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Madrid

Madrid, ciudad desde la que escribo, fue mi puerto de entrada a Europa. En el año 2001 trabajaba en el Instituto Nacional de las Mujeres de Costa Rica coordinando una serie de proyectos sociales. El trabajo me gustaba, pero el aburrimiento de una vida tan cuadriculada, en la que me levantaba todos los días a la misma hora, para ir al mismo lugar, a realizar tareas similares, me estaba carcomiendo. Fue así que un día decidí que trabajaría con el objetivo de ahorrar el dinero suficiente para hacer mi primer viaje a Europa.

Al año de haber tomado esta decisión recolecté el dinero que había estado guardando debajo del colchón y me fui a una agencia a comprar mi boleto San José-Madrid, Madrid-San José. En Madrid me hospedé con mi jefa del Instituto, que estaba estudiando su doctorado en la Universidad Complutense. Nunca antes había experimentado una emoción tan intensa y cristalina como la que sentí al llegar a Europa. El problema fue que tanta emoción me disparó un creciente dolor de cabeza. Traté de controlarlo y me esforcé por disfrutar del paseo por las calles de Madrid con mi jefa y su familia.

Tras almorzar paella en un restaurante muy español me dijeron que querían mostrarme un café llamado Teatriz que les gustaba mucho. Mi dolor de cabeza se había convertido en una certera migraña que me empezaba a comer el ojo izquierdo. Aun así proseguí, maniobrando entre calles tumultuosas. Al llegar al local, que era verdaderamente lindo, la nausea me consumía, y le tuve que decir a mi jefa que regresáramos a su casa, que yo pagaba un taxi ya que no me sentía capaz de meterme al metro. En la corrida en taxi no solo se me fueron los ahorros equivalentes a un mes de trabajo costarricense, sino también todo el contenido que llevaba en mi estómago. El taxista no se tomó con seriedad debida mi “¡pare!”, y cuando lo hizo ya era demasiado tarde, mi vómito cubría no solo todo el asiento del chofer, sino mis piernas, mis brazos y la bufanda de mi jefa (era marzo), que había puesto muy cerca de mí. No sé si fue este bochornoso incidente el que me hizo no sentir gran emoción por Madrid, o el hecho de que al volver, después de un mes de recorrido por toda Europa, esta ciudad me pareció algo opaca y sin gracia. Pese a haber disfrutado en su mayoría de mi estadía madrileña, me dije que probablemente no volvería.

A los pocos años, viviendo ya en Dinamarca, una de mis mejores amigas de Costa Rica se viene a Madrid a hacer su doctorado en la misma universidad y la visito, no solo una, sino dos veces. Curiosamente hubo también un episodio de vómito en la primera de estas visitas, pero en este caso relacionado con la ansiedad que me provocaba el motivo del viaje: había terminado lo que creía sería mi primera novela y me había venido a Madrid cargada de manuscritos con los que me dirigí a la oficina de correos para enviar a decenas de editoriales. La novela evidentemente no fue publicada (aunque la Editorial Pre-textos me respondió con una nota muy alentadora), pero esa y la siguiente visita a Madrid fueron, a excepción de este incidente, agradables y tranquilas. No había la premura turística de ir a ver museos y tiendas, sino que todo estaba envuelto en un ritmo más cotidiano, en el que mi amiga y yo nos levantábamos a cualquier hora, desayunábamos largo, nos íbamos a caminar por ahí, a comprar libros, a tomar una copa, o a comer una fabada espectacular que vendían al lado de su edificio. Fui a fiestas de su universidad, conocí a quien se convirtió en su esposo y, en definitiva, experimenté una Madrid más cercana y familiar. Aun así, me dije que no era mi ciudad favorita, y que el día en que ella se fuera seguramente no volvería.

Hace un par de semanas recibí un correo de uno de los miembros de la asociación de intercambio de casas a la que pertenezco, un joven director de cine español llamado Jorge Dorado, que me preguntaba si nos interesaba a mi esposo y a mí hacer un intercambio Londres-Madrid. Mi amiga ya no está en Madrid, pero no le vi sentido a desaprovechar una oferta que había tocado a mi puerta de modo tan casual.

Este viernes por la tarde estaba sentada en la Plaza Mayor, disfrutando del sol y bebiendo un café mientras esperaba a mi esposo, que estaba por volver de una reunión de trabajo que había aprovechado cuadrar en esta ciudad, y pensé en que en esa misma plaza, bajo un mismo sol, había estado yo a mis 22 años, alegre de finalmente haber llegado a Europa, e ignorante de que gran parte de mi vida futura sucedería en esta parte del mundo. Diez años más tarde me encontraba en el mismo lugar pero siendo una persona tan distinta a la de entonces, con un marido cuyo rostro esperaba ver aparecer entre la multitud con una serena emoción.

Madrid sigue sin parecerme una ciudad particularmente hermosa, pero pienso que quizás los lugares que más nos marcan no son necesariamente los más bonitos o los que más nos gustan, o incluso aquellos en los que llegamos a vivir, sino a los que por motivos que se nos aparecen como casuales, continuamos yendo en diferentes etapas de nuestra vida, pudiendo apreciar con nitidez cómo ya no somos los mismos de antes. Ojalá mejores y más felices.

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10 2010

Una mancha en mi hogar

Este texto debió haber sido de tono alegre y jovial, así fue como lo había ensayado en mi cabeza durante las horas que pasé en el Eurostar camino a casa. Esta Semana Santa estuve en París por primera vez en mi vida, se suponía que iba a disfrutar de horas distendidas en terrazas, de suculentos manjares, de sol primaveral, se suponía que vería un prometedor y cotizado espectáculo de teatro y reportaría a mi regreso sobre el éxito de un proyecto social en que me he aventurado.

A París la había logrado evitar por más de ocho años. En 2002 fue mi primer viaje a Europa, ese para el que una ahorra una eternidad y que nunca se olvida como la mejor de las fiestas de quinceaños. A mis 23 logré juntar el suficiente dinero para montarme en un vuelo trasatlántico por primera vez. Antes de partir fui meticulosa en trazar mi itinerario de viaje, y pregunté por recomendaciones. Sin duda alguna París fue el denominador común, pero, pero, me decían quienes recomendaban, tenés que ser fuerte, porque los parisinos son detestables, mientras aderezaban sus sugerencias con historias de horror turístico propias o ajenas que me ponían los pelos de punta. Era evidente para mí que no pensaba derrochar el dinero que tanto me había costado ahorrar en las terrazas de unos atorrantes agresores. Estando en la estación de St Pancras Londres en aquel entonces recuerdo haberme preguntado por última vez: ¿estás segura?, como quien está a punto de darle un vuelco irreversible a su vida, y mientras me decía , mi boca pronunciaba un Bruselas, y no un París. No conozco Bruselas tampoco, de su estación salí directo hacia Brujas, y no me arrepiento ni un segundo de este giro que mi vida dio, porque bebí y comí como una reina en esta preciosa ciudad.

A París no deseaba en realidad ir a pasar estas fechas festivas, pero llevo cerca de dos años tratando de pescar un espectáculo de Robert Wilson, y resulta ser que en el Théâtre de la Ville de esta ciudad presentarían entre el 1 y 4 de abril una ópera dirigida por este dramaturgo. Este viaje, y la asistencia a este show, los vengo planeando desde hace 5 meses. Amargos fueron los días al teléfono en que tuve que llamar para comprar los boletos (porque este era el único espectáculo que no se podía reservar por Internet) ya que día tras día me topé con un rotundo No tickets, No tickets more, seguido del estallido del auricular francés en mi oído. Traté de no dejarme influenciar, quizás no eran todos los parisinos antipáticos sino solo aquellas mujeres nefastas que se presentaban al otro lado de la bocina. El resultado fue que me monté en el Eurostar, esta vez rumbo a París, avec no tickets.

Estando allá decidí disfrutar del tiempo con o sin Wilson. El viaje empezó muy bien, esto debido al éxito inicial del proyecto social que mencionaba al inicio. Hace unos meses Ben y yo nos hicimos miembros de una servicio llamado homeforswap, que consiste en intercambiar residencias con desconocidos en cualquier parte del mundo (como en las películas, sí). Pues también pasa en la vida real, y nosotros hemos sido parte de un proyecto al que creo pocos se animarían. La idea suena bien, pero a la hora de la hora da cosa. La primera incursión no fue simultánea, sino que estando nosotros en Costa Rica se quedó en nuestra casa por 2 semanas una pareja que vive en Trieste, Italia. Un señor italiano y su mujer rusa. Cada día de mi estadía en Costa Rica rogué porque todo estuviera bien al otro lado del océano, consciente de que un par de personas a las que no había visto mas que en fotos estaban durmiendo en mi cama, comiendo en mi cocina, viendo mi televisión, ojeando mis libros, mirando mis películas. Fue extraño el entrar a casa sabiendo que dos personas a las que no vimos y quizás jamás veremos habían vivido nuestra vida por quince días. El apartamento estaba impecable, solo había un par de cambios (extraños e innecesarios, nos parecieron, como el poner las sillas de la sala en un lugar distinto, o el cambiar de sitio las plantas de la cocina) que denotaban que había habido presencias ajenas. Casi como un ladrón que entra, se toma una taza de té, se prepara la cena, se acomoda, se prueba las pijamas del señor de la casa, y al irse se da cuenta de que se la pasó tan a gusto que prefiere no llevarse nada, pero por tradición decide cambiar el orden de las cosas, y mueve un par de sillas y descoloca un par de objetos.

La experiencia fue interesante y decidimos volverlo a intentar. El apartamento en que nos quedamos en París, donde vive una pareja mayor de franceses -él profesor de la distinguida Sorbonne- con su mujer, y una hija de 18 años que estudia cine, resultó ser una joya. Impecable, con exquisita decoración, enorme, en el corazón de Saint-Germain-des-Prés. Desde la ventana de la sala podíamos saludar a la Torre Eiffel. Esto hizo de París, y de sus no muy agradables habitantes, y de su clima que resultó ser torrencial y gélido una experiencia fenomenal. No solo se intercambia una casa sino estilos de vida. Me puse las pantuflas de la señora de la casa muy ufana en cuanto entramos, mi esposo tomó el elegante paraguas del profesor y lo cargó por las calles de París como si le perteneciera, llenamos la refrigeradora como si fuera nuestra, nos llevamos desayunos a la cama, mi esposo empezó a decir de vez en cuando oui sin percatarse, y al final del día, empapados y exhaustos de tanto caminar, llegábamos a casa para darnos una ducha y relajarnos en la familiaridad del hogar. Así de fácil se adapta el ser humano. Hubiera podido seguir esa vida ajena que tan fácilmente asumí sino hubiera sido porque ya teníamos boletos de regreso.

Londres se me presentó extraña al volver. “Es raro, no me siento en casa en Londres” le dije a Ben un poco afectada. “Yo tampoco”, me dijo él, “pero creo que es cuestión de tiempo”. “Cada vez que volvemos siento que volvemos a un lugar donde están mis cosas, pero no a mi hogar” le dije sin sentirme menos inquieta. “Lo mismo me pasa” dijo él sin tomárselo tan a pecho. Al abrir la puerta de nuestro hogar fue evidente que otros habían asumido nuestras vidas con tanta naturalidad como nosotros las suyas. Había un olor sin precedentes en el apartamento, no un mal olor, solo un olor ajeno, que le pertenece a personas que no somos ni Ben ni yo, había productos en la canasta comestible de la cocina que nosotros no compraríamos, los huevos estaban sobre el mostrador, nosotros siempre los metemos en la refri, había leche, algo que jamás se compra en nuestra casa. Recorrimos el apartamento como lo hace un gato al ser transportado a un nuevo hogar, recorriendo las esquinas, re observando los objetos, tocando ciertos muebles. Mis cosas, mi hogar, me fui diciendo como en un mantra sueva e hipnótico. Todo parecía estar en orden hasta que llegué a la sala comedor y sobre la mesa me encontré con una nota novelística escrita por la dama francesa en la que anunciaba un accidente, uno que mis ojos felinos no habían llegado a captar.  Habían puesto una olla hirviendo sobre el centro de nuestra muy blanca mesa de comedor que había dejado una circunferencia café indisimulable. Ofrecían cubrir el accidente por medio de su compañía de seguros, lo que implica un esfuerzo logístico de mi parte que no estaba incluido en mis planes. El asunto no es solo la logística, sino que esa mesa la compramos en una tienda cuando vivíamos en Suecia y resulta ser que la tienda no existe mas que en este sitio polar. Esto es muy reciente, pasó tan solo anoche a eso de las 10pm, esperaba que al despertar mi enojo respecto a la quemadura hubiera cedido para poder escribir esa nota armónica que debía haber llegado a este blog, pero no es así, entonces escribo lo que escribo. Lo que no entiendo bien es el porqué de la molestia, si es porque parte de ese hogar mío construido por objetos se ha dañado, o si es porque con esta mancha no puedo terminar de despachar a estos extraños que vivieron mi vida por 5 días y siguen haciéndolo, no se van, los veo cada vez que paso por mi mesa y la mancha me atrapa.

06

04 2010