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Granta

Hace relativamente poco terminé de leer uno de los libros que más he disfrutado en mucho tiempo: “Los informantes”, del colombiano Juan Gabriel Vásquez. El protagonista de la novela, para quienes no la hayan leído aún, es un joven escritor colombiano que, con la publicación de su primer libro -basado en la historia de una amiga de la familia, de origen judío-alemán, que llegó de niña a Colombia con sus padres huyendo de la Alemania nazi- desencadena una serie de eventos pasados que los protagonistas han tratado de olvidar a lo largo de sus vidas. El principal núcleo de los conflictos de los personajes es la existencia de las listas negras que el gobierno colombiano elaboró en los años de postguerra, con el fin de identificar y castigar a todo aquel alemán en tierra colombiana que hubiera tenido relación con el Tercer Reich. No hace falta ser docto en historia para saber que la elaboración de listas nunca ha sido un proceso neutral ni exento de consecuencias negativas.

Me llama la atención que pese a este conocimiento universal, la revista británica de literatura Granta, una de las más prestigiosas y longevas publicaciones en este campo, que ahora publica también en español, se haya dado a la tarea de consolidar una lista de los 22 mejores narradores jóvenes en nuestra lengua. De entrada dos elementos, en mi opinión algo arbitrarios, me resultan curiosos: el número 22 y la definición de ‘joven’. Me pregunto si esta cifra fue producto de un sueño o del absoluto azar, porque estoy segura de que hay más de 22 talentos en el mundo de jóvenes escritores en español. Un joven es definido como una persona nacida después de 1975. De nuevo, por qué no 1974 o 1976. Se podría decir que el cinco le da redondez al número, pero de ahí en fuera no le veo sentido. Los editores de Granta en español esbozaron algunas argumentaciones no muy sólidas en la introducción, justificando la fecha de corte. Lo que resalta en sus palabras es el hecho de que quienes han nacido después de esta fecha tienen rasgos comunes (aparte de la edad y la lengua), como el ser escritores no marcados por un compromiso social y político (a diferencia de la generación de sus padres), e internacionales (no en un exilio obligado a un territorio particular, sino poseedores de una movilidad de funcionario de la ONU). Estas dos características están ciertamente presentes en todos los perfiles y tramas de los relatos que llevo leídos, aunque no sé si esto les añada calidad o valor literario.

Volvamos por un momento a las listas y pretendamos olvidar las consecuencias negativas que su creación podría generar. Pensemos que la iniciativa de Granta (que ya ha hecho listas de este tipo en inglés) es buena. Digamos que fue valioso el trazar un perfil de la nueva narrativa en español, o al menos de la que fue escogida bajo los parámetros que hayan seguido, e imaginemos que a todos los involucrados nos beneficia este esfuerzo: a los escritores jóvenes que no fuimos incluidos en la lista porque nos proporciona un mapa de lo mejor (y nos deja con una noción de lo peor) de la narrativa actual, a los narradores elegidos porque las puertas editoriales se les han abierto de por vida, y a las editoriales porque ya no tienen que esforzarse en buscar a quién publicar. Imaginando, entonces, que todo está en orden, y que cada quien ha recibido una porción de satisfacción derivada de la lista, me queda por analizar la introducción de la palabra ‘mejores’ en el asunto, que creo que es al fin de cuentas lo que más conflictivo me parece.

Comprendo la necesidad humana de clasificar y de premiar, y no la condeno. Tener marcos de referencia nos ayuda a organizar el mundo y procesarlo de modo más expedito. Lo que me parece extraño en este caso en particular es que no se trata del mejor narrador, sino de ‘los mejores’, lo que nos deja sin saber quién es realmente el mejor de los mejores. ¿El que aparece de primero en la publicación? ¿El que aparece al final si el orden ha sido invertido? En este sentido me parece que la intención falla, y así como falla al exterior, apuesto que debe de fallar al interior (las preguntas de los escritores elegidos al respecto deben de ser de lo más entretenidas). Hay otro punto con relación a la palabra ‘mejores’ que me inquieta, y es que me parece que el ser mejor es algo que debe venir en primera instancia del escritor o escritora mismo. Ese afán de depurarse, de explorarse, debe ser producto de un compromiso personal con la creación, el más fundamental, quizá. Me preocupa que una de las consecuencias negativas de esta lista, al menos a corto o mediano plazo, pueda ser que al haberle dicho a narradores menores de 36 años que ya llegaron, que no hace falta más, estos sigan produciendo desde un lugar de certidumbre, y las nuevas generaciones, de las que siempre se esperan nuevos frutos, no dejen tras su paso más que una promesa, y un campo por cosechar.

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11 2010