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La piel

Es sábado por la noche. Otoño de 2013 en Londres. Esperamos invitados a comer. Colegas de Ben. Una chica francesa y su novio sueco, su niña, inglesa-francesa-sueca. Nuestro gatos, atigrados, hermosos, casi humanos, alrededor. Cocinamos comida peruana, o lo que creemos lo es. Nunca hemos estado en Perú, Ben y yo. Amamos el limón, el culantro, la sal. Me siento un poco incómoda en mi piel mientras corto y sigo sugerencias del chef. Es uno de esos días en los que desde fuera me veo viviendo una vida que a veces no entiendo, simplemente porque de cuando en cuando siento que llegué a ella desde un paracaídas, cuyo destino empiezo a olvidar.

Ben y yo vamos en nuestras bicicletas de tienda en tienda, en nuestro barrio, enguantados, abrigados, comprando ingredientes para lo que suponemos es un manjar peruano. Hay limones, sal y culantro, eso es lo que importa, esos tres ingredientes que son intrínsecos a ese lugar desde el que el paracaídas partió. Entonces qué hago yo acá, chica tropical, pedaleando en medio del otoño, ya casi invierno, cargada de producto tropical, destinado a convertirse en una cena para un sueco, francesa y la niña sueca-francesa-inglesa.

Cortar verduras me hace olvidar el dilema. Corto y corto y luego corto mi dedo, sin querer, porque soy torpe con los objetos, y veo la sangre manar, caer en el fregadero, teñirlo en segundos. Me sorprendo de que ese tejido tan terso y frágil sea el límite entre el mundo y nosotros; que tanto líquido rojo brote por el roce de un cuchillo, en una noche de sábado, una como cualquier otra más.

Ben me trae una curita, me cubre el dedo, yo sigo picando con cuidado, con cuidado de no picar la piel. De repente los ojos se me llenan de lágrimas. Me acaba de dar nostalgia por aquellas noches en las que cocinábamos para tu madre y su compañera, le digo. Y nos veo a los dos, en esa enorme cocina en Portland Maine, en esa casa desconocida a la que Ben y yo llegamos antes de casarnos, antes de decidir que un día, no mucho más tarde, seríamos marido y mujer. Todavía nos veo, ocho años más jóvenes, yo con el pelo más corto, él con el pelo más largo, abriendo gavetas, buscando la sal, las tablas de picar, el aceite; cautelosos, respetuosos, asustados. Ben fríe unas papas en una sartén con aceite abundante. I know, me dice. Y yo me pregunto si nos ve así, como yo nos veo, ocho años atrás, con el pelo diferente, sin esa  cicatriz que ahora, ocho años después, tendré en la piel, desde hoy para siempre.

Los amigos llegan, y la verdad que es bueno, un privilegio, diría, tener amigos en esta enorme ciudad. Llegan y los abrazamos y los primeros minutos, u hora, son extraños. Muchos temas se tiran a la mesa, pocos son duraderos. Todos apostamos, pocos ganamos. Será que la noche se alarga, o el vino fluye, o que estamos los cuatro, o cinco, niña incluida, en un apartamento en Londres, todos extranjeros, un sábado por la noche, entonces mejor hablar, pasárselo bien. Entonces nos empezamos a relajar, y reímos. Yo veo a mi marido, sentado frente a mí, ahora y desde hace rato con su pelo corto, veo su estómago, no tan plano, veo sus ademanes que aún no logro clasificar y me sorprende, como si fuera un descubrimiento, que esa persona frente a mí y yo seamos los mismos de aquella cocina en Portland Maine, ocho años atrás. Miro a la chica francesa, rubia, sofisticada, pienso en lo hermosa que se ve esta noche casual. Miro sus arrugas que hoy le sientan bien y me impacta darme cuenta que cuando la conocí no era madre, que su cuerpo no había producido a esa niña que come y sonríe en mi mesa, esa niña rubia que vive en tres lenguas, sin saber que así es. Y luego miro las manos del hombre sueco, sentado a mi lado, miro sus manos gruesas, sus enormes dedos, y pienso en esos dedos explorando el cuerpo de su  mujer, esa mujer cuyo cuerpo parió, cuyas arrugas le sientan bien. Y pienso en esos dedos que acarician el rostro de esa niña trilingüe que fue también creada por él. Y me siento bien, pero aún ausente, aún producto de un paracaídas que me lanzó en algún sitio, al otro lado del mar.

Se van, con la niña, a eso de las doce. Empiezo a limpiar los platos (Ben cocinó), y en eso me entra un deseo intenso de música de antes, música cursi y romántica que escuchaba encerrada en mi habitación a los quince años de edad, llorando amores que ya no puedo recordar. Y pongo a Franco de Vita y a Montaner mientras remuevo la grasa de ollas y platos, llenos de comida peruana, de limón, culantro y sal, y mientras unto jabón, restriego, y un mar de burbujas crece bajo mis manos, el llanto aumenta. Lloro porque me impresiona sentir que veinte años no han pasado, que la mujer que lava los platos en su apartamento londinense en la misma chiquilla que hace ya dos décadas se encerraba en su cuarto y ponía  a todo volumen melodías pegajosas y cursis que hablaban de una marca y un dolor que  empieza y se esparce, como la noche, como las noches de invierno que tanto duran.

Me recuesto en el sillón y pienso en el viaje a Costa Rica que estamos por hacer, y por primera vez desde que compramos los boletos para ir a visitar siento unas ganas tremendas de estar en Costa Rica, ese territorio que llevo en la piel, que a veces sangra, y que marca el aquí y el allá.

16

11 2013

Thailand and Cambodia Diary: Part I

Back in Thailand, after days nesting the fear of repetition. My husband and I are not the kind of people who go back to places; we are the runner type, the escapists, jumping from country to country as if life were a giant game of checkers. This is, besides the visits to his native US and my native Costa Rica, the first time we’ve decided to repeat a long holiday destination; Thailand, where we had a wonderful time two years ago.

I love to travel, but I hate to fly. Every time the same ritual preceding the departure date in which I start spotting ominous coincidences and signs that I am sure prelude my death. Dreams of explosions, messages from family or friends in which I read a final goodbye, fear in the faces of those in line with me, waiting to board. I look at the kids, so young and innocent, swinging their rucksacks as they advance in the cue, and my heart breaks every time, such short lived lives.

My mother, a Costa Rican psychiatrist, provided me with a generous supply of Xanax a while back. They are magic pills I hold for this precise moment, the flying one. I took a pill before boarding the plane, and as I sit, checking every minute that my seat belt is securely fastened, I wait for happiness to kick in. The big British Airways machine starts moving, slowly, like a tyrannosaurus waking up from a long hibernation. Over the years, I have convinced myself that pilots from countries that have been in a war are the most skillful and reliable ones, and I thank the Brits and their bellicose genes from the bottom of my heart.

My husband holds my hand, which is drenched in sweat by now, and tells me it will all be fine. I used to fight him: how would you know? But now I take his words like a ritual of love that has grown between the two of us in all the jumping from place to place we have done together in the last seven years. The tyrannosaurus is in the air and I beg for my mother’s drugs to help me stay put for the 12 hours of travel ahead. I order wine and press play on a movie of Sofia Coppola. I don’t like her films, not anymore, but there was not much of a selection. The sound is bad and the little I hear is banal. Some kids breaking into rich people’s houses, naming brands and acting as if the world belonged to them. The tyrannosaurs shakes its armor, I drink the wine faster, feel tempted to swallow one more pill, but my husband says no and I obey. It will be fine, he says again and the next thing I notice it’s the chattering of people, the smell of egg, sausage and beans: a full English breakfast it’s on its way. I remove my blinders slowly and look around. Everyone is there, kids and their rucksacks included. I eat yogurt, a little muffin and leave the soggy eggs to one side. I open a book of Cees Nooteboom and read the first short story, “Gondolas”. It is about people that loved each other decades ago, in a different city, and their attempt after having lived erratic lives to reunite and reignite a ghostly passion. It makes me sad. It makes me think of all the ghostly passions I uselessly nested for years .

I intend to read the second story, but the beast shakes, so I close the book and rub nervously the black cover, and the big white letters with its beautiful tittle “The Foxes Come at Night”. “It was just that finding someone among the billions of people on earth was a miracle in its own right” says one of the characters in the Gondolas story. I look at my husband, sitting next to me, what a miracle indeed.

We take our backpacks and cross an incredibly modern and well executed airport and outside we welcome the warmth and I let that smell of the tropics after heavy rain permeate me, because that smell is my DNA, my core. A taxi driver with a very long name full of “Ph”s and “W”s,  I see it in the dozens of licenses of all kinds that he has pinned to the roof of his cab, takes our bags and ushers us inside his vehicle, that is more like a museum, or his home. Visibility is the least of his concerns. The rear window is completely blocked by cushions (I spot one of Ronald Mc Donald next to a Buddha), the roof of his car is absolutely covered in neatly laminated bills from all over the world and the multitude of licenses with the “Ph”s and the “W”s. My country, Costa Rica, doesn’t feature in his collection. I wish I carried a bill that I could offer him, I wish I had more immediate links to my country. I look outside and find consolation in nature. It could be Costa Rica, with its splendid trees and flowers springing from between the concrete. I start seeing tuk tuks, motorcycles turned into taxis that can fit a crowd, and smile with excitement and apprehension. Will it be as good as last time?

I feel happy the minute I start recognizing the neighborhood. We are in Bangkok and will stay in the same hotel as last time. We look at the neighborhood life in Thewet unfolding, quietly, away from the touristy madness this city can be. People are coming out to the streets after the heavy rain, setting up their street food carts, walking leisurely. It is a Sunday afternoon, after all. The entrance to the hotel, Phranakorn-Norlen, has changed but inside everything is as we remembered it, and opposite to my fears, a feeling of warmth and peace begins to fill me. I feel safe, as if I had reached a sort of home. The Phranakorn is a beautiful old wooden house transformed into a boutique hotel, with lots of open spaces, gardens, fountains and a vintage decoration that is beginning to tire me in London but that I find so soothing, unique and elegant here. I go into the little shop of the hotel, leave my bags outside of reception, take off my jeans, try on a pair of loose beach-like pants, walk with them while my bags are still all over the place, and say that I want to buy them. I smile and my husband, who has carefully been looking after my luggage, smiles back. My mind is scattered, I am officially on holidays. We leave our bags in a beautiful room decorated with hand painted motifs of cacti, flowers and butterflies and go down to the airy lounge where we order smoothies and ultra spicy food. We are sweating and eating and smiling. We lay down next to each other, open our books, and read while the Bangkok night settles in.

(To be continued…)

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25

08 2013

On Mother’s Day

I talked to my mother yesterday; it was mother’s day in Costa Rica. I called her early, 9am their time, 2pm mine. I received a note from her partner two days before: It is mother’s day in two days; please don’t forget to call your mom. I am glad to have received this message; I am glad that someone across the ocean looks after my mom. It’s been over ten years since I left, since I said, bye mama, I’m gone. Ten years, or more, in which I have not been there to give her a kiss in the cheek on her day, August 15th, or drink a mimosa with her, the drink she used to order and sip, in the Marriot Hotel.

No Marriot Hotel this year, she tells me. Strained times with my brother, the one that stayed there with her, all these years. No Marriot, I said, and remembered us younger, both her and I, going with my mother and her mother, when she was alive, in a caravan to the Marriot Hotel in Santa Ana, where mimosas were served, on their mother’s day.

Lunch with my partner, she says, that partner that wrote to me, two days before, remember to call your mother, it’s her day. We are buying a house together, my mother says, the house in the corner, an idyllic place. I close my eyes while I talk to her and I try to cross an ocean in seconds, to be there, in that neighborhood where I grew up and my mother still lives. I want to see that house, that house in the corner, that dream of my mom, but it’s all a blur, and yet I say, yes mom, I know, I can see it, and as I say it a picture of a beautiful house begins to shape in front of my eyes. Perhaps a house that in some years, when I become older or a mother myself, I would like to live in. She tells me the house is big, colonial perhaps, and that it has fine woods and big windows and that she would fulfill a dream of her own: to have a private large room surrounded by books. And now I can see my mom, with her dyed her that covers her age, sitting on her large bed, sheltered by hundreds of volumes that she hopes will say something about who she is, something deeper than a testament, something that will subsist longer than children can do. I see her in that ample room, I see her smile, I feel her pleasure, and I smile myself. I feel connected to that woman that perhaps without knowing, gave me that love for books. I know, like the most transparent truth on Earth, that we belong together because I, as well, treasure a picture of fulfillment in the same way, me surrounded by books that I hope will tell a story larger than myself.

And then my mom moves on to different topics, still related to the new house in the corner. She talks about money and percentages. Her partner can put in more than she can. A flash of disappointment crosses though me. Why, does she make more money than you? I ask. No, my mother says, and she shakes her head, covered by her dyed hair, and fixes her glasses, which fell out of place. It’s simply that she can get a loan, and I can’ t, not anymore. It’s not certain, but her partner is 20 or 25 years younger than her. I blink and shake my head as well. No more loans to my mother, never again. I hear the ocean that separates us, and has for 10 years, roar. I feel it stir while I imagine my mother slowly walking with a little collection of personal belongings towards the paradise house in the corner, where she will look at her books with a pleasant smile, until she can.

And then we hang up because silence begins to swallow our voices. I stare at the screen, still seeing my mother walking slowly down the road, and I realize, as I always do, that once again I failed to say this: I love you, mom, and I always have.

15

08 2013

Nostalgia de la patria

Me hace falta encontrarme a gente conocida en las calles, me hace falta lo pequeño en esta enorme ciudad. Es el clima, los días húmedos y nublados de este extraño verano londinense, lo que ha traído a superficie la nostalgia costarricense que nunca antes, en mis once años en el extranjero, sentí.

Me desperté una mañana, hace unas dos semanas, y no me moví de la cama por unos minutos, confundida, sin saber en qué cama, en qué ciudad, y en qué país me encontraba. La sensación al abrir los ojos fue la todas las mañanas de mi vida, hasta los 24 años, cuando dejé mi país para empezar una odisea que me ha llevado a vivir en distintos continentes, y lenguas. Al abrir los ojos pude haber sido la niña que despertaba en Cartago y escuchaba el sonido del río Toyogres, o la universitaria que vivió en varios apartamentos de Sabanilla y que se arremolinaba en las sábanas, a veces a sola, a veces no, y poco a poco se incorporaba a la realidad de ser una estudiante universitaria, de estar preparándose para ejercer como psicóloga en un futuro; cosa que nunca llegó a suceder.

El aire de esta mañana londinense era denso y cálido, como el aire tropical, y al mirar afuera vi un cielo nublado, que es como tiendo a recordar el cielo del valle central costarricense, un cielo preñado de lluvia, de gotas por caer. Entonces me quedé en cama sin moverme, siendo la niña, la universitaria, y poco a poco la mujer de 36 años que he llegado a ser. Miré a mi alrededor, mi marido ya había salido al trabajo, vi la forma de su cuerpo en la sábana, vi de nuevo hacia fuera y no quise moverme por un buen rato por temor a que esa sensación de hogar que se me había impregnado en la piel humectada me fuera a dejar.

No fue así. Sigue aquí, en estos días londinenses que continúan cálidos y húmedos aunque ahora también soleados. Una extrañeza me acompaña desde esa mañana dos semanas atrás. Ando en mi bicicleta, visito los lugares de siempre, realizo las acciones que me producen y me siguen produciendo placer, pero hay una parte en mí que no está aquí. Esa parte que durante los 11 años que llevo en el exterior no extrañó su país de origen. Una parte que extraña el olor a fruta madura, la lluvia estruendosa, los ríos caudalosos, el ir por las calles y poder encontrarme a gente que me diga Sara, o Sarita, como me solían decir en esa pequeña ciudad donde crecí, y donde cada mañana escuchaba el caudal del río susurrar.

06

07 2013

París a solas

La última vez que viajé sola, sin nadie con quien transportarme ni nadie a quien encontrar en el destino elegido, fue hace más de nueve años, cuando viajé de Costa Rica a Europa por primera vez. Aprovechando que mi esposo Ben tenía un compromiso de trabajo en Estados Unidos esta semana decidí coordinar un encuentro con una mis mejores amigas: una chica italiana que conocí en mis años en Copenhague. Entre ambas decidimos que París era el destino más conveniente.

Paola llega mañana, jueves, pero a mí se me ocurrió venirme el miércoles por la tarde, sola. La idea de un encuentro con un París nocturno (mi tren llegaría a eso de las seis de la tarde) me emocionó y me hizo sentirme mítica. Recordé a una joven Jeanne Moreau recorriendo los bares y calles de la ciudad guiada por la melancólica trompeta de Miles Davis en “Ascensor para el cadalso”.  Los preparativos de viaje me emocionaron, en especial el hecho de que todo dependía de mí. Anoche, en Londres, me fui a la cama muy tarde, repasando horarios, recordando empacar los adaptadores eléctricos, repitiendo la lista mental de todo aquello que creía necesitaría en mis cinco días fuera de casa. No logré dormir mucho, como tampoco dormí la noche antes de partir a Europa por primera vez, hace más de nueve años. Me levanté mucho más temprano de lo necesario (quería repasar la lista una vez más) y a las 12.30 mediodía estaba subiéndome en el taxi que me llevaría a la estación de Saint Pancras, desde donde sale el tren a París.

Observé la monumental ciudad de Londres a través del cristal y me sentí orgullosa de ser una mujer joven que ha pedido su taxi, se ha montado, ha dado instrucciones y se dirige al exterior. Fui generosa con el taxista en el pago, bajé mi maleta y caminé por entre multitudes con mi equipaje cuasi ejecutivo, mientras la larga chaqueta de cuero que compré en Nueva York dejaba una estela tras de mí. Me sentí enorme, independiente. Sin embargo, a la hora de ocuparme de los trámites de ingreso a la terminal vacilé, estos son los aspectos de los viajes de los que Ben siempre se ha hecho cargo (por aquí; el pasaporte; no, dos vagones más adelante; no, nuestro asiento no es este), pero pocos minutos después estaba en el vagón 17, asiento 18, al lado de una mujer de pelo cano que no dejaba de acariciar su bolso de cuero blanco. Me despedí de Londres y en las dos horas y media que tenía por delante me dediqué a leer la guía titulada “Rediscovering Paris”, diseñada para aquellos que ya han estado en la ciudad y no quieren repetir.

Mi independencia flaquea de nuevo en la llegada a Gare du Nord. No hay nada sencillo en llegar a esta apabullante estación. Masas de gente de todos colores y aspectos se mueven en todas direcciones, policías con una variedad de uniformes cruzan el espacio cargados de ametralladoras, representantes de todo tipo de agencias ofrecen información personalizada sobre la ciudad. Respiro hondo y me digo que yo lo puedo hacer. Lo logro -después de casi media hora- y salgo sorprendida de lo mucho que se olvida hacer cuando se está en una relación.

Llego al apartamento en el que pasaré estos días, miro el mapa, marco los puntos de interés de la zona (Les Halles) y salgo a caminar. La noche es agradable, probablemente una de las últimas noches templadas del año. Quiero encontrar una calle llamada Montorgueil pero me pierdo y aparezco en la Rue Montparnasse. No pasa nada, la calle está bien. Llena de zapaterías de precios astronómicos y tiendas que venden ropa que una piensa solo existe en pasarelas. Aparecen también cafés y restaurantes. Los miro, en todos ellos hay parejas que conversan, deciden el vino, discuten el menú. Esta es mi noche a solas, me repito y continúo, mientras mi estómago reclama alimento. Finalmente veo un pequeño restaurante italiano con gente que come animada y me digo que parece ser una buena opción. El grupo de la mesa de al lado me mira extraño: una mujer joven comiendo sola. Me incomodan sus miradas, pero pronto ellos dejan de verme y a mí me deja de importar. Aún así hay algo que no anda bien. Pido media botella de vino blanco y le solicito al camarero que me recomiende la mejor pasta del sitio. “Yo ordenaré por usted” me dice en inglés. Sonrío agradecida y espero mi platillo observando alrededor, la gente habla, ríe. Pienso en Ben, en el cambio de horario. En el momento en que yo ceno en París él almuerza al otro lado del Atlántico. “Estás bien, esta es tu noche” me repito, pero la frase deja de surtir efecto. Quiero decirle a Ben que el pan que ponen es el más rico que he probado en años, que la mujer del frente se compró una talla equivocada de pantalones, que la canción que están tocando me gusta, que la pasta que el camarero me ha elegido es fenomenal. Como en silencio, pensativa, y me doy cuenta de que soy capaz de ser una mujer que se maneja sola en el mundo, pero me doy cuenta después de que lo que realmente quiero no es mi independencia, sino eso que no soy yo, ni Ben, sino la sustancia en la que nos hemos llegado a convertir a lo largo de los años. Eso que Jeanne Moreau buscaba en las calles de París antes de ser encarcelada por un crimen pasional, eso que una pareja que camina tomada de la mano en una ciudad extranjera llamaría amor.

05

10 2011

Mi ciudad

La necesidad de los humanos de apropiarnos del espacio que habitamos es tan elemental como la de alimentarnos. Llegamos a un hotel, colocamos nuestra maleta en una esquina que se presta ideal para este propósito, colgamos una prenda en el armario, ponemos un libro sobre la mesa de noche, y en cuestión de minutos ya no es el cuarto 45, sino nuestra habitación. Lo mismo hacemos al mudarnos a una ciudad extranjera, aunque el proceso, en esta ocasión, sea más intenso y duradero. Recorremos calles que al principio no entendemos, entramos en supermercados que venden productos irreconocibles, confundimos plazas y edificios, tomamos las rutas más transitadas y menos convenientes para ir a casa; hasta que finalmente llega el día en que la ciudad se transforma y deja de ser un espacio impersonal y retador. Entendemos las calles, los atajos, dejamos de confundir las plazas, sabemos dónde se consigue el pescado más fresco, o los mejores mangos y aguacates, caminamos cinco minutos más para llegar a la estación desde la que sale el bus que mejor nos conecta con casa. Al cabo de un tiempo logramos apropiarnos del espacio a nuestro alrededor y lo convertimos en hogar.

Este proceso, que había sucedido sin mayores contratiempos en las ciudades en las que he vivido, ha resultado particularmente difícil en Londres. Después de reflexionar al respecto, he llegado a la conclusión de que esta dificultad responde a dos motivos. El primero es que Londres no es una ciudad unitaria. No se conoce Londres, sino un Londres, dependiendo del grupo al que se pertenece. Está el de los ingleses, esa gente que una ve en las calles, metro y tiendas, y que se ha dedicado a construir una muralla protectora alrededor de la “inglesidad” que aún conserva su ciudad. Por otro lado estamos los que no somos de aquí y conformamos una masa creciente que, relegada al exterior de la muralla, flota en una ciudad que poco tiene que ver con Inglaterra, y que bien podría ser una gran metrópoli de cualquier lugar del mundo.

El segundo motivo por el que es difícil personalizar esta ciudad es porque todo, o casi todo en ella, se ha convertido en símbolo universal. Dondequiera que se mire, Londres ofrece un ícono: El Big Ben, los buses rojos de dos pisos, las casetillas telefónicas, los amplios taxis negros, el Buckingham Palace, la Plaza de Trafalgar, el London Bridge, el Támesis. Uno camina por las calles de esta ciudad como si anduviera por las pasillos de un museo que, bajo la presunción de un conocimiento común, ha retirado las explicaciones. Los que estamos fuera de la fortaleza nos quedamos tan solo con imágenes, sin historia.

Battersea, el barrio donde vivo, me ha ayudado a sentirme un poco más en casa, precisamente por ser un área menos cargada de monumentos y sitios de conocimiento global. En días de sol, uno de los pasatiempos favoritos de Ben y mío es caminar por el parque de Battersea, que tenemos justo al lado. Después de pasear dentro del enorme espacio verde, salimos al Támesis, recorremos su orilla, y admiramos las casas de Chelsea, al otro lado del río, y las barcazas, a ambos lados, que se han convertido en el hogar de personas que me resultan los habitantes más misteriosos de esta ciudad. Mientras caminamos, no puedo dejar de preguntarme quién vivirá en esas barcazas, y qué tipo de vida llevarán.

Hace dos semanas di con una de las lecturas que más me ha fascinado en mucho tiempo, precisamente por haberme permitido personalizar esta ciudad, o al menos mi zona. El libro en cuestión se llama “Offshore”, de la escritora Penelope Fitzgerald. Penelope no sólo es inglesa, sino que vivió en mi barrio, en Battersea, en uno de esos barquitos que habían sido un enigma durante mi último año y medio. En su libro, la autora me descifra el enigma de los barcos y sus habitantes a través de personajes tan reales que, al volver a las barcazas, he podido ver y escuchar. Tras leer el libro he caminado de nuevo por las calles que transitaron los personajes de Fitzgerald, calles que ya conocía pero que no me decían nada, y que ahora, teñidas por sus historias y experiencias, me resultan tan familiares como las de mi infancia. He recibido, con tibia alegría, la posibilidad de que este complejo lugar del mundo pueda llegar a ser un día mi ciudad.

06

04 2011

Ganarse el silencio

Este miércoles por la noche fui a un concierto de Vanessa Paradis con una amiga. De Paradis sabía que era actriz y pareja de Johnny Depp, pero no que cantaba. Al ver el anuncio del evento tuve curiosidad por conocer su música, e invité a una amiga suiza y también cantante, Jaël, a venir conmigo.

Jael y yo nos conocimos hace unos 3 o 4 meses en un taller introductorio a la técnica de actuación de Meisner. Esta técnica, bajo la cual se formaron actores y actrices como Robert Duvall, Steve McQueen, Gregory Peck y Michelle Williams, y operan u operaron directores como Mike Leigh, Sidney Lumet y Sidney Pollack, se basa en la capacidad de conectarse en el aquí y el ahora con las emociones, no propias, sino del compañero o compañera de actuación. Al hacer esto salimos de nosotros mismos, establecemos una conexión humana y reaccionamos ante la emoción del otro. La técnica se basa en un elemental ejercicio de repetición, que consiste en sentarse frente a alguien, en absoluto silencio, y hablar solo en el momento en que podamos reconocer una emoción real y concreta en la persona frente a nosotros. Por ejemplo, A dice: “Tenés miedo” y B repite: “Tengo miedo” y así sucesivamente. Las modificaciones únicamente ocurren cuando la emoción de B se transforma ante el reconocimiento de A o cuando B nota un cambio en A. De acuerdo al profesor, un actor escocés que se entrenó directamente con Sandy Meisner, la actuación que produce este método es una antiactuación. Los actores y actrices no se están colocando una máscara sobre la máscara que ya solemos llevar a diario como personas, sino que se están despojando de la misma para poder conectarse y reaccionar de modo convincente (real) ante un otro.

Fue muy interesante ver a lo largo de la semana que duró el taller lo difícil que es no actuar, ser simples y verdaderos, estar presentes. Tenemos una arraigada tendencia a la falsedad. Cuando A decía: “Estás triste” empezábamos a sonar tristes, no a conmovernos ante el reconocimiento de este dolor, y cuando A decía: “Estás enojado” empezábamos a alzar la voz y a hiperbolizar nuestra gesticulación. Tras la primera ronda de repeticiones Tom, el profesor, hizo una larga intervención. Empezó por pedirnos, a 15 personas, que hiciéramos total silencio y nos concentráramos en el sonido de un pequeño reloj de pared que estaba en la sala, y al que nadie le había prestado atención hasta ese momento. Bajo el sólido silencio el antes insignificante aparato se convirtió en el centro del universo y el paso de sus agujas en el palpitar de la humanidad. “¿Lo notaron?” dijo Tom, “solo desde el silencio podemos realmente escuchar”.

El concierto de Paradis vendió todas sus entradas. Metida allí juré entender lo que debe sentir una cucaracha en su nido. La música empezó y apareció Paradis haciendo movimientos exageradamente sensuales. Tomó el micrófono, sin detener sus movimientos, y empezó a cantar. Poco después algo que nunca había experimentado sucedió: la sala se dividió en dos mitades. Una hablaba y la otra la callaba con irritados e insistentes Shhhhhhh. El verdadero drama en cuestión no era que unos hablaran y otros quisieran escuchar, sino que a nadie le importaba realmente lo que estaba pasando en el escenario. A quienes nos aburrió la música hablamos y quienes creían estar totalmente compenetrados no lo estaban, ya que de haber sido así no hubieran siquiera notado la bulla a su alrededor. Al observar desde fuera lo que ocurría, apareció en mi mente la frase: el silencio se gana, no se demanda.

Más tarde pensé que esta situación, que se prolongó por las casi dos horas que duró el concierto, es la misma que cargamos dentro de nuestras cabezas. Tenemos una mitad que habla sin parar, que crea bulla para no escuchar lo fundamental de nosotros mismos y de los otros, y otra que en su afán por acallar la bulla no hace más que aumentarla. Me di cuenta del poco silencio absoluto del que somos capaces, y pude ver con una claridad espeluznante que en esta lucha interna que no lleva a nada se nos puede ir la vida, y nos podemos llegar a perder de cosas simples y monumentales, como el ronco sonido de las agujas de un reloj.

06

02 2011

Geografía emocional

Llama mi esposo desde Rusia y habla de ciudades que no reconozco. Me habla de calles cubiertas por metros de nieve, de días cortos, de una brisa helada y corrosiva que le golpea la cara, del modo desconfiado en que los rusos lo ven por ser el único que recorre la ciudad sin un amplio sombrero. Yo lo escucho, un poco abstraída, pensando en estas ciudades que para mí siguen siendo diferentes, las de un verano de hace muchos años en que visitamos Rusia en nuestro primer viaje juntos. Mis imágenes no calzan con sus palabras, yo recuerdo un asfalto que parecía derretirse bajo nuestras suelas, las piernas de los rusos expuestas, sus dedos de los pies al aire, las coca colas que tomábamos por el día para refrescarnos y las Bálticas heladas con las que recibíamos la caída del sol, y las noches en pensiones rusas en que el bochorno nos robaba la capacidad de dormir. Mi esposo continúa hablando de la nieve, y en medio de su relato, que sigo sin comprender bien, me dice que me extraña. Salgo de mi confusión y le comunico que yo también lo extraño, y le cuento que estoy en la cama, nuestra cama, y que veo copos de nieve caer por la ventana, y él se ríe, pero no dice más, porque creo que tampoco entiende el Londres del que le hablo. Este es un Londres de parques blancos que él no ha visto aún. Cuando partió a Rusia la nieve no empezaba a caer. Ambos terminamos la conversación, imaginando el espacio desde el que el otro habla, deseando estar en un mismo lugar.

Pese al mal tiempo en Londres ceno con una amiga suiza en un restaurante. Hablamos mucho, hablamos bien. Nos estamos conociendo, ella dice cosas de su vida, yo la escucho, me parece que huye de algo. Entiendo el sentimiento. Bebemos vino, comemos postre, viene la cuenta y a ambas nos da tristeza que la noche acabe. Me pregunta cuándo es que viajo a casa, yo le digo que no es a casa, sino a Boston, y ella me dice que por eso. Me quedo callada un rato y luego le digo que sí, algo así, que el sábado. Nos abrazamos, nos deseamos feliz navidad y nos prometemos seguir en contacto. Tomo el bus y pienso en Boston, en los amigos con los que ya he empezado a coordinar encuentros, y siento la alegría de regresar a esta ciudad en la que viví unos años y no he visitado desde hace más de dos. Pienso además que tengo familia allí, en ese país, la familia de mi esposo que ya es parte de mi vida y que me quiere ver.

Pienso en mi otra familia, la de Costa Rica, la de siempre, en mi hermano que me envía fotos de mi nueva sobrina y me llama tía, la tía que vive lejos, en otro país. Viene a mi mente la conversación reciente con mi mamá, que me pide que le escriba más y me habla desde una casa donde yo una vez viví y ahora no, y me cuenta de sus planes de fin de año, irá a México, alquilará un apartamento, recorrerá las calles de su juventud, de los años en que estudió medicina en el DF, cuando aún no era mamá, ni abuela, y quizá no pensaba que llegaría a serlo.

Veo en el Facebook que una amiga mexicana que conocí en Copenhague celebra ocho años de residir en esa ciudad donde yo también viví hace cuatro. Me sorprende el paso del tiempo, casi inefable, y me parece increíble que esta amiga, a quien yo sigo recordando como una muchachilla atarantada que entró una mañana a clases de danés con retraso, sea ahora toda una mujer y madre de dos. Evoco una noche, hace mucho, o así me lo parece, en que salimos ella, otra amiga italiana que ya no vive en Dinamarca y yo. Caminamos por calles oscuras y silenciosas, alegres de pasear juntas en una ciudad ajena para las tres. Entramos a un café y nuestra amiga mexicana habló de su embarazo, el primero, por primera vez. Recuerdo mi alegría en aquel momento, la sensación tibia que me creció por dentro, como si ella y su bebé trajeran más amor al mundo. Mi amiga me escribe en el blog, me dice que se me extraña por allá, y yo le digo que la extraño también.

Pienso en el libro de Italo Calvino, ‘Las ciudades invisibles’, recuerdo su idea de una ciudad atemporal, casi infinita, y creo entender ahora más de estos relatos que cuando los leí años atrás. Pienso en el mundo, en sus ciudades que por un momento se diluyen en un mapa sin días ni fronteras, y desaparecen en algo que se me ocurre llamar una geografía emocional, compuesta por manchas de territorio flotante donde vive la gente de nuestra vida, y por un momento entiendo las palabras de mi hermano que, ante mi pregunta incesante e irresuelta de dónde está el lugar físico del hogar, siempre me responde: ‘El hogar está donde se te extraña.’

05

12 2010

Granta

Hace relativamente poco terminé de leer uno de los libros que más he disfrutado en mucho tiempo: “Los informantes”, del colombiano Juan Gabriel Vásquez. El protagonista de la novela, para quienes no la hayan leído aún, es un joven escritor colombiano que, con la publicación de su primer libro -basado en la historia de una amiga de la familia, de origen judío-alemán, que llegó de niña a Colombia con sus padres huyendo de la Alemania nazi- desencadena una serie de eventos pasados que los protagonistas han tratado de olvidar a lo largo de sus vidas. El principal núcleo de los conflictos de los personajes es la existencia de las listas negras que el gobierno colombiano elaboró en los años de postguerra, con el fin de identificar y castigar a todo aquel alemán en tierra colombiana que hubiera tenido relación con el Tercer Reich. No hace falta ser docto en historia para saber que la elaboración de listas nunca ha sido un proceso neutral ni exento de consecuencias negativas.

Me llama la atención que pese a este conocimiento universal, la revista británica de literatura Granta, una de las más prestigiosas y longevas publicaciones en este campo, que ahora publica también en español, se haya dado a la tarea de consolidar una lista de los 22 mejores narradores jóvenes en nuestra lengua. De entrada dos elementos, en mi opinión algo arbitrarios, me resultan curiosos: el número 22 y la definición de ‘joven’. Me pregunto si esta cifra fue producto de un sueño o del absoluto azar, porque estoy segura de que hay más de 22 talentos en el mundo de jóvenes escritores en español. Un joven es definido como una persona nacida después de 1975. De nuevo, por qué no 1974 o 1976. Se podría decir que el cinco le da redondez al número, pero de ahí en fuera no le veo sentido. Los editores de Granta en español esbozaron algunas argumentaciones no muy sólidas en la introducción, justificando la fecha de corte. Lo que resalta en sus palabras es el hecho de que quienes han nacido después de esta fecha tienen rasgos comunes (aparte de la edad y la lengua), como el ser escritores no marcados por un compromiso social y político (a diferencia de la generación de sus padres), e internacionales (no en un exilio obligado a un territorio particular, sino poseedores de una movilidad de funcionario de la ONU). Estas dos características están ciertamente presentes en todos los perfiles y tramas de los relatos que llevo leídos, aunque no sé si esto les añada calidad o valor literario.

Volvamos por un momento a las listas y pretendamos olvidar las consecuencias negativas que su creación podría generar. Pensemos que la iniciativa de Granta (que ya ha hecho listas de este tipo en inglés) es buena. Digamos que fue valioso el trazar un perfil de la nueva narrativa en español, o al menos de la que fue escogida bajo los parámetros que hayan seguido, e imaginemos que a todos los involucrados nos beneficia este esfuerzo: a los escritores jóvenes que no fuimos incluidos en la lista porque nos proporciona un mapa de lo mejor (y nos deja con una noción de lo peor) de la narrativa actual, a los narradores elegidos porque las puertas editoriales se les han abierto de por vida, y a las editoriales porque ya no tienen que esforzarse en buscar a quién publicar. Imaginando, entonces, que todo está en orden, y que cada quien ha recibido una porción de satisfacción derivada de la lista, me queda por analizar la introducción de la palabra ‘mejores’ en el asunto, que creo que es al fin de cuentas lo que más conflictivo me parece.

Comprendo la necesidad humana de clasificar y de premiar, y no la condeno. Tener marcos de referencia nos ayuda a organizar el mundo y procesarlo de modo más expedito. Lo que me parece extraño en este caso en particular es que no se trata del mejor narrador, sino de ‘los mejores’, lo que nos deja sin saber quién es realmente el mejor de los mejores. ¿El que aparece de primero en la publicación? ¿El que aparece al final si el orden ha sido invertido? En este sentido me parece que la intención falla, y así como falla al exterior, apuesto que debe de fallar al interior (las preguntas de los escritores elegidos al respecto deben de ser de lo más entretenidas). Hay otro punto con relación a la palabra ‘mejores’ que me inquieta, y es que me parece que el ser mejor es algo que debe venir en primera instancia del escritor o escritora mismo. Ese afán de depurarse, de explorarse, debe ser producto de un compromiso personal con la creación, el más fundamental, quizá. Me preocupa que una de las consecuencias negativas de esta lista, al menos a corto o mediano plazo, pueda ser que al haberle dicho a narradores menores de 36 años que ya llegaron, que no hace falta más, estos sigan produciendo desde un lugar de certidumbre, y las nuevas generaciones, de las que siempre se esperan nuevos frutos, no dejen tras su paso más que una promesa, y un campo por cosechar.

28

11 2010

La soledad en una gran ciudad

Partiendo del tráiler de Another Year, la última película del director inglés Mike Leigh, creí que iba a ver una de esas producciones bittersweet en las que el llanto y la risa se entremezclan, y de las que salimos con una canción muy tierna sonando en la cabeza. Me equivoqué. El cine que conozco de este director (Secrets & Lies, All or Nothing, Vera Drake) siempre ha sido gris y desgarrador, y Another Year no tenía por qué salirse de la línea. En esta película, que ha sido aclamada por los críticos como la cúspide creativa de Leigh, se nos presenta un grupo íntimo de personajes que gravita con sus pesares y depresiones (y mucho alcohol), en torno a una pareja inglesa que ronda los 60 años y que se ha logrado salvar del caos impiadoso que parece haberse tragado, con una normalidad apabullante, las vidas de todas las personas a su alrededor.

A excepción de una escena que tiene lugar en Derby, ciudad a unas tres horas al norte de Londres, toda la acción acontece en la capital inglesa. He hablado en ocasiones anteriores de lo fascinante que me parece Londres, y de lo encantada que me siento de vivir en esta ciudad, pero también he hablado del gris y de la humedad que son constantes en esta parte del planeta, y que nos pueden llegar a hundir en una tristeza desgarradora y solitaria.

Mike Leigh traza en este filme una relación entre soledad-amargura y buena compañía-alegría que podría resultar molesta para muchos, especialmente para quienes no comparten su vida con alguien, pero que en el filme, en la vida, y en particular en la vida en una gran ciudad, me parece válida. Esta semana participé en una encerrona de teatro basada en la técnica de actuación de Sanford Meisner, que parte de la base de que dos personas pueden actuar con credibilidad y fuerza única y exclusivamente si son capaces de establecer una conexión real y profunda en el momento dado. Comprobé que esto, que suena sencillo, es horriblemente difícil para todos, seres que no nos atrevemos a ver a las personas a los ojos, realmente a ver, porque tenemos miedo no solo de ver sino de ser vistos. A lo largo de esta semana comprendí que lo que hay en el fondo de las miradas es mucha tristeza, y que esa tristeza está en gran parte relacionada con una enorme soledad. Queremos ser vistos, pero tememos ser rechazados en caso de que suceda.

En Londres, como en ningún otro lugar del mundo en el que haya vivido o estado, he notado una reticencia enorme para contactar visual, física y emocionalmente. Los ingleses, o quienes llevan mucho tiempo acá y se han amoldado, caminan por las calles como en un campo minado, aterrorizados de un posible roce físico con el prójimo, a tal punto que cuando se ven sumergidos en masas humanas (la hora pico del metro, por ejemplo) lo que prevalece es una batalla de codos. Al hablarte jamás te ven a los ojos, y por más divertida y amena que sea la plática en el pub (extensión de la sala doméstica de cualquier vivienda), nunca llega a ser personal, nunca se llega realmente a conectar con esa otra persona que traga y traga pintas en búsqueda de la valentía para poder decir: me duele la soledad.

Mi esposo Ben y yo hemos desarrollado una costumbre, al ir al cine o a conciertos, de decirnos al entrar: ‘Ojalá no nos toque sentarnos al lado de un “loquito”’. Me atrevería a decir que en cada 3 de 5 actividades públicas a las que asistimos, nos vemos sentados al lado de una persona por encima de los 45 años, sola, que ha desarrollado modos terroríficos de mantener a otros humanos a la distancia, desde hacer ruidos insoportables con la garganta, hasta taparse los oídos con agresividad cuando la gente aplaude, o gritar un violento Shhhhhhh porque la ropa de una hace ruido al moverse en el asiento.

No sé si la lógica de compañía-soledad que Leigh, un hombre de 67 años, propone sea válida para cualquier ciudad, pero creo que lo es para esta en la que vivo. Los ingleses y los habitantes de Londres buscan confort casi a diario en los acogedores pubs que siempre llaman con el dedo de la tentación etílica, y mientras se está allí la vida parece fluir en armonía. Pero no dudo de los efectos devastadores de lo que pasa después, ese momento de la noche, que siempre llega, en que la bulla termina y se entra a una casa silenciosa, a una cama fría, y se piensa que la vida vale poco, y que mañana será un día gris y de nuevo lloverá, y no se tiene a nadie al lado que escuche y que diga que no, que quizás mañana saldrá el sol.

14

11 2010