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A Woman Under the Influence

Este fin de semana vi finalmente una película que tenía pendiente desde hace años. A Woman Under the Influence (1974), de John Cassavetes, valió cada minuto de la espera. Es una de las películas que más me ha impactado, no sólo por las sensaciones y reacciones que generó en mí mientras la veía (vértigo, risa, dolor, enojo, compasión) sino también por la duración del efecto, que no me deja a pesar de los días. Creo que lo más valioso de esta producción, aparte de las monumentales actuaciones de Peter Falk y Gena Rowlands, es la multidimensionalidad y profundidad de sus personajes. Al terminar de ver la película, que concluye con una desgarradora escena donde el protagonista no le puede contestar a su esposa si aún la quiere, al regresar ella de una larga estadía en una clínica mental, me sentí muy triste y conmovida. Ben me preguntó si era porque me había identificado con la protagonista, una bella mujer quizá injustamente tachada de loca, y yo le dije que sí, pero también con el esposo y su cansancio, con su madre y el dolor de ver a su hijo casado con una “loca”, con los padres de la “loca” por sentirse culpables de la disfuncionalidad de su hija, con los hijos de ella por querer a una mujer que no siempre puede estar allí.

Hace unos seis meses terminé de escribir el primer borrador de una colección de cuentos compuesta por relatos correspondientes a los diferentes momentos de desarrollo de nuestras vidas. El proyecto me emocionaba, y escribí con ahínco un total de catorce historias que en su momento me gustaron, pero que con el tiempo empecé a sentir falsas y huecas. Pese a leerlas y releerlas no lograba encontrar el fallo. Fue Larry, mi terapeuta, guía y últimamente consejero editorial, quien me ayudó a identificar el problema. “Tus historias son planas y unidimensionales”, me dijo, “estás escribiendo sobre emociones que no entendés y el resultado no puede ser más que maniqueo”. “Pasás corriendo por tus emociones, tenés miedo de ellas” concluyó. Las palabras de Larry me impactaron ya que siempre había pensado en mí como una persona en contacto con sus emociones, pero lo cierto es que les he temido, en especial a las de ese grupo “feo”, el de la envidia, el dolor, la tristeza, el enojo, por creer que al sentirlas pierdo un pulso con la vida (“no me vas a hacer sufrir ni me vas a ver llorar”). Ese día en que se inició como consejero editorial, Larry me asignó un ejercicio donde debía construir un personaje que se moviera en al menos dos dimensiones: la de los eventos externos y la del flujo interno de pensamientos y sentimientos.

Esta tarea, que al principio me pareció relativamente fácil, se ha convertido en una historia en la que llevo cinco meses trabajando y que ha sido (y está siendo) uno de los ejercicios de escritura y de vida más demandantes a los que me haya sometido, por obligarme no sólo a observar con detenimiento y sin contemplaciones mis propias emociones, sino las de los otros. Ha habido momentos en los que he querido dejar el proyecto, tratar de tomar un rumbo más superficial, escribir relatos centrados en los giros dramáticos y no en la profundidad de los personajes, pero me he dado cuenta de que no hay vuelta atrás en este camino, que ya no puedo dejar de ver más allá de mi fachada y la de los demás, y que lo único que me queda por hacer es continuar trabajando con tenacidad y compasión, deseando que llegue el día en que a través de mi escritura pueda crear personajes acaso parecidos a los que Cassavetes me ofreció, tan profundos, tan humanos que se llegue a olvidar que son letras las que corren por sus venas.

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04 2011