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Más allá de las ideas

Lo que más me impactó al estar frente a la tumba de Marx, en el cementerio de Highgate en Londres, fue el tamaño soberbio de la cabeza sin cuerpo que decora su sepulcro. La decisión de prescindir del resto, como si no importara, me incomodó, y me hizo recordar una relación que tuve hace años con un hombre que probablemente se hubiera sentido identificado con tal decisión.

A Aníbal lo conocí en un proyecto dirigido a la atención de jóvenes ex convictos al que me uní como voluntaria en mi segundo año de psicología. Filósofo y director de teatro, lideraba el grupo de estudio en el que se discutían las teorías que sustentarían los modelos de tratamiento elegidos. Cuando yo me incorporé estaban leyendo “Vigilar y castigar” de Michel Foucault. Aníbal no era un hombre guapo. Tenía un estómago un poco flácido, llevaba anteojos de aro negro muy pequeños para su rostro, y había un dejo de rasgos indígenas en su pelo y en su piel que parecían incomodarle por no calzar con su idea de intelectual europeo. Sin embargo, ante mi joven mirada se convertía en el hombre más apasionante, y hasta hermoso, cuando pronunciaba palabras como panóptico, que me parecían de una profundidad y belleza insondables. Yo le gusté a Aníbal, quien no pareció reparar en los más de diez años que nos separaban, e iniciamos una relación llena de libros, caminatas y citas bibliográficas. Salíamos del trabajo, que estaba ubicado en una de las peores zonas de la capital costarricense, a eso de las diez de la noche, y vagábamos por un San José que se iba transformando en lo que imaginábamos era París. Entrábamos en cafés en extinción, de música de boleros y borrachos taciturnos, donde yo escuchaba con devoción sus citas y sus palabras complicadas, y me sonrojaba cada vez que él me llamaba Castorcilla; derivación del modo en que Sartre y otros llamaban a de Beauvoir, ya que en aquel tiempo yo decoraba mi cabeza con pañuelos, como lo hacía la intelectual francesa. Después de haber agotado los cafés de la ciudad continuábamos rumbo a su casa, situada en la zona roja de San José, que a esas horas de la noche era el hogar de prostitutas y piedreros. En la parte alta de una especie de garaje-búnker, donde vivía con su mamá y hermano, Aníbal había creado un mundo que no tenía nada que ver con el de afuera. Música clásica, libros abarrotando paredes y superficies, y un búho metálico que colgaba de la única ventana del cuarto. Al llegar tomaba un libro, leía algún pasaje, y me besaba; mientras el búho nos observaba en silencio.

Fui la primera en sorprenderme cuando sus citas y sus palabras me empezaron a cansar. Quería saber más de él, escuchar una frase que no empezara con “pienso” o “como dijo”, pero me fui dando cuenta de que esa puerta estaba sellada. Una noche de caminata comencé a darle pequeños puñetazos en el brazo y pataditas en sus piernas mientras hablaba y trataba de deslumbrarme con intrincadas teorías. Fue algo espontáneo, que inicié como un juego, pero que se fue transformando en una inconfundible muestra de hastío. Aníbal me miraba de vez en cuando desconcertado, pero aún así continuaba, “pienso que el núcleo del postestructuralismo, como ya lo dijo….”, hasta que la intensidad de mis golpes fue tal que lo obligaron, poco antes de llegar a su guarida, a detenerse y confrontar mis acciones. “¿Por qué en vez de golpearme no me acariciás o besás?” me dijo con soberbia. Yo miré a mi hasta entonces maestro, dando cátedra en medio de prostitutas y drogadictos, y lo único que le pude decir fue “¿y vos por qué en lugar de decir tanto pienso no empezás a decir siento?”

Esa noche me despedí del búho, de los libros, de aquel hombre de palabras enredadas al que nunca llegué a conocer, y poco a poco de aquella muchacha que quería ser de Beauvoir. Hace apenas tres semanas, estando de pie frente a la tumba de Marx, reafirmé lo que ya intuía a mis diecinueve años: que no somos lo que pensamos sino lo que sentimos.

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05 2011