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Geografía emocional

Llama mi esposo desde Rusia y habla de ciudades que no reconozco. Me habla de calles cubiertas por metros de nieve, de días cortos, de una brisa helada y corrosiva que le golpea la cara, del modo desconfiado en que los rusos lo ven por ser el único que recorre la ciudad sin un amplio sombrero. Yo lo escucho, un poco abstraída, pensando en estas ciudades que para mí siguen siendo diferentes, las de un verano de hace muchos años en que visitamos Rusia en nuestro primer viaje juntos. Mis imágenes no calzan con sus palabras, yo recuerdo un asfalto que parecía derretirse bajo nuestras suelas, las piernas de los rusos expuestas, sus dedos de los pies al aire, las coca colas que tomábamos por el día para refrescarnos y las Bálticas heladas con las que recibíamos la caída del sol, y las noches en pensiones rusas en que el bochorno nos robaba la capacidad de dormir. Mi esposo continúa hablando de la nieve, y en medio de su relato, que sigo sin comprender bien, me dice que me extraña. Salgo de mi confusión y le comunico que yo también lo extraño, y le cuento que estoy en la cama, nuestra cama, y que veo copos de nieve caer por la ventana, y él se ríe, pero no dice más, porque creo que tampoco entiende el Londres del que le hablo. Este es un Londres de parques blancos que él no ha visto aún. Cuando partió a Rusia la nieve no empezaba a caer. Ambos terminamos la conversación, imaginando el espacio desde el que el otro habla, deseando estar en un mismo lugar.

Pese al mal tiempo en Londres ceno con una amiga suiza en un restaurante. Hablamos mucho, hablamos bien. Nos estamos conociendo, ella dice cosas de su vida, yo la escucho, me parece que huye de algo. Entiendo el sentimiento. Bebemos vino, comemos postre, viene la cuenta y a ambas nos da tristeza que la noche acabe. Me pregunta cuándo es que viajo a casa, yo le digo que no es a casa, sino a Boston, y ella me dice que por eso. Me quedo callada un rato y luego le digo que sí, algo así, que el sábado. Nos abrazamos, nos deseamos feliz navidad y nos prometemos seguir en contacto. Tomo el bus y pienso en Boston, en los amigos con los que ya he empezado a coordinar encuentros, y siento la alegría de regresar a esta ciudad en la que viví unos años y no he visitado desde hace más de dos. Pienso además que tengo familia allí, en ese país, la familia de mi esposo que ya es parte de mi vida y que me quiere ver.

Pienso en mi otra familia, la de Costa Rica, la de siempre, en mi hermano que me envía fotos de mi nueva sobrina y me llama tía, la tía que vive lejos, en otro país. Viene a mi mente la conversación reciente con mi mamá, que me pide que le escriba más y me habla desde una casa donde yo una vez viví y ahora no, y me cuenta de sus planes de fin de año, irá a México, alquilará un apartamento, recorrerá las calles de su juventud, de los años en que estudió medicina en el DF, cuando aún no era mamá, ni abuela, y quizá no pensaba que llegaría a serlo.

Veo en el Facebook que una amiga mexicana que conocí en Copenhague celebra ocho años de residir en esa ciudad donde yo también viví hace cuatro. Me sorprende el paso del tiempo, casi inefable, y me parece increíble que esta amiga, a quien yo sigo recordando como una muchachilla atarantada que entró una mañana a clases de danés con retraso, sea ahora toda una mujer y madre de dos. Evoco una noche, hace mucho, o así me lo parece, en que salimos ella, otra amiga italiana que ya no vive en Dinamarca y yo. Caminamos por calles oscuras y silenciosas, alegres de pasear juntas en una ciudad ajena para las tres. Entramos a un café y nuestra amiga mexicana habló de su embarazo, el primero, por primera vez. Recuerdo mi alegría en aquel momento, la sensación tibia que me creció por dentro, como si ella y su bebé trajeran más amor al mundo. Mi amiga me escribe en el blog, me dice que se me extraña por allá, y yo le digo que la extraño también.

Pienso en el libro de Italo Calvino, ‘Las ciudades invisibles’, recuerdo su idea de una ciudad atemporal, casi infinita, y creo entender ahora más de estos relatos que cuando los leí años atrás. Pienso en el mundo, en sus ciudades que por un momento se diluyen en un mapa sin días ni fronteras, y desaparecen en algo que se me ocurre llamar una geografía emocional, compuesta por manchas de territorio flotante donde vive la gente de nuestra vida, y por un momento entiendo las palabras de mi hermano que, ante mi pregunta incesante e irresuelta de dónde está el lugar físico del hogar, siempre me responde: ‘El hogar está donde se te extraña.’

05

12 2010