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14 de febrero

En Boston, este diciembre, Ben y yo nos encontramos varias veces con una persona que ha sido fundamental en nuestras vidas, y que a base de consistencia y compasión nos ha ayudado a ser mejores seres humanos, a salir de nuestras zonas de confort para encontrar formas más honestas y reales de ser. Esta persona se llama Larry, y es el único ser viviente que conozco que creo se merece el título de maestro, aunque él sería el último en atribuírselo. La profundidad y liviandad con las que a sus 67 años (sobreviviente de cirugía a corazón abierto y cáncer de hígado) vive su vida, han sido un modelo para Ben y para mí desde el minuto en que lo conocimos, hace ya más de 3 años. En esta visita a Boston hablamos mucho sobre el tema que traté la semana pasada, sobre los estragos que la bulla interna causa en nuestras vidas. Antes de regresar a Londres, Larry nos dio un fuerte abrazo y nos dijo que este sería “un año de escuchar el corazón”.

Me subí al avión de regreso inquieta y hasta molesta con sus palabras, que sonaban bien pero que no lograba comprender. ¿Cómo se hace para escuchar el corazón?, me pregunté durante las 8 horas de vuelo. Larry nos había dicho que las verdades emocionales jamás vendrían de nuestra cabeza, ese lugar donde no confiamos en nosotros mismos ni en los demás, donde nunca vamos a llegar a ser suficientemente buenos, donde nadie nos quiere y somos pequeños e incapaces. Esta parte la entendí mejor porque la he experimentado, a veces a diario, pero la parte del corazón me seguía irritando por inaprensible.

La primera noche de regreso en Londres no logro dormir. Me digo que no es motivo de alarma, que probablemente se deba al cambio de horario. Me repito el mismo argumento tras el segundo, tercer e incluso quinto día sin conciliar el sueño, pero a la semana me empiezo a preocupar. Le escribo a Larry al respecto, diciéndole que lo más paradójico es que es bajo este insomnio, que está sostenido por una abrumadora ansiedad, que logro escuchar mi corazón. “Al caer la noche las venas se llenan de un líquido tóxico que amplifica las palpitaciones de un corazón del que dudo pueda surgir cualquier verdad” escribí. Larry es un hombre ocupado y a la distancia sus mensajes son breves. Me sugiere que tome unas pastillas (que aquí no consigo sin receta) y me dice que lo importante es trabajar en la parte emocional.

Tras dos semanas de tratamientos alternativos y caseros, compuestos por impronunciables hierbas chinas, leche tibia, lechuga y baños en la tina, fui al consultorio médico desesperada, en busca de drogas. La doctora me recetó unas pastillas que me aseguró me ayudarían a dormir. A las tres semanas regresé como un mapache tembloroso a la misma clínica. Minutos después salí con una receta de las pastillas más fuertes que iba a conseguir en esta Europa anti-medicamentosa. Me tiré en mi cama, agotada, con la bolsa de la farmacia entre mis manos, suspiré varias veces y me dije que era momento de hacerme cargo de una situación que venía reapareciendo en el núcleo de mis enmarañados y necios pensamientos. Esa noche, después de 21 días de vigilia, logré dormir. No sé si fue producto de la leche tibia, el diazepán o los límites que decidí restablecer, pero esa ansiedad que me tenía en pie se alejó y dejé de oír las angustiosas palpitaciones de mi corazón.

Volví a recordar las palabras de Larry “este será un año de escuchar el corazón” y logré finalmente entender que él no hablaba de un lugar físico donde hay verdades esperando a ser desempolvadas, sino de un espacio incorpóreo y pasajero, lejano a la bulla y la voz, donde residen la verdad y el amor.

Feliz 14 de febrero.

13

02 2011

Familia de dos

Las celebraciones tienden a estar asociadas a un grupo específico: el aniversario a la pareja, el último día de trabajo a los colegas, la graduación a los compañeros y la Navidad a la familia. Durante mi infancia, e incluso adolescencia, celebrar la Navidad con el grupo de personas con el que vivía era un hecho dado, por lo que jamás me hubiera podido imaginar que llegaría el día en que decidir con quién celebrar esta ocasión se convertiría en un gran dilema, precisamente por el cuestionamiento que he hecho a lo largo de los años de lo que es familia, o mejor dicho, de lo que se busca emocionalmente en ella.

Las navidades que he pasado fuera de Costa Rica las he celebrado de distintos modos, pero en su mayoría han incluido al menos a un Adulto (gente con hijos e hipotecas casi pagadas), lo que en mi opinión añadía el elemento de familia a la ocasión. Al principio fueron los papás de mi ex esposo danés, después los papás de mi mejor amiga en Dinamarca, y más adelante la familia estadounidense de mi actual esposo. Las últimas dos navidades las celebramos en Costa Rica, mi país de origen. La primera de estas dos ocasiones fue con mi amiga Antonieta y su compañero de entonces. Aunque la pasamos muy bien y con gente muy querida, me quedé con la sensación de que algo faltaba. Supuse que se trataba de ese elemento Adulto, que me seguía pareciendo el factor principal. La siguiente vez celebramos la fecha en compañía de mi familia costarricense, con quienes no festejaba hacía muchos años. De nuevo una velada agradable, pero algo seguía faltando. En este caso no solo no podía tratarse de la ausencia de adultos, sino que además estaba con las personas a las que sin titubeos había llamado familia durante toda mi infancia.

Este año Ben y yo decidimos pasar la Navidad en Florida, con sus abuelos maternos que están viejos y que probablemente no tienen muchos años por delante. Las intenciones de la visita eran nobles, pero no alcanzaron para sostener un festejo en compañía de personas a las que Ben había llamado con toda naturalidad ‘mi familia’. Sentados a la mesa con un par de republicanos recalcitrantes que pasan sus días frente al televisor viendo Fox News y el Weather Channel nos dimos cuenta de que una vez más estábamos con el grupo equivocado celebrando esta fecha.

Tomamos el avión de regreso a Boston ayer por la tarde, desubicados, con una sensación de ‘¿ahora qué?’. Llegamos al apartamento de alquiler donde nos esperaban nuestras cosas, dimos algunas vueltas alrededor de las maletas, con deseos contradictorios de tirarnos a la cama y no hacer nada, y de salir a la calle a buscar algo de comer y despejarnos. Un refrigerador vacío y el hambre decidieron por nosotros. Las calles de Boston, plagadas de nieve y silencio, no nos ayudaron a sentirnos más animados. Mientras caminábamos de la mano se me ocurría que no es la presencia de Adultos lo que define a una familia, sino la sensación de amor y protección casi incondicional que se espera de ella. La pregunta inicial, entonces, debería ser no quién es nuestra familia, sino con quién hemos llegado a construir una relación que en su mayoría nos provea de estos sentimientos. Miré a Ben y me dije que aunque no es algo permanente, porque hacer sentir a alguien amado y protegido es una tarea que demanda un nivel de compromiso y consistencia casi inhumano, es entre nosotros donde existe el nido de estas emociones.

Nuestros pasos nos llevaron al North End, la parte italiana de Boston. Tras examinar los trillados menús decidimos tomar el metro a Davis Square, el barrio que conocemos bien por haber sido nuestro hogar durante el tiempo que vivimos en esta ciudad. En el metro, pese a ser casi los únicos pasajeros, nos sentimos más alegres, menos perdidos. Al bajarnos caminamos directo a un restaurante indio en el que habíamos celebrado un 25 de diciembre años atrás con mi amiga Antonieta y su compañero, que estaban de visita. Los camareros, únicas personas en el restaurante, nos recibieron con gran efusividad y nos colocaron en una mesa que me parece era la misma en la que nos habíamos sentado en nuestra visita anterior. Pedimos lo mismo que entonces y comimos, solos, mientras toda una ciudad celebraba en casa. Hablamos mucho, la pasamos bien, y con el transcurso de la noche los pesares fueron quedando atrás, reemplazados por una sensación de compañía y hogar. Al salir Ben me tomó de la mano y me dijo que le alegraba mucho que hubiéramos regresado a este restaurante. ‘¿Por qué?’ le pregunté con deseos de escuchar lo obvio. ‘Porque es nuestro ritual’, dijo. Caminamos hacia la estación de regreso a casa, como una jovial familia de dos.

26

12 2010

Apantallarse

(Impresionarse, deslumbrarse)

Este viernes cumplí años. Pasé un buen día, un día normal, agradable, en su mayoría lejos de la computadora, en frente de la cual me he dado cuenta paso mucho tiempo. Londres se portó bien: me agasajó con buen clima y temperaturas finalmente dignas de finales de junio.

Al regresar a casa en la noche, e indefectiblemente buscar mi computadora, me encontré con un gran número de felicitaciones, muchas de ellas provenientes de Facebook, varias de ellas agregando a la felicitación un “¿dónde estás?”, o “donde quiera que estés”. Me pareció extraño leer esto, pero al pensarlo con más detenimiento me di cuenta de que era completamente lógico. Mis cumpleaños 25-29 los celebré en Copenhague, mis números 30 y 31 en Boston, el 32 en Estocolmo, y el actual, el 33, en Londres.

Me impactó un poco (impacto sin carga emocional) el ser conciente de los muchos lugares en los que he vivido en los últimos años, y en lo lógico de la frase de muchas de las personas que con mucho cariño me enviaron sus felicitaciones. ¿Cómo me ha impactado haberme movido tanto?, me pregunté. Esta es una pregunta que le había planteado en su momento a Ben (que se ha movido tanto como yo), una tarde de vagabundeo por Londres, pocos meses después de nuestra llegada a esta ciudad. Intercambiamos algunas ideas informales, pero no llegamos a ninguna conclusión definitiva.

¿Cómo se celebra un cumpleaños en Londres? Como en cualquier otra lugar: haciendo lo que a una le gusta, con la gente que se quiere. La mañana la pasé perezosa, mi computadora y yo dialogando, luego me monté en un segundo piso de un bus mirando a mi alrededor (me encanta ver por las ventanas), rumbo a Notting Hill, donde quedé con una buena amiga chilena-escocesa para comer en un restaurante tailandés de dudosa higiene y buena comida, de techito de paja, y gente con poco inglés. Pasamos horas allí conversando, no de libros ni cine ni nada “inteligente”, porque mi amiga habrá leído uno o dos libros de chismes en su vida y no más, y no sabe nada de cine, y mucho menos de literatura, pero tiene un corazón enorme, y la admiro porque ha vivido en al menos 10 países a lo largo de su vida (tiene 46), y se ha adaptado, y lo ha gozado, y hace los curris más exquisitos del planeta, y me da los consejos más sabios y honestos del universo. Luego anduvimos por las calles de Notting Hill que a ratos se convertían en magmas “tercermundistas” con su basura y sus olores, hablando distraídamente. Nos montamos en el metro, ella se bajó en Baker St., yo seguí hasta la parada del Barbican, donde me encontré con Ben. Fuimos a comer a un restaurante por allí, pasamos por una calle donde se celebraba un pequeño festival con mucha cerveza y música, nos sentamos en la terraza de un sitio, admirando la presencia industrial de Londres. Comimos, brindamos porque ya son 5 cumpleaños juntos, y porque nos seguimos queriendo, cada vez más. Caminamos por calles laberínticas rumbo al Barbican Centre, donde teníamos boletos para ver un show de la banda The Dirty Projectors en un experimento sinfónico con la orquesta Alarm Will Sound. Los 5 primeros minutos me entretuvieron, pero el resto me aburrió terriblemente, por parecerme un proyecto frío, pretencioso, y vacío. No cuestiono la calidad y el virtuosismo de los músicos, pero su pedante producción no hizo más que ponerme a escarbarme las uñas.

En el intermedio me topo a un conocido tico (costarricense) que se mudó de Costa Rica a Londres hace menos de dos años, que andaba con un amigo tico suyo que ahora vive aquí. Qué sorpresa, de los poquísimos ticos que habemos en el mundo, de los menos aún que salimos del país, y de los todavía más escasos que vivimos en Londres, habíamos 3 en un mismo lugar esa noche. Mi amigo me dijo que le estaba encantando el show, y me preguntó (dando por un hecho un ) por mi opinión. Su desencanto fue grande al escuchar un sentido no de mi parte; la conversación terminó segundos después.

En ese momento supe qué era lo que había aprendido a través de la dicha de haber visto y experimentado tanto en los últimos años de mi vida: he aprendido a no dejarme apantallar, y a valorar la honestidad.

27

06 2010