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The killer inside me

Anoche fui al cine a ver una película que me ha dejado llena de preguntas e inquietudes. No podría decir si me gustó o no, creo que es una de esas películas que impactan, más que gustan. El film en cuestión es The killer inside me, la última producción del director inglés Michael Winterbottom, cuyo trabajo he venido admirando por años.

Sabía que se trataría de una película violenta, pero como lo que he visto de Winterbottom no se ha caracterizado por el recurso a la violencia, no me sentí alarmada. Mientras esperaba en el vestíbulo del cine, tomé una revista de crítica cinematográfica que incluía un artículo sobre The killer inside me, donde se mencionaba que la novela en la que se basa (escrita en los 50 por el autor estadounidense Jim Thompson) era considerada por Kubrick como la obra dedicada a la mente de un criminal más espeluznante y verosímil jamás concebida. Me pareció curioso que 40 años después del lanzamiento de A clockwork orange Winterbottom estuviera presentando una película que seguramente a Kubrick le hubiera gustado dirigir, y que 40 años hubieran tenido que pasar para que el público británico esperara de brazos abiertos una película que augura más violencia que la entonces polémica y vedada producción de Kubrick.

A clockwork orange, con su ambiente futurista y su lenguage Nadsat, parece un cuento de hadas al lado de The killer inside me, que no le da tregua alguna al espectador. Aquí no hay disfraces, ni máscaras que protejan al público de las acciones retratadas en el film, sino solo puños, sangre, cuchillos, balas, furia. Lo espeluznante y perturbador de Lou Ford (comisario interpretado de modo magistral y valiente por Casey Affleck) es que, a diferencia de Alex, es un tipo de persona que no parece diferir de cualquiera de nosotros, podríamos ser él, o él podría ser nuestro propio comisario, vecino, colega, o incluso pareja.

Al salir del cine, evidentemente en un estado no apacible, me vino a la mente la misma pregunta que me hice tras haber visto Antichrist de Lars von Trier: ‘¿por qué?’ No cuestiono el tema de la violencia como “inspirador” o protagonista de tramas, me parece muy bien que cada quien se dedique a los temas que le resulten vitales, y tampoco demando de una película una resolución moral o ética, pero me llama infinitamente la atención la cantidad de películas que están empezando a retratar la violencia de un modo tan crudo y desolador. Es como si la senda iniciada por Tarantino, con su representación sexy y pistolera de la violencia, hubiera ido degenerando en algo mucho más macabro. Pienso en películas como Funny Games de Haneke (el film más perturbador que he visto en toda mi vida), o en Irreversible. No se trata más de la violencia hollywoodense o bélica, que curiosamente está tomando un giro mucho más intimista, con películas como The Hurt Locker y The Messenger, sino de la violencia pura que trastorna lo psicológico.

Me pregunto qué ha cambiado en estos 40 años, por qué se puede, o se busca, prescindir de la dimensión moral o política en torno a la violencia, por qué ese salto de un cierre con mensaje (A clockwork orange) a uno que nos deja inquietos, descompensados (The killer inside me).

Pienso en nosotros, los consumidores, quienes parecemos haberle abierto las puertas a producciones de este tipo, adictos a sensaciones más brutales, a impulsos más primitivos. Esta ansia ha quedado confirmada en la aceptación mundial de la trilogía Millenium, y su aún más violenta versión cinematográfica de The Girl with the Dragon Tattoo. Me pregunto si Larsson hubiera sido un best seller en los años 70, o si hubiera sido condenado como un pervertido.

Pienso en los cineastas, en sus motivaciones para llevar a la pantalla grande imágenes que en ocasiones parecen no tener un propósito más allá que el placer de la provocación. Me encantaría poder preguntarle a Winterbottom, von Trier, y Haneke sobre ese ‘¿por qué?’¿Es acaso que su fe en lo humano se ha debilitado, por lo que buscan conectarse con una parte más animal en nosotros?, o ¿será que la distinción entre el bien y el mal se ha convertido en un anticuado pasatiempo?, ¿o será que se trata de una moda y nada más?

A falta de respuestas, no me queda más remedio que continuar especulando y observando, al menos mientras lo pueda tolerar.

06

06 2010