricense a entender un poco mejor el lugar que ahora ella intentaba llamar hogar.

Les comenté este sentimiento, no dijeron mucho, no sé si porque no me entendieron o porque no supieron cómo reaccionar ante esta inesperada confesión, pero si alguno se ha decidido a visitar mi blog y me está leyendo en este momento, espero que lo entienda: el haberme sentido parte de por un momento fue especial.

16

05 2010

El horror

A mediados de esta semana presencié un asesinato. Era un día como cualquier otro en esta ciudad, húmedo, gris, convulso. Me preparaba para una entrevista de trabajo en el centro, o lo que para mí lo es: la zona de Oxford Circus. ¿Bus o metro? fue la pregunta que me hice sumida en los nervios que siempre vienen acompañados de una entrevista laboral. Battersea, la zona en la que vivo, no tiene metro, al parecer porque aquí se enterraron los cuerpos de la peste negra que azotó a Londres en los 1600. Decidí tomar el bus hacia la estación de Victoria, para montarme allí en la línea que me llevaría directo a mi destino final. Ningún contratiempo, nada que no hubiera hecho ni planeado antes. Me vi entonces montándome en el bus, sacando mi Oyster Card, dándome cuenta de que no tenía crédito, pagando en efectivo, corriendo al asiento frontal del segundo piso en el que siempre me siento, diciéndome que me iría bien en la entrevista, escuchando música de mi ipod. Al llegar a la estación de Victoria, una de las más conglomeradas de la ciudad, con un tráfico diario de unos 300.000 transeúntes, respiré hondo y me dije que todo estaría bien. No fue así, nada estuvo bien. Yo repetía el mantra por el terror claustrofóbico que el metro pastoso, abarrotado y decadente de Londres me genera, pero poco sabía que tendría que decírmelo tras haber visto el cuerpo de un hombre apuñalado, flotante en un mar de sangre, rodeado de caras -la mía incluida- borrosas, espantadas, incrédulas de aquel espectáculo macabro que a quienes lo vimos no se nos va a borrar de esos ojos que se llevan por dentro en mucho tiempo.

No he sido del todo honesta ni en este primer párrafo ni en las múltiples veces que he narrado lo ocurrido en búsqueda de una empatía que nadie que no haya estado allí es capaz de profesar. La historia la he contado en su mayoría en inglés, y me he visto, de modo compulsivo, decir “I saw a man getting stabbed in Victoria Station this week”. La mentira radica en que no vi el ataque ocurrir (I didn’t see a man get stabbed), sino que lo escuché, a menos de un metro de distancia. Al llegar a la estación me confundí, ya que creí recordar que en la zona en la que estaba había máquinas para recargar mi tarjeta de viaje. El hombre de la autoridad de tránsito me indicó que debía dirigirme al final del pasillo. Al llegar vi una cola similar a la de un baño público en día de festival y recordé que en el kiosco dentro de la estación, justo en frente, podía realizar este trámite. Al entrar al kiosco me sentí orgullosa de mi ingenio: no había nadie excepto los dos hombres de apariencia india que se encargan del establecimiento. Le pedí al mayor de los dos con simpatía (seguía disfrutando de mi hazaña) que me pusiera 15 libras en la tarjeta. En el momento en que el hombre iba a hacerlo empezamos a escuchar un alarmante griterío venir de fuera, a la vez que dos mujeres entraban como expulsadas de boca de un monstruo al kiosco, y se estrellaban contra una pared llena de comestibles. Las mujeres agitadas gritaban y decían: “tiene un puñal, tiene un puñal, lo están matando, lo están matando”. Bastaron dos segundos para que el orden de las cosas y las prioridades de la vida dieran vuelta, las manos nos temblaban a todos, las mujeres gritaban, de mi boca no salía más que la palabra shit, de la del hombre indio que me atendía salió la nerviosa sentencia “This is a very dangerous city”. Las mujeres salieron, me quedé de nuevo a solas con los hombres que temblaban como marionetas, y la puerta metálica del kiosco se cerró. El miedo inicial, que era el de claustrofobia y atrapamiento se triplicó, y las prioridades iniciales regresaron a su lugar: necesitaba crédito en mi tarjeta para salir de allí, para llegar a mi entrevista de trabajo de media jornada a tiempo. Le rogué concentración al hombre que seguía dejando caer mi tarjeta, le dije que necesitaba llegar a una entrevista de trabajo, y él me vio con ojos de ‘mujer desalmada’.  Supongo que su decepción ante lo que consideró mi frialdad le ayudó a finalizar la transacción, y la cortina se abrió lentamente para dejarme salir. De nuevo los gritos, ahora un coro de terror humano reunido en esta gran estación a hora pico. Sabía que al salir de mi guarida encontraría algo que hubiese jamás querido ver, y pese a que salí casi a ciegas, mis ojos se encontraron con un hombre tirado en el suelo, nadando en un enorme charco de sangre, con la camisa levantada y un pecho cortado como trozos de res al descubierto, una manada de policías y muchos otros que se aproximaban a la escena, aquella que yo no vi suceder, pero escuché.

Me pregunté si decía haber visto la acción acontecer (en vez de decir que la escuché solamente) para darle un carácter aún más dramático a mi historia, la que todos han escuchado con una atroz indiferencia, pero empecé a descartar esa hipótesis, sobre todo al darme cuenta de que el horror de ese instante crecía en mí precisamente por no haber visto. Creo que quise poder haber visto y como no vi dije que vi. No por morbo, considero que el morbo se ha malentendido, y que por eso la exposición directa a los horrores de la guerra no logran conmover a nadie (ya lo había anunciado Susan Sontag en Ante el dolor de los demás), es precisamente el ver a medias, el poner imágenes a sonidos inconfundibles lo que genera el verdadero horror, lo otro es morbo barato que, a veces para mal a veces para bien, deja a esa mirada interna en paz. ¿Cuántos eran los atacantes a los que las mujeres del kiosco se referían al decir, lo estáN matando?, ¿quiénes eran esos agresores?, ¿entrarían al kiosco a matarnos?, ¿eran jóvenes o viejos?, ¿cómo vestían?, ¿cómo embistieron a una sola persona en manada a plena luz del día?, ¿cómo son para poder protegerme si un día soy yo quien se atraviesa en sus caminos?. Recuerdo un estómago acuchillado blando y de tez clara, pero no era así en la realidad, era un chico de 16 años “paqui” de tez morena, entonces no era un pecho blanco el que yacía postrado en el frío y sucio suelo de la estación, era otro su color. Ese que mis ojos internos que aún no dejan de ver vieron era el color de la muerte, ese que ya no es color, que no vibra ni palpita. Llegué a la entrevista en un estado de shock tal que creo fue el que me permitió concluirla con éxito. Me llamaron al día siguiente confirmándolo. Esa noche, al llegar a casa después de tres horas de vida que no sé dónde encajar, me di cuenta de que no había escuchado y visto el desenlace de un feroz ataque, sino de un asesinato, el chico “paqui” al que yo vi de un modo distinto de como era, cuyo rostro no pude vislumbrar, cuyas heridas vacunas tengo grabadas en mi memoria, murió en la camilla de un hospital londinense minutos después.

Me vuelven a temblar las manos al volver a rememorar los hechos. He leído esta tarde una noticia en el periódico sobre Polanski que me ha hecho pensar en Rosemary’s Baby. “No le puse cara al demonio porque no hay horror más grande que el que uno mismo pueda imaginar”, creo que fueron sus palabras al explicar por qué nunca se ve el rostro del mal. Me pegunto entonces, si sería ese el mal que aquel delirante, obeso y enfebrecido Marlon Brando trataba de asir al pronunciar una y otra vez the horror, the horror.

Me sigo preguntando.

28

03 2010