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Lost after Lost

A una semana del episodio final de LOST, no pretendo agregar nada especialmente nuevo al debate que la conclusión de esta serie televisiva ha generado. Un debate que, por lo que he logrado ver en algunos blogs y en Facebook, consiste, como era de esperar de una serie que ha mantenido a una gran porción del globo terráqueo pendiente de un hilo por 6 años, en una profunda decepción, o en una ciega aceptación del desenlace.

He notado que el núcleo de la discusión radica en la divergencia de opiniones en torno a si las preguntas que LOST fue sembrando durante su existencia fueron respondidas o no. Hay quienes piensan que no, o al menos no una cantidad sustancial, y hay otros que sostienen que el que se hayan respondido o no, no le resta calidad a la serie, ya que nunca se trató de resolver estos enigmas sino de responder a la GRAN pregunta de la humanidad. Un momento, me digo entonces, y me pregunto- partidaria de la primera postura- ¿en qué momento se trató la serie de la GRAN pregunta? Si mal no recuerdo (y por favor no me manden a ver la serie de nuevo, porque hay libros que leer, películas que ver, viajes que hacer, y poco tiempo para desgranar LOST una vez más), no fue sino hasta muy entrada la última temporada que se le dio un giro forzadamente espiritual a la serie, introduciendo capítulos como el de la infancia de Jacob y el personaje sin nombre.

Mi memoria me dice que el show se fue construyendo sobre la promesa o ilusión de resolución de los misterios que episodio tras episodio se fueron introduciendo. Nunca dijeron los realizadores en entrevistas  -que yo sepa- ,“el show se trata sobre la GRAN pregunta”, sino que nos hicieron creer como perritos pavlovianos que las respuestas vendrían en momentos posteriores. ¿Qué pasó entonces en ese episodio final con visos budistas donde se supone que la intervención de tres minutos de Christian Shepard (¿era su nombre la clave del meollo?) lo explica TODO? Admito mi a veces tendencia a enfocarme en detalles que me hacen olvidar la imagen total, pero yo, al apagar el televisor la semana pasada, aún no entendía nada sobre miles de misterios de la serie, tales como la alarma alrededor de la venida del hijo de Claire al mundo, o la imposibilidad del nacimiento de bebés en la isla, o el papel de personajes como Ana Lucía, o Charles Widmore y su esposa, por mencionar unos pocos.

No logro entender entonces a quienes han llegado a afirmar con vehemencia que este show no nos tuvo sedientos de respuestas particulares por 6 años (uno a mí que lo vi de corrido por Internet). Me pregunto si lo harán por necesidad, si es su modo digno de justificar todo el tiempo invertido y las emociones derrochadas frente a una pantalla, en lugar de en los brazos de alguien, o si esta creencia es producto de un gran vacío existencial que lleva a las personas a aferrarse con urgencia a frases que suenan a profundidad y son fáciles de digerir.

Lo cierto es que son las dos de la madrugada de un sábado y yo tecleo enérgicamente este post sobre una serie de televisión, lo que me lleva a admitir que es indebatible que LOST ha marcado un hito. Lo que aún creo estamos muy cerca para comprender, es si ha marcado un hito en relación a lo que entendemos como espiritualidad y a lo que creemos necesitar para alcanzar un estado de paz y sabiduría humana, o uno referente a los nuevos parámetros de éxito masivo de una producción televisiva.

Deseo de todo corazón que se trate de lo último, no porque apoye o no las maniobras maquiavélicas del marketing audiovisual, sino porque la idea de que las grandes verdades de la humanidad vengan comprimidas en televisiones plasma o en pantallas de computadoras me parece demasiado surrealista y escabrosa como para ser verdad.

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05 2010