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París a solas

La última vez que viajé sola, sin nadie con quien transportarme ni nadie a quien encontrar en el destino elegido, fue hace más de nueve años, cuando viajé de Costa Rica a Europa por primera vez. Aprovechando que mi esposo Ben tenía un compromiso de trabajo en Estados Unidos esta semana decidí coordinar un encuentro con una mis mejores amigas: una chica italiana que conocí en mis años en Copenhague. Entre ambas decidimos que París era el destino más conveniente.

Paola llega mañana, jueves, pero a mí se me ocurrió venirme el miércoles por la tarde, sola. La idea de un encuentro con un París nocturno (mi tren llegaría a eso de las seis de la tarde) me emocionó y me hizo sentirme mítica. Recordé a una joven Jeanne Moreau recorriendo los bares y calles de la ciudad guiada por la melancólica trompeta de Miles Davis en “Ascensor para el cadalso”.  Los preparativos de viaje me emocionaron, en especial el hecho de que todo dependía de mí. Anoche, en Londres, me fui a la cama muy tarde, repasando horarios, recordando empacar los adaptadores eléctricos, repitiendo la lista mental de todo aquello que creía necesitaría en mis cinco días fuera de casa. No logré dormir mucho, como tampoco dormí la noche antes de partir a Europa por primera vez, hace más de nueve años. Me levanté mucho más temprano de lo necesario (quería repasar la lista una vez más) y a las 12.30 mediodía estaba subiéndome en el taxi que me llevaría a la estación de Saint Pancras, desde donde sale el tren a París.

Observé la monumental ciudad de Londres a través del cristal y me sentí orgullosa de ser una mujer joven que ha pedido su taxi, se ha montado, ha dado instrucciones y se dirige al exterior. Fui generosa con el taxista en el pago, bajé mi maleta y caminé por entre multitudes con mi equipaje cuasi ejecutivo, mientras la larga chaqueta de cuero que compré en Nueva York dejaba una estela tras de mí. Me sentí enorme, independiente. Sin embargo, a la hora de ocuparme de los trámites de ingreso a la terminal vacilé, estos son los aspectos de los viajes de los que Ben siempre se ha hecho cargo (por aquí; el pasaporte; no, dos vagones más adelante; no, nuestro asiento no es este), pero pocos minutos después estaba en el vagón 17, asiento 18, al lado de una mujer de pelo cano que no dejaba de acariciar su bolso de cuero blanco. Me despedí de Londres y en las dos horas y media que tenía por delante me dediqué a leer la guía titulada “Rediscovering Paris”, diseñada para aquellos que ya han estado en la ciudad y no quieren repetir.

Mi independencia flaquea de nuevo en la llegada a Gare du Nord. No hay nada sencillo en llegar a esta apabullante estación. Masas de gente de todos colores y aspectos se mueven en todas direcciones, policías con una variedad de uniformes cruzan el espacio cargados de ametralladoras, representantes de todo tipo de agencias ofrecen información personalizada sobre la ciudad. Respiro hondo y me digo que yo lo puedo hacer. Lo logro -después de casi media hora- y salgo sorprendida de lo mucho que se olvida hacer cuando se está en una relación.

Llego al apartamento en el que pasaré estos días, miro el mapa, marco los puntos de interés de la zona (Les Halles) y salgo a caminar. La noche es agradable, probablemente una de las últimas noches templadas del año. Quiero encontrar una calle llamada Montorgueil pero me pierdo y aparezco en la Rue Montparnasse. No pasa nada, la calle está bien. Llena de zapaterías de precios astronómicos y tiendas que venden ropa que una piensa solo existe en pasarelas. Aparecen también cafés y restaurantes. Los miro, en todos ellos hay parejas que conversan, deciden el vino, discuten el menú. Esta es mi noche a solas, me repito y continúo, mientras mi estómago reclama alimento. Finalmente veo un pequeño restaurante italiano con gente que come animada y me digo que parece ser una buena opción. El grupo de la mesa de al lado me mira extraño: una mujer joven comiendo sola. Me incomodan sus miradas, pero pronto ellos dejan de verme y a mí me deja de importar. Aún así hay algo que no anda bien. Pido media botella de vino blanco y le solicito al camarero que me recomiende la mejor pasta del sitio. “Yo ordenaré por usted” me dice en inglés. Sonrío agradecida y espero mi platillo observando alrededor, la gente habla, ríe. Pienso en Ben, en el cambio de horario. En el momento en que yo ceno en París él almuerza al otro lado del Atlántico. “Estás bien, esta es tu noche” me repito, pero la frase deja de surtir efecto. Quiero decirle a Ben que el pan que ponen es el más rico que he probado en años, que la mujer del frente se compró una talla equivocada de pantalones, que la canción que están tocando me gusta, que la pasta que el camarero me ha elegido es fenomenal. Como en silencio, pensativa, y me doy cuenta de que soy capaz de ser una mujer que se maneja sola en el mundo, pero me doy cuenta después de que lo que realmente quiero no es mi independencia, sino eso que no soy yo, ni Ben, sino la sustancia en la que nos hemos llegado a convertir a lo largo de los años. Eso que Jeanne Moreau buscaba en las calles de París antes de ser encarcelada por un crimen pasional, eso que una pareja que camina tomada de la mano en una ciudad extranjera llamaría amor.

05

10 2011