Posts Tagged ‘Barbican Centre’

Divagaciones sobre la calidad

(Nota inicial: A la derecha encontrarán un enlace a uno de mis relatos, “Día Laboral”, que acaba de salir en el número 18 de la Revista Narrativas. Haga click aquí, o descargue el PDF haciendo click en el campo de “Latest Publications”. Gracias y disfruten).

Hace meses que me viene visitando con creciente inquietud la pregunta sobre la calidad. ¿Qué es calidad y cómo se identifica? Esta pregunta no incorpora la subcategoría de los gustos (que son miles, enhorabuena), sino que se centra en el magma de “lo bueno”, aquello que ya sea se trate de un concierto de rock, bachata, pindín, rancheras o música clásica, nos deja boquiabiertos.

Fue en Estambul donde esta inquietud se formó en mí con claridad. Mi esposo estaba haciendo negocios en esta ciudad a inicios de año, motivo por el que viajamos allí en repetidas ocasiones. En nuestra última visita le dije que tenía muchas ganas de asistir a un evento de cena con belly dancing (antojo turístico). El hotel nos organizó un paquete que empezaba con un aparatoso bus donde fuimos los únicos pasajeros, que después de menos de 5 minutos de recorrido, nos depositó en un edificio muy decorado con neón en su exterior. Al entrar al local mis peores pesadillas se hicieron realidad: alfombras púrpura con dejos de desgaste nos esperaban a nuestra entrada, guiando nuestros pasos hacia una sala repleta de gente que toda llegó en el mismo tipo de bus que nosotros, sentada en mesas enormes decoradas con las banderitas de sus países respectivos (debo reconocer mi impresión cuando 30 minutos después aparecieron con una recién impresa bandera de Costa Rica, y no de Puerto Rico). El show consistió en una decadente muestra de bailes abúlicos de diferentes regiones del país, intercalados por una que otra muy triste bailadora de belly dancing, e incursiones del anfitrión de la noche, dedicado a interpretar Happy Birthday en diferentes lenguas.

Cuando había perdido toda esperanza en el evento, hizo aparición en el escenario una mujer bella solo al sonreír que de inmediato, con solo presentarse y balancear su cuerpo, levantó los ánimos caídos de la audiencia. Poco a poco me fui incorporando en la silla, y a los 5 minutos noté mi cuerpo moviéndose con alegría. La mujer era buena, no había duda, en cuestión de escasos minutos logró revivir a una multitud soñolienta. ‘Extraño’, le dije a Ben perpleja, ‘qué es lo que tiene ella que no tenían las otras’. Su técnica no era ni mejor ni peor que la de las demás (no al menos para conocimiento del público), y su belleza no era particularmente llamativa.

Tenía duende, habría dicho García Lorca. Sí, esa mujer turca tenía duende. Pero ¿qué es tener duende?, ¿en dónde localizarlo? Los críticos de arte podrán tener sus parámetros para identificar lo bueno y lo malo, pero ese duende, esa calidad que va más allá de éstos y actúa casi de modo involuntario en nosotros, está en otro lugar. ‘That elusively defined quality called ‘quality’” mencionó el editor de PEN International Magazine (donde uno de mis relatos saldrá a finales de agosto) en un intercambio que sostuvimos por correo.

Esta semana llegaron finalmente las fechas de dos eventos para los que había comprado boletos hacía muchos meses. El primero sucedió el jueves por la noche, en el Southbank Centre, y fue la interpretación de la London Philharmonic Orchestra de obras de John Adams (Shaker Loops), Philip Glass (Violin Concerto 1), y la premier mundial de la Sinfonía de Ravi Shankar. El segundo fue anoche, en el Barbican Centre, y se trató de un concierto de Caetano Veloso. Este evento no me dejó inerte como el de la semana pasada (en el mismo lugar) de los Dirty Projectors, sino que me pareció pésimo, incluso ofensivo (creo que fue evidente que me gustaba el Caetano de hace 30-40 años, no el actual); mientras que el de la filarmónica me gustó mucho. Pero, como dije al inicio, el sentir gusto por algo no lo coloca necesariamente en ese campo de la calidad.

Fue en el momento en que la sinfonía de Glass empezó, y el violín fue destazado por el infinitamente virtuoso y carismático Robert McDuffie, que pude rozar algo del entendimiento de esto llamado calidad: el cuerpo se me tensó, la piel se me erizó, y dos goterones enormes hicieron súbita aparición en mis ojos. Estaba agarrada como águila a mi asiento, como si me fuera a caer si me soltaba, y creo que si me hubiera soltado me hubiera caído en un precipicio llamado belleza, que como el mejor de los orgasmos convoca y asusta, porque nubla la mente, la aniquila, y nos sumerge en un universo donde el poder del cuerpo es avasallador, y en sus manifestaciones más primitivas nos dice: esto es calidad.

04

07 2010

Apantallarse

(Impresionarse, deslumbrarse)

Este viernes cumplí años. Pasé un buen día, un día normal, agradable, en su mayoría lejos de la computadora, en frente de la cual me he dado cuenta paso mucho tiempo. Londres se portó bien: me agasajó con buen clima y temperaturas finalmente dignas de finales de junio.

Al regresar a casa en la noche, e indefectiblemente buscar mi computadora, me encontré con un gran número de felicitaciones, muchas de ellas provenientes de Facebook, varias de ellas agregando a la felicitación un “¿dónde estás?”, o “donde quiera que estés”. Me pareció extraño leer esto, pero al pensarlo con más detenimiento me di cuenta de que era completamente lógico. Mis cumpleaños 25-29 los celebré en Copenhague, mis números 30 y 31 en Boston, el 32 en Estocolmo, y el actual, el 33, en Londres.

Me impactó un poco (impacto sin carga emocional) el ser conciente de los muchos lugares en los que he vivido en los últimos años, y en lo lógico de la frase de muchas de las personas que con mucho cariño me enviaron sus felicitaciones. ¿Cómo me ha impactado haberme movido tanto?, me pregunté. Esta es una pregunta que le había planteado en su momento a Ben (que se ha movido tanto como yo), una tarde de vagabundeo por Londres, pocos meses después de nuestra llegada a esta ciudad. Intercambiamos algunas ideas informales, pero no llegamos a ninguna conclusión definitiva.

¿Cómo se celebra un cumpleaños en Londres? Como en cualquier otra lugar: haciendo lo que a una le gusta, con la gente que se quiere. La mañana la pasé perezosa, mi computadora y yo dialogando, luego me monté en un segundo piso de un bus mirando a mi alrededor (me encanta ver por las ventanas), rumbo a Notting Hill, donde quedé con una buena amiga chilena-escocesa para comer en un restaurante tailandés de dudosa higiene y buena comida, de techito de paja, y gente con poco inglés. Pasamos horas allí conversando, no de libros ni cine ni nada “inteligente”, porque mi amiga habrá leído uno o dos libros de chismes en su vida y no más, y no sabe nada de cine, y mucho menos de literatura, pero tiene un corazón enorme, y la admiro porque ha vivido en al menos 10 países a lo largo de su vida (tiene 46), y se ha adaptado, y lo ha gozado, y hace los curris más exquisitos del planeta, y me da los consejos más sabios y honestos del universo. Luego anduvimos por las calles de Notting Hill que a ratos se convertían en magmas “tercermundistas” con su basura y sus olores, hablando distraídamente. Nos montamos en el metro, ella se bajó en Baker St., yo seguí hasta la parada del Barbican, donde me encontré con Ben. Fuimos a comer a un restaurante por allí, pasamos por una calle donde se celebraba un pequeño festival con mucha cerveza y música, nos sentamos en la terraza de un sitio, admirando la presencia industrial de Londres. Comimos, brindamos porque ya son 5 cumpleaños juntos, y porque nos seguimos queriendo, cada vez más. Caminamos por calles laberínticas rumbo al Barbican Centre, donde teníamos boletos para ver un show de la banda The Dirty Projectors en un experimento sinfónico con la orquesta Alarm Will Sound. Los 5 primeros minutos me entretuvieron, pero el resto me aburrió terriblemente, por parecerme un proyecto frío, pretencioso, y vacío. No cuestiono la calidad y el virtuosismo de los músicos, pero su pedante producción no hizo más que ponerme a escarbarme las uñas.

En el intermedio me topo a un conocido tico (costarricense) que se mudó de Costa Rica a Londres hace menos de dos años, que andaba con un amigo tico suyo que ahora vive aquí. Qué sorpresa, de los poquísimos ticos que habemos en el mundo, de los menos aún que salimos del país, y de los todavía más escasos que vivimos en Londres, habíamos 3 en un mismo lugar esa noche. Mi amigo me dijo que le estaba encantando el show, y me preguntó (dando por un hecho un ) por mi opinión. Su desencanto fue grande al escuchar un sentido no de mi parte; la conversación terminó segundos después.

En ese momento supe qué era lo que había aprendido a través de la dicha de haber visto y experimentado tanto en los últimos años de mi vida: he aprendido a no dejarme apantallar, y a valorar la honestidad.

27

06 2010

Lo que nos hace reír

Todo romance llega a su fin, y al llegar a este fin se abre la posibilidad de iniciar una relación real, con altos y bajos. El 8 de marzo de este año escribí en este blog un texto llamado “Seducción en el Barbican Centre” donde comentaba sobre mi adoración por este lugar, su atmósfera, y los espectáculos que allí había visto. Creo que este viernes el inicio de mi relación real con el Barbican se dio. Había comprado tiquetes para un show del que no sabía qué esperar, llamado I went to the house but did not enter. Lo primero que me llamó la atención fue el título, que me pareció infinitamente enigmático, y lo segundo fue la escenografía. El título continúa pareciéndome incitador, y la escenografía probó ser ingeniosa, pero el resto de la función fue un desastre somnífero.

La sala estaba llena de alemanes ya que Heiner Goebbels, el director de esta pieza, es un reconocido director y compositor de música alemán. Hubo risas en momentos en los que a mi esposo Ben y a mí nos fue imposible siquiera esgrimir una sonrisa. Tras cierto intercambio de opiniones, estuvimos de acuerdo en que se trataba de risas alemanas.

Mientras veía esta horrorosamente tediosa pieza teatral tuve que entretenerme con algún otro pensamiento, y lo que vino a mi cabeza fueron reflexiones sobre el humor. Pensé primero en lo cultural que tiende a ser, y recordé a un amigo mío costarricense casado con una mujer holandesa que, cuando yo aún vivía en Costa Rica, solía pasar por mi casa al menos cada sábado de por medio para ver Sábado Gigante. No estoy segura de si aún transmitan este programa o no, pero para quienes no lo conozcan, se trata -o trató- de un programa televisivo de concursos conducido por un mujeriego chileno llamado Don Franciscoooooo, que todo el show se dedicaba a hacer chistes sexuales a las modelos y mujeres participantes. Suena horrible, lo sé, pero lo cierto es que en algunos momentos no podía evitar reírme con mi amigo de las barrabasadas que salían de boca de este hombre que más bien parecía un sapo. Su esposa, proveniente de países con un set de valores muy distintos, o no podía permitirse reír con estos chistes, o no le hacían ninguna gracia.

Cuando estaba convencida de que el humor es absolutamente dependiente de la cultura o el país de proveniencia, recordé la primera noche que pasé con Ben, y empecé a dudar de mi hipótesis. Ben es de Michigan, Estados Unidos, yo de San José, Costa Rica, pero pese a esta diferencia de cultura y proveniencia, jamás nadie me había hecho reír tanto y con tantas ganas como lo hizo él la primera noche que salimos juntos. Llevamos 4 años de relación, y aunque en ocasiones tengo que pararlo en seco y decirle con todo el cariño del mundo que deje de contarme ciertos chistes, porque no me hacen ni me harán gracia nunca, en su mayoría tenemos una relación de muchas risas y diversión.

¿Qué es entonces lo que nos hace reír?, pensaba mientras la ópera alemana-británica continuaba como un ruido necio en el fondo. Pensé posteriormente que, nos guste admitirlo o no, Hollywood parece haber encontrado parte de la fórmula universal del humor. Estaría dispuesta a apostar que no hay nadie sobre la faz de la tierra que no se haya reído al menos en una escena al ver una película como Meet the Parents. Yo, al menos, me reí en casi todas las escenas de este film, así como en las de su continuación.

Hacia el final de mis reflexiones, cuando había considerado el aspecto cultural y el universal en el humor sin llegar a conclusiones certeras, me emocionó la idea de poder saber qué pensarían otras personas al respecto. ¿Habrá contribuido Hollywood a globalizar el humor, o habrá explotado esa parte ya global de lo que nos hace reír?, ¿cómo es que podemos reírnos con amigos que no solo tienen códigos culturales distintos a los nuestros sino también lenguas diferentes?, ¿por qué hay chistes que funcionan y chistes que no? Estas son algunas de las muchas preguntas que cruzaron mi mente sentada en medio de aquel público alemán que se reía de algo que yo no pude entender. Dejo el final de este blog en sus manos, curiosa de escuchar sus opiniones sobre ¿qué es lo que nos hace reír?

02

05 2010