Posts Tagged ‘Costa Rica’

La piel

Es sábado por la noche. Otoño de 2013 en Londres. Esperamos invitados a comer. Colegas de Ben. Una chica francesa y su novio sueco, su niña, inglesa-francesa-sueca. Nuestro gatos, atigrados, hermosos, casi humanos, alrededor. Cocinamos comida peruana, o lo que creemos lo es. Nunca hemos estado en Perú, Ben y yo. Amamos el limón, el culantro, la sal. Me siento un poco incómoda en mi piel mientras corto y sigo sugerencias del chef. Es uno de esos días en los que desde fuera me veo viviendo una vida que a veces no entiendo, simplemente porque de cuando en cuando siento que llegué a ella desde un paracaídas, cuyo destino empiezo a olvidar.

Ben y yo vamos en nuestras bicicletas de tienda en tienda, en nuestro barrio, enguantados, abrigados, comprando ingredientes para lo que suponemos es un manjar peruano. Hay limones, sal y culantro, eso es lo que importa, esos tres ingredientes que son intrínsecos a ese lugar desde el que el paracaídas partió. Entonces qué hago yo acá, chica tropical, pedaleando en medio del otoño, ya casi invierno, cargada de producto tropical, destinado a convertirse en una cena para un sueco, francesa y la niña sueca-francesa-inglesa.

Cortar verduras me hace olvidar el dilema. Corto y corto y luego corto mi dedo, sin querer, porque soy torpe con los objetos, y veo la sangre manar, caer en el fregadero, teñirlo en segundos. Me sorprendo de que ese tejido tan terso y frágil sea el límite entre el mundo y nosotros; que tanto líquido rojo brote por el roce de un cuchillo, en una noche de sábado, una como cualquier otra más.

Ben me trae una curita, me cubre el dedo, yo sigo picando con cuidado, con cuidado de no picar la piel. De repente los ojos se me llenan de lágrimas. Me acaba de dar nostalgia por aquellas noches en las que cocinábamos para tu madre y su compañera, le digo. Y nos veo a los dos, en esa enorme cocina en Portland Maine, en esa casa desconocida a la que Ben y yo llegamos antes de casarnos, antes de decidir que un día, no mucho más tarde, seríamos marido y mujer. Todavía nos veo, ocho años más jóvenes, yo con el pelo más corto, él con el pelo más largo, abriendo gavetas, buscando la sal, las tablas de picar, el aceite; cautelosos, respetuosos, asustados. Ben fríe unas papas en una sartén con aceite abundante. I know, me dice. Y yo me pregunto si nos ve así, como yo nos veo, ocho años atrás, con el pelo diferente, sin esa  cicatriz que ahora, ocho años después, tendré en la piel, desde hoy para siempre.

Los amigos llegan, y la verdad que es bueno, un privilegio, diría, tener amigos en esta enorme ciudad. Llegan y los abrazamos y los primeros minutos, u hora, son extraños. Muchos temas se tiran a la mesa, pocos son duraderos. Todos apostamos, pocos ganamos. Será que la noche se alarga, o el vino fluye, o que estamos los cuatro, o cinco, niña incluida, en un apartamento en Londres, todos extranjeros, un sábado por la noche, entonces mejor hablar, pasárselo bien. Entonces nos empezamos a relajar, y reímos. Yo veo a mi marido, sentado frente a mí, ahora y desde hace rato con su pelo corto, veo su estómago, no tan plano, veo sus ademanes que aún no logro clasificar y me sorprende, como si fuera un descubrimiento, que esa persona frente a mí y yo seamos los mismos de aquella cocina en Portland Maine, ocho años atrás. Miro a la chica francesa, rubia, sofisticada, pienso en lo hermosa que se ve esta noche casual. Miro sus arrugas que hoy le sientan bien y me impacta darme cuenta que cuando la conocí no era madre, que su cuerpo no había producido a esa niña que come y sonríe en mi mesa, esa niña rubia que vive en tres lenguas, sin saber que así es. Y luego miro las manos del hombre sueco, sentado a mi lado, miro sus manos gruesas, sus enormes dedos, y pienso en esos dedos explorando el cuerpo de su  mujer, esa mujer cuyo cuerpo parió, cuyas arrugas le sientan bien. Y pienso en esos dedos que acarician el rostro de esa niña trilingüe que fue también creada por él. Y me siento bien, pero aún ausente, aún producto de un paracaídas que me lanzó en algún sitio, al otro lado del mar.

Se van, con la niña, a eso de las doce. Empiezo a limpiar los platos (Ben cocinó), y en eso me entra un deseo intenso de música de antes, música cursi y romántica que escuchaba encerrada en mi habitación a los quince años de edad, llorando amores que ya no puedo recordar. Y pongo a Franco de Vita y a Montaner mientras remuevo la grasa de ollas y platos, llenos de comida peruana, de limón, culantro y sal, y mientras unto jabón, restriego, y un mar de burbujas crece bajo mis manos, el llanto aumenta. Lloro porque me impresiona sentir que veinte años no han pasado, que la mujer que lava los platos en su apartamento londinense en la misma chiquilla que hace ya dos décadas se encerraba en su cuarto y ponía  a todo volumen melodías pegajosas y cursis que hablaban de una marca y un dolor que  empieza y se esparce, como la noche, como las noches de invierno que tanto duran.

Me recuesto en el sillón y pienso en el viaje a Costa Rica que estamos por hacer, y por primera vez desde que compramos los boletos para ir a visitar siento unas ganas tremendas de estar en Costa Rica, ese territorio que llevo en la piel, que a veces sangra, y que marca el aquí y el allá.

16

11 2013

Thailand and Cambodia Diary: Part II

We walk slowly and a little lost through the streets of Bangkok. It is our second day in the city, and we have no plan and many hours between morning and night. We see some of the places that were new to us two years ago and begin to recognize them, saying, look, there it is, or, yeah, I remember that, and then continue to walk, expecting something new to come across, to give us the element of surprise that now, revisiting what is no longer new, I realize we lack.

We find ourselves at lunchtime in the middle of the university canteen. It wasn’t a planned detour, but we got there, and we like the idea of being the only foreigners in the place, to mingle with the Thai and feel that we can join their daily lives, if even for a while. My husband brings two plates with a simple tasty meal: rice, scrambled eggs and chili, all mixed. We sit in a plastic table by the Chao Phraya river, pregnant with the rain of the season, and look at the water taxis that cross the river in all directions, and at a big cargo shipment that is pulled by one tiny boat. How can that be? I ask Ben. Objects float and move in the water without a need of a heavy tugboat, he says. I like when he clarifies things of the physical world that I don’t understand. It makes me feel protected and safe. I nod and finish my rice.

It was delicious, I say and start a conversation about Cambodian food. At that time tomorrow we will be in Cambodia, a country where none of us has been before. Ben tells me he doesn’t know their food, and I remind him that he does. I remind him of an evening, already seven years ago, in which I took a visiting friend of his and him to a French-Cambodian restaurant in Boston to celebrate that I was going to become a famous writer. A renowned Latin American writer had accepted to read my novel and I took that as a confirmation of a talent and glory I used to believe I earned at birth. I was therefore more than crushed when that writer wrote some of the most damaging words I have ever read. I cried and felt suicidal for days. That was the first of many tantrums and dramas that surrounded my struggle with writing for years to come. Ben stays silent and looks down. What? I ask. Nothing, he says, there was just so much drama back then. Everything to do with writing was so painful for you. He looks at me now and I can see in his clouded eyes how hard living with me during that time must have been. Let’s go, I say and get up from my chair. I approach him as we are walking along the river and hold his hand with a strong grip. He was there for me back then, and he continues to be. We carry on wondering with no specific aim or direction for the rest of our day, until night reaches us softly and it is time to sleep.

Cambodia! A skinny short man shouts into the hotel lounge where Ben I have been waiting to be picked up in order to start our bus journey into Siem Reap, the Cambodian town that hosts the temples of Angkor Wat. We leave our seats and enter a minibus that’s already packed. Ben takes a small seat closer to the front and I am sent to the rear bench, where three girls are already sitting. Two of them move to the left and one to the right so I am sandwiched in-between. They are good girls, I can see it in their fresh faces and perfectly combed hair and impeccably clean feet, all while travelling in South East Asia. They speak to each other over me, and I begin to feel curmudgeonly and more. I want to ask them for some RESPECT, that’s the word that keeps forming in my head, but I am also curious of their language, almost Spanish but not quite, so I let them talk and later I ask, in Spanish, what language they speak. The three girls raise their heads and exchange a proud smile. Catalan, they say, as if rehearsed. I thought it was Gallego, I say, I watched a Galician film a few days ago and they used the word parlar as well. The girls don’t acknowledge my confusion, Catalan, they say again. I offer, in a less curmudgeonly way, if they want to move so I am not in-between, but they say no and I take it as a welcoming sign, so I begin to chat. They talk a little bit about themselves and two facts, that I find alarming, come to the surface: they are in university and they still go on holidays with their parents. This is their first serious trip abroad on their own, their big adventure. I look at them more carefully now, at their virginal smooth skin, at the lack of bags under their eyes, at their lush and colorful hair, and realize that those girls are not only good girls, but they are also very very young. So you must be like twenty, I say. Twenty one, they answer, best friends from school. They look at the road in silence and while they stare and imagine the trip ahead I think of myself, now thirty six, at the age of twenty one. At that time I had just graduated from Psychology and was living with a boyfriend thirteen years older than me, and had my own car, and job, and no idea that one day, more than a decade later, I would be living in London, travelling in a small van, crossing a country in Asia on my way to a different one, with an American husband who knows things about the physical world that make me feel safe. I remain silent now, feeling the fifteen years separating us. I think of my family, who I seldom see and with whom I don’t live since I am eighteen, and about the last trip we all did together, and it all seems so far away, as if belonging to a different life.

We approach the border around 2pm and the bus comes to a halt at a restaurant. We are ushered outside, asked to take our bags and seated around a concrete table in the backyard of the establishment. Each of us is given a sticker to paste to our shirts. No one knows what’s happening. Some of us have visas to Cambodia, some don’t; some need them, some don’t. My husband leaves for a moment and when he comes back he urges me to get up. Come on, we have to go now. But where, I say. Just come on. I collect my heavy backpack and follow him. I say ciao to the Catalan girls and wonder if I will ever see them again. Ciao, they say and smile. A man who seems to be the waiter and owner of the restaurant gets me a coke and a new man, that seems to be in charge of us now, gives us a pink and green pen, a stapler and scissors. What do we do with this? I ask Ben. I don’t know, he says. Then if you don’t know why are you cutting this paper? And what do we do with these pens? Ben keeps cutting in silence. I ask too many questions, I know. I take the scissors and copy his actions. I cut the extra scraps of paper around my e-Cambodian visa and staple the piece of paper to my passport, as Ben did. The color pens never come in handy. The chauffeur-chaperon tells us to gogogo, he’s not to be asked. We gogogo, following a fifty something Russian couple that was in the bus with us. If I am going to follow someone, Ben says, it’s them. No one can deal with communist bureaucrats like Russians can. I laugh, rush my steps and follow him. We cross a bridge donated by Brits and built by Chinese, the water down there is filthy, covered by a mountain of trash. I clear the sweat from my forehead and feel rivulets forming down my back. It must be 35 degrees and the air is dusty and thick. Next to us, in the middle of the road, is a procession of trucks, half-naked dirty kids, women carrying giant carts full of produce, men driving broken motorcycles, and scattered skinny cows. We enter a small concrete building, stand in line behind the Russians, and show our passport to Thai officers. It all goes smoothly but we lose track of the Russians on the other side. Are we in Cambodia now? I ask Ben, excited and confused, expecting his knowledge of the physical world. I don’t know, he says, and we keep walking ahead. Gogogo. There is a universe of casinos now on either side of the road. Newly built, L.A. meets Stalinism kind of buildings, enormous, pompous, lacking in style. What are all those casinos doing in between two countries, I don’t want to know. We spot a young couple from the bus, we try to follow them but we can’t. Japanese go in a different line. We keep walking and sweating, while the swarm of motorcycles, half-naked children, cattle and women carrying heavy carts increases. There are also handfuls of suspicious looking men with tiny moustaches idling everywhere. We finally enter what seems like another checkpoint, in a more impoverished building, managed by Cambodian officers, and receive a stamp, which I guess means we are officially in. A stamp and we are abroad, on the other side.

A man that seems to recognize us, perhaps due to the color of our sticker, tells us to sit on some benches. There is no gogogo, but sit,sit; wait, wait. We wait without knowing what we’re waiting for. There are a couple of failed attempts to get inside a bus that will take us somewhere but then we are told again, wait, wait; sit, sit. We are finally taken to a dusty burgundy minivan where a family of four sits. All smile and mask the less vacationesque thoughts that were clearly crossing their minds. They tell us they are from Portland Oregon, on an Asian family tour, and Ben says that his sister lives in Portland Oregon, and they nod, and not much more is said. Our hopes to reach a final destination soon are broken when thirty minutes later we are dropped at an isolated soviet-looking bus station. It is giant and empty and made of concrete. Oh, you are early! A man that seems to know us, although we don’t know who he is, tells us with a snarky smile. What do you mean early?, we ask. Bus don’t leave in 3 hours, he says. Three?, we say, that’s impossible. One moment, he says and disappears. Some twenty minutes later he’s back. Gogogo, he says, bus now. We pay an extra ten dollars each and we are placed inside a different minivan. The Portland family is there, as well as three German girls, a young American couple, my husband and I. Costa Rica? Wow, the young American that monopolizes the conversation in the bus for the next three hours says. Yeah, I say, and that’s the end of that exchange. He, like so many people, has not much more to say when I tell them where I come from, and there is so much more than Wow or Yeah that I would like to share.

We start advancing deeper into Cambodia. During the first while there is silence on the bus, some people look at the floor, some look outside, some try to sleep. After some minutes the young American man that said Wow begins to talk. He has a story to tell and he wants all of us to know. The Portland family engages in the conversation and they talk and talk and talk as we cross Cambodia, with its narrow roads, and intensely green rice paddies, and wooden shacks, and half-naked children playing outside with dogs that nobody owns, and scrawny cows scraping the grass around the shacks. I look at the skin of the white people in the bus, red and irritated by the sun and the heat, at their eyes, careless and distracted, and I look at myself, feeling drawn to Costa Rica, and not to Cambodia, while observing the landscape, and a question that has been in my thoughts ever since appears. Why do we choose to travel to challenging foreign places? What is the engine that moves some of us, year after year, to pack our bags and plunge ourselves into the unknown? What are we looking for, what do we lack?

I can’t get rid of the question as I enter Siem Reap in a tuk-tuk, or remork, as they call it in Cambodia. Siem Reap is a beautiful semirural place, full of incredibly friendly and smiley people. So smiley that you almost forget that they were recent victims of a genocide committed by their own, the Khmer Rouge, and that still nowadays lots of innocent ones – children going to school, women and men plowing the fields – are blown up by the thousands of mines planted by the US, China and Vietnam during the Vietnam war years.

After settling in a beautiful hotel full of Buddhist altars and lush gardens, we head towards the center of town. First we visit the many markets, packed with colorful and tasteful handicrafts, and later on we choose a restaurant for dinner along the main road, suspiciously called Pub Street. Each restaurant terrace is exploding with tourists, Europeans, some Americans, a significant number of Asians, and only one Costa Rican, I am sure. The food is not as good as what we had in the restaurant in Boston, years ago. We are a bit disappointed, as we love good food, but our humor is quickly uplifted by the sweetness of our waiter. He is really taken by the fact that Ben is American and that breaks my heart; so innocent and forgiving of the past. He begins to measure himself and comparing his stature, which he considers to be too short in relation to Ben’s. He tries to tell us a bit about himself but the street is too loud and his English too broken, so we continue to smile to each other until it’s time to go.

The morning after, while enjoying the tropical fruit that was served for breakfast, surrounded by the lush garden that makes me feel as if I were in Costa Rica, I tell Ben that something new is happening to me, something related to the question of why we travel. I left Costa Rica eleven years ago because I didn’t feel I belonged there, because I was angry at my family and my past, because I had the illusion that I was part of something larger, a rootless world with no ties and commitments. For many years I was able to live in this illusion, running from place to place, avoiding a sense of belonging and responsibility. I chose to visit Costa Rica seldom. In the beginning I spent a lot of time travelling in Europe, but once Europe became known and more predictable, I began to reach for more distant and exotic places, and in every one of these choices there was a portion of hidden pleasure in choosing any other place in the world but Costa Rica. I tell Ben while I eat my pineapple that that motivation is gone, that I no longer feel the need to build a wall between my birthplace and I. And what does it mean?, he asks. I don’t know, I say and shrug. It is not an answer to my question of why we travel. I can just feel that that a part of my motivation is gone. I don’t feel the need to escape Costa Rica anymore. I want to be closer, for the first time in my life. What it means, I don’t know. There is just that vacant space now. That’s just it.

Ben holds my hand. He knows a major change is taking place inside me, and we both know, thank god we do, that whatever changes and whatever it takes, we will always be there for the other.

We get up and walk towards the door of the hotel. The tuk-tuk and guide that will take us to the Angkor Wat temples are waiting for us outside.

(To be continued…)

border guard

Guard having lunch at border Thailand-Cambodia

border woman cart

Border Thailand-Cambodia

food menu

Menu in Siem Reap Restaurant. We went for beef.

 

 

 

 

 

 

02

09 2013

On Mother’s Day

I talked to my mother yesterday; it was mother’s day in Costa Rica. I called her early, 9am their time, 2pm mine. I received a note from her partner two days before: It is mother’s day in two days; please don’t forget to call your mom. I am glad to have received this message; I am glad that someone across the ocean looks after my mom. It’s been over ten years since I left, since I said, bye mama, I’m gone. Ten years, or more, in which I have not been there to give her a kiss in the cheek on her day, August 15th, or drink a mimosa with her, the drink she used to order and sip, in the Marriot Hotel.

No Marriot Hotel this year, she tells me. Strained times with my brother, the one that stayed there with her, all these years. No Marriot, I said, and remembered us younger, both her and I, going with my mother and her mother, when she was alive, in a caravan to the Marriot Hotel in Santa Ana, where mimosas were served, on their mother’s day.

Lunch with my partner, she says, that partner that wrote to me, two days before, remember to call your mother, it’s her day. We are buying a house together, my mother says, the house in the corner, an idyllic place. I close my eyes while I talk to her and I try to cross an ocean in seconds, to be there, in that neighborhood where I grew up and my mother still lives. I want to see that house, that house in the corner, that dream of my mom, but it’s all a blur, and yet I say, yes mom, I know, I can see it, and as I say it a picture of a beautiful house begins to shape in front of my eyes. Perhaps a house that in some years, when I become older or a mother myself, I would like to live in. She tells me the house is big, colonial perhaps, and that it has fine woods and big windows and that she would fulfill a dream of her own: to have a private large room surrounded by books. And now I can see my mom, with her dyed her that covers her age, sitting on her large bed, sheltered by hundreds of volumes that she hopes will say something about who she is, something deeper than a testament, something that will subsist longer than children can do. I see her in that ample room, I see her smile, I feel her pleasure, and I smile myself. I feel connected to that woman that perhaps without knowing, gave me that love for books. I know, like the most transparent truth on Earth, that we belong together because I, as well, treasure a picture of fulfillment in the same way, me surrounded by books that I hope will tell a story larger than myself.

And then my mom moves on to different topics, still related to the new house in the corner. She talks about money and percentages. Her partner can put in more than she can. A flash of disappointment crosses though me. Why, does she make more money than you? I ask. No, my mother says, and she shakes her head, covered by her dyed hair, and fixes her glasses, which fell out of place. It’s simply that she can get a loan, and I can’ t, not anymore. It’s not certain, but her partner is 20 or 25 years younger than her. I blink and shake my head as well. No more loans to my mother, never again. I hear the ocean that separates us, and has for 10 years, roar. I feel it stir while I imagine my mother slowly walking with a little collection of personal belongings towards the paradise house in the corner, where she will look at her books with a pleasant smile, until she can.

And then we hang up because silence begins to swallow our voices. I stare at the screen, still seeing my mother walking slowly down the road, and I realize, as I always do, that once again I failed to say this: I love you, mom, and I always have.

15

08 2013

Nostalgia de la patria

Me hace falta encontrarme a gente conocida en las calles, me hace falta lo pequeño en esta enorme ciudad. Es el clima, los días húmedos y nublados de este extraño verano londinense, lo que ha traído a superficie la nostalgia costarricense que nunca antes, en mis once años en el extranjero, sentí.

Me desperté una mañana, hace unas dos semanas, y no me moví de la cama por unos minutos, confundida, sin saber en qué cama, en qué ciudad, y en qué país me encontraba. La sensación al abrir los ojos fue la todas las mañanas de mi vida, hasta los 24 años, cuando dejé mi país para empezar una odisea que me ha llevado a vivir en distintos continentes, y lenguas. Al abrir los ojos pude haber sido la niña que despertaba en Cartago y escuchaba el sonido del río Toyogres, o la universitaria que vivió en varios apartamentos de Sabanilla y que se arremolinaba en las sábanas, a veces a sola, a veces no, y poco a poco se incorporaba a la realidad de ser una estudiante universitaria, de estar preparándose para ejercer como psicóloga en un futuro; cosa que nunca llegó a suceder.

El aire de esta mañana londinense era denso y cálido, como el aire tropical, y al mirar afuera vi un cielo nublado, que es como tiendo a recordar el cielo del valle central costarricense, un cielo preñado de lluvia, de gotas por caer. Entonces me quedé en cama sin moverme, siendo la niña, la universitaria, y poco a poco la mujer de 36 años que he llegado a ser. Miré a mi alrededor, mi marido ya había salido al trabajo, vi la forma de su cuerpo en la sábana, vi de nuevo hacia fuera y no quise moverme por un buen rato por temor a que esa sensación de hogar que se me había impregnado en la piel humectada me fuera a dejar.

No fue así. Sigue aquí, en estos días londinenses que continúan cálidos y húmedos aunque ahora también soleados. Una extrañeza me acompaña desde esa mañana dos semanas atrás. Ando en mi bicicleta, visito los lugares de siempre, realizo las acciones que me producen y me siguen produciendo placer, pero hay una parte en mí que no está aquí. Esa parte que durante los 11 años que llevo en el exterior no extrañó su país de origen. Una parte que extraña el olor a fruta madura, la lluvia estruendosa, los ríos caudalosos, el ir por las calles y poder encontrarme a gente que me diga Sara, o Sarita, como me solían decir en esa pequeña ciudad donde crecí, y donde cada mañana escuchaba el caudal del río susurrar.

06

07 2013

La Nana

Esta semana fui al cine con una amiga a ver una película chilena titulada “La Nana”.  La película, que ganó varias menciones en Sundance este año, es un verídico retrato del rol de la nana (o muchacha, empleada doméstica, doméstica, o como se le prefiera llamar) en la vida de la familia para la que trabaja. Quizás para personas provenientes de lugares donde no es relativamente común crecer con una muchacha (como se le suele llamar en Costa Rica, mi país de origen) esta película no es personal, pero para mí, que le debo gran parte de lo que soy a estas muchachas de lugares remotos que vinieron a criarme y educarme, fue una película íntima, que me recordó a aquellas mujeres especiales, con las que en su mayoría he perdido contacto.

Después de la película tomé un café con mi amiga, con quien compartí algo de este pasado. Empecé por hablar de Petronila, o Nila, como la llamábamos en casa. Una enorme mujer nicaragüense que me quería muchísimo y me llamaba La Sarita. Le dije  a mi amiga que recordaba el perfil oscuro de esta mujer comiendo de pie en la cocina, con sus enormes dedos escapando las apretadas chancletas que calzaba. Le hablé también de Elizabeth, una muchacha que estuvo un tiempo corto pero inolvidable en casa. Yo tenía alrededor de 9 años cuando ella llegó, la recuerdo como una mujer refinada, casi salida de una película francesa de los 70, que cocinaba postres espectaculares, y nos contaba a mi hermano y a mí, en la sala de la casa, las más intrigantes historias de sexo y erotismo.

Recuerdo dos historias con claridad. La primera tenía como protagonistas a una amiga suya, que no podía quedar embarazada, y su novio. Elizabeth contaba con toda naturalidad cómo en las reuniones íntimas, su amiga se sentaba en el regazo del muchacho, mientras él la penetraba, despreocupado del riesgo de embarazo. Mientras la escuchaba, fascinada, recuerdo preguntarme cómo haría un pene para poder entrar en una vagina en tal posición. La segunda historia la protagonizaba ella, como un tipo de prostituta que se encontraba cada domingo de por medio en el Hotel Talamanca (un hotelucho del centro de la capital) con un comerciante chino que siempre aplicaba la misma rutina: desvestirla, meterla en la ducha, restregarle el cuerpo con una esponja amplia, secarla, tirarla sobre la cama, hacerle el amor toda la noche, y darle dinero al final.

Después hablé de Claret, a quien ya había mencionado en el posting Mirar o no mirar. Claret es lo más cercano a una segunda mamá que tuve. En cama de Claret me metía en noches de pesadilla, con Claret, que fue una mujer guapísima e imaginativa, me reía y jugaba. Claret se fue de casa a mis 7 años más o menos. En su boda le pateé su vestido blanco satín, no le perdonaba que me dejara. Claret se casó con un hombre que bebía y la golpeaba cada día de ser posible. Lo sé porque ella misma me mostraba su cuerpo cubierto por enormes manchas moradas. Claret tuvo muchos hijos con él y empezó a tomar también. La vi algunas veces, no supe qué decirle, luego nos desconectamos por largo tiempo.

Hace dos años mi esposo y yo fuimos a Costa Rica a pasar las navidades juntos por primera vez. Claret había regresado a casa de mi mamá a trabajar. Ahora una mujer mayor. Aún guapa, confirmé al verla. Celebramos la Navidad con mi pequeña familia: mi hermano, su esposa, su hijo, mi mamá, Claret, mi esposo y yo. Claret no se veía bien, había regresado a casa de mi mamá tras la ruptura con un hombre que también bebía y la golpeaba. Pese al dolor que le era imposible esconder, lograba sonreír, como en sus mejores tiempos, los que yo más recuerdo.

Se tomaron muchas fotos de este momento histórico de reunión familiar, se contaron anécdotas de cuando mi hermano y yo éramos “chiquillos”, y durante el transcurso de la noche pretendimos todos ser una familia, con Claret incluida, aunque conforme avanzaban los minutos, estaba yo consciente de que el desastre en la cocina le iba a tocar a una sola persona: a la muchacha, que ahora era una mujer.

Me acerqué a Claret, quien limpiaba los platos de mal modo. Herida, supuse. Le pregunté qué le pasaba, me esquivó, y tras mi insistencia me confesó que le dolía esa reunión familiar porque no era su familia, no era allí donde pertenecía. No supe qué decir, tenía y no tenía razón.

Hace no mucho hablé con mi mamá, quien me dijo que Claret se había ido. No tengo ahora modo de contactarla. Espero que la vida nos vuelva a reunir, como lo ha venido haciendo por más de 20 años. Si la vuelvo a ver no sé qué le diría, que la quiero y la pienso, supongo, y quizás eso bastaría.

19

09 2010

Londres

A los pocos días de haber llegado a Londres quedé de verme con un amigo en la galería de arte moderno Tate para tomar un café. Entramos al edificio, que es una obra de arte industrial en sí mismo, y subimos en un silencio reverencial las escaleras eléctricas hasta llegar al séptimo piso, donde nos sentamos frente a un monumental ventanal que da al Támesis, y desde donde se tiene una vista cristalina de la catedral de St. Paul y sus alrededores. Ambos continuamos en silencio, él supongo por ser tímido, yo por estar conmovida e impresionada, mientras miraba aquel espectáculo de ciudad del que aún no sabía qué pensar. ‘Es fea, pero fascinante, ¿no?’, le dije a mi amigo que continuó sumido en su silencio.

Por varios días mantuve una actitud más contemplativa que presencial ante esta ciudad. Era casi como si llevara un guión de ‘Sara en la ciudad de Londres’. Cada vez que me montaba en mi bicicleta y salía a pedalear por el lado del tráfico que aún sentía equivocado, abriéndome paso entre taxis negros y enormes buses de dos pisos, una vocecilla decía ‘Sara en su bicicleta en Londres’, ‘Sara cruzando el Támesis’, ‘Sara disfrutando de una caminata por el parque de Battersea’, ‘Sara observando la planta eléctrica de su barrio -Battersea-’, ‘Sara comiendo en  Notting Hill’, ‘Sara en la Tate’.

Esta semana tuve visitas de Costa Rica que estaban en Londres por primera vez. Mientras les mostraba los mayores puntos de atracción me pareció interesante notar su decepción ante esta ciudad de la que tanto se habla. Les pareció, al igual que a mí en mi primer encuentro turístico muchos años atrás, fea, sucia, ruidosa, caótica. Más interesante fue el darme cuenta de que sí, Londres es todo eso, pero mucho más también, solo que ese ‘mucho más’ se desgrana con el tiempo, con el vivir aquí, y eso que se va descubriendo es la fortaleza de esta ciudad. Recordé mientras caminaba con mis compatriotas lo que Ben me dijo cuando vinimos juntos a buscar apartamento (su primera vez aquí): ‘Es como si Londres existiera independientemente de la gente, como si fuera una ciudad que se impone a lo humano’.

Fui yo quien mantuvo silencio entonces. Su afirmación se reveló como visionaria al ver una de las escenas finales de la muy londinense película Incendiary, en la que la protagonista, interpretada por Michelle Williams, sostiene un monólogo sobre Londres en un momento en que decide reconstruir una vida que se le estaba cayendo en pedazos: ‘London is a city built on the wreckage of itself. It’s had more comebacks than the evil dead. It’s been flattened by storms and flooded out and rotted with plague. Even Hitler couldn’t finish it off. But we built on the rubble and we kept on coming like zombies. I am the city, I am the whole world. Murder me with bombs and I will only build myself again and stronger’ (Londres es una ciudad construida sobre sus propias ruinas. Ha tenido más reapariciones que la misma muerte. Ha sido allanada por tormentas, inundada, corroída por la plaga. Incluso Hitler no la pudo aniquilar. Pero construimos sobre los escombros y continuamos surgiendo como zombies. Soy la ciudad, soy el mundo entero. Asesiname con bombas y me reconstruiré de nuevo y más fuerte).

No podría decir que, a 10 meses de vivir aquí, me sentí apropiada de esta ciudad al mostrársela a mis visitas (¿puede alguien realmente llegarse a apropiar de Londres?), pero me percaté de que aquella vocecilla había dejado de hablarme, y se había convertido en la conciencia de que cada día me acuesto y despierto en una ciudad que me impresiona por su capacidad de reconstrucción, por su fortaleza que me inspira, me enorgullece, me hace sentirme bien. Cuando camino o cruzo la ciudad en mi bicicleta no veo basura ni caos, veo vida, y es por eso que me he enamorado de esta ciudad.

18

07 2010

Calles sin nombre

En Costa Rica, mi país de origen, las calles no tienen nombre. Hay tres excepciones, todas ubicadas en el centro de San José, la capital: la Avenida Central, la Avenida Segunda, y el Paseo Colón. De poco sirven estas calles, ya que la mayoría de la vida de las personas se desarrolla en el resto del territorio nacional. La dirección de mi casa de infancia (en Cartago, pequeña provincia al lado de San José) era: Residencial González Angulo, de la entrada principal, 200 metros al sur bajando la cuesta, y 25 al este. Casa blanca de portones café a mano izquierda; la de mi casa de adolescencia (en San José ahora): del Colegio de Arquitectos e Ingenieros 250 metros al norte, 250 al este, 50 al norte. Casa amarilla con rejas blancas a mano izquierda, junto al lote baldío; y la última dirección en la que viví antes de salir del país fue: Mata de Plátano, de la Choza del Indio, 200 metros al oeste, hasta topar con los tanques del AyA (Acueductos y Alcantarillados), de ahí más o menos 50 metros al sur, hasta llegar al Residencial Azul del Prado. Preguntar al guarda de la entrada por la casa número 25 (números absolutamente aleatorios).

A los 18 viví en Estados Unidos unos meses debido a un intercambio para universitarios en el que participé. Al final del mismo decidí que era tiempo de que Manhattan y yo tuviéramos un encuentro. Me monté en un tren rumbo a Nueva York, me bajé, salí de la estación, y empecé a caminar sin atreverme a sacar el enorme mapa de la ciudad que había comprado en vano, ya que estaba segura de que no lo llegaría a usar. Opté entonces por recordar mis pasos con exactitud para poder volver sobre los mismos (creo que tomé la inspiración de “Pulgarcito”). Siguiendo esta lógica, entré a una enorme tienda Gap, asegurándome de recordar la esquina exacta de acceso. Miré los edicificios al frente, y recordé que había pasado por el Rockefeller Center, así que no sería nada complicado. Lo que no sabía era que esta tienda era un universo en sí mismo, y una vez dentro, sumida por la emoción de la oferta de ropa y mi primera tarjeta de crédito, olvidé mis pasos y me sumergí en un frenesí consumidor. Al salir por una esquina que estaba segura era “mi” esquina, me topé con dos desagradables sorpresas: no era la esquina adecuada, y  la noche había caído. Regresé a la tienda, como una hormiga ofuscada, tratando de recrear un recorrido que se asemejaba a un ciclón. Tras al menos una hora de esfuerzos, di con la esquina adecuada. Apuré el paso hacia la misma estación a la que había llegado, muy asustada, sin atreverme a ver nada más de Nueva York, prometiéndome que aprendería a usar esos pliegos de papel con muchos nombres e indicaciones llamados mapas.

Con el tiempo y los viajes aprendí, y me desenvolví con honra en ciudades y sistemas de trenes tan complejos como el de Moscú, y regresé a Manhattan y, guiaba por la seguridad que el mapa que ahora entendía me brindaba, me aventuré a explorar lo pendiente, y al pasar por la misma tienda Gap me reí, y me costó creer que aquella historia me hubiera ocurrido a mí.

Estoy pasando el fin de semana en Roma, una ciudad que estoy segura no fue sencilla de trazar en mapas accesibles para el viajante. Andábamos Ben y yo anoche por Trastevere buscando cena, buena cena -no un plato de pasta masuda flotando en tomate ácido- sin mucho éxito, sin parámetro que seguir mas que el de evitar lugares con menúes gigantes y coloridos en varios idiomas. En eso recordé que tenía que comprar una crema de cuerpo, así que entramos a una herboristería cercana, y al pagar le preguntamos al simpático dependiente (italiano) por una buena recomendación. ‘Aquí, saliendo a la derecha’, dijo afable. ‘¿En qué calle?’, inquirí yo científicamente. ‘No, no, aquí no más, no lo pueden dejar de ver’. Guardé mi mapa con recelo, salí de la tienda, y en efecto allí estaba el restaurante, en una calle cuyo nombre no llegué a ver.

Tras una cena espectacular, salimos Ben y yo a vagar de la mano -con el mapa y demás parafernalia turística guardados en el fondo de nuestros bolsos- por calles estrechas, donde aparecían bares en veces, gatos en otras, motos parqueadas, payasos, gente, silencios. Un despliegue de vida de lo más natural, que existía en calles aquella noche sin nombre, como los lugares que de tan familiares no hace falta nombrar.

11

07 2010

Lo mundial

A los tres años de relación con mi primer novio, me citó una noche con tono grave para comunicarme que se iba del país, que había sido aceptado en una universidad de Estados Unidos para cursar su postgrado. Yo estaba aún en el colegio, tenía 17 años, y el extranjero, los estudios de postgrado, la relación a distancia, eran todos elementos lejanos a mi universo adolescente. No supe qué decir ni cómo reaccionar, entonces él, al notar mi desconcierto, me tomó con gentileza la barbilla y la elevó, dirigiendo mis ojos hacia un cielo copado de estrellas. ‘¿Podés verlas?, preguntó, ¿las Tres Marías?’ Me puse nerviosa ya que nunca he tenido talento para ubicar constelaciones. ‘Cada vez que veás las Tres Marías, prosiguió, quiero que sepás que yo estaré viendo las mismas estrellas y pensando en vos’. Un muy dulce y romántico intento de obviar la muy real distancia de miles de kilómetros que nos iban a separar de ese momento en adelante; el problema radicaba en que a mí eso de ver estrellas no me llamaba mucho la atención, y que una parte de mí no podía creer que ese cielo costarricense, desde donde caían lluvias torrenciales, tormentas tropicales y sol inclemente, fuera el mismo cielo estadounidense desde donde caían copos de nieve y granizo. Le dije que haría como me pedía, consciente de que esa idea de un cielo común me parecía hueca y hechiza. Supe entonces que la relación terminaría. Así fue.

Ni entonces ni ahora sé nada de fútbol, más allá de que se trata de meter la pelota en la cancha del equipo opuesto, pero pese a esta ignorancia, me he visto a lo largo de los últimos 12 años prendiendo el televisor a cada mundial, en búsqueda de una sensación de unidad que supongo era la que mi novio de adolescencia buscaba generar en mí.

Esta sensación la experimenté por primera vez estando aún en Costa Rica, durante el mundial de Corea- Japón, la noche en la que ‘La Sele’ jugaba contra China. Había regresado a mi casa a eso de las 3am de un bar, vencida por el cansancio y empapada en cerveza, y me había metido en la cama exhausta, sin haber terminado de ver el partido. De repente un eco estremecedor me saca del sueño en el que había caído con facilidad. Un eco largo, hecho de tres letras que parecían no tener fin, un eco que se me metió en el corazón de un modo inesperado, y ya dentro de mí crecía mientras me iba dando cuenta de que era producido por el conjunto de voces de todos mis vecinos del barrio, al que se le unía el de toda la provincia de San José, y todo el país, y Centroamérica, y Estados Unidos, y Canadá, y México, y Sudamérica, y luego imaginé al eco cruzando, o viniendo, del otro lado del océano, y supe que Europa, y Asia y África y Oceanía eran parte de ese sonido cavernoso y real que me hizo sentirme conectada- desde la oscuridad de mi cuarto- a algo enorme y poderoso, algo que en ese momento sentí podía llamar humanidad. El eco se fue evaporando, y yo fui cayendo en un sueño con muchas estrellas, contenta y muy a gusto.

Pocos meses después salí de Costa Rica, llevando ese eco conmigo. Sigo sin entender fútbol, y sigo viendo El Mundial.

13

06 2010