Posts Tagged ‘amor’

Re-visitar la infancia

A mis 33 años, y después de haber pasado los últimos dieciocho meses de mi vida en un estado de decisiva reclusión, me doy cuenta de que estoy cambiando, y me sorprendo. No por el cambio en sí mismo, sino por su dirección: cada día que pasa me siento más y más parecida a la niña que fui.

Al pensar en mi infancia lo primero que recuerdo es que de niña no le temía a la soledad, sino que por el contrario la disfrutaba. El tiempo a solas era el que dedicaba a las actividades que más me apasionaban. Leía, veía películas en un proyector que me había traído “Santa”, representaba elaboradas tramas con mis muñecas, y escribía cuentos. Uno de mis primeros relatos se llamó “El ajo y la cebolla”, y trataba sobre los conflictos de convivencia entre los elementos de una ensalada. De niña también tenía la capacidad de relacionarme con los otros de un modo que perdí en la adolescencia, con un gozo puro y egoísta donde no había cabida para la autocensura y el temor a no agradar. Mi contacto con el barrio estuvo marcado por el canto, en el que tuve dos épocas inconfundibles. La primera (producto de la influencia de mi devota abuela materna) fue la del canto religioso, y la segunda (motivada por mi adoración de la película “La mochila azul” y su actor Pedrito Fernández) la del cinematográfico. Durante los días del canto religioso, que era dramático y asustaba un poco a las personas a mi alrededor, salía de casa en piyama (fue durante las vacaciones de verano), y lloraba y lanzaba oraciones al cielo, implorándole que nos perdonara por la muerte de la virgen salvadora. Los cantos de la mochila azul fueron mucho más amenos, además de lucrativos. Salía de mi casa con el LP de la banda sonora de la película bajo el brazo, me acomodaba el enorme sombrero de terciopelo negro que la pareja de mi mamá tenía reservado para el día de tope nacional y que me prestaba para hacer mis visitas musicales, tocaba a la puerta de mis vecinos, entraba, les entregaba el disco, y les pedía que lo pusieran a sonar. Me acomodaba el sombrero una última vez y cantaba qué te pasa, chiquillo qué te pasa… como si la vida se me fuera a desplomar ante los ojos. Tras los aplausos extendía la mano, que respondía emocionada ante el roce metálico de las monedas, y salía con el disco de nuevo bajo el brazo, rumbo a la siguiente casa.

Por desgracia no todo en mi infancia es memorable, pero lo que me interesa rescatar desde mi presente es esa capacidad, que apenas empiezo a recobrar, de poder estar a solas y estar bien, de dar porque se me antoja, de ser quien soy sin tantos remordimientos.

Hace pocos días vi un video de Carlos Boyero, el crítico de cine de El País, en el que celebraba el aniversario de los estudios de cine Pixar, pioneros precisamente del desdibujamiento de la línea divisoria entre lo adulto y lo infantil, y enfatizaba que el amor -no el gusto- por el cine es algo que se pilla en la infancia, y nunca más. Al escucharlo, una pieza terminó de acomodarse en mí, y me di cuenta de que el cambio que experimento, y que al principio me asustó, es uno de los más emocionantes de mi vida: me estoy acercando a ese lugar primigenio, y largamente descuidado, donde residen y siempre han residido mis primeras pasiones y amores; eso que supongo podemos llamar la esencia de nuestro ser.

13

04 2011

Hecho con amor

Estoy a poco, muy poco (dos o tres páginas, calculo), de terminar mi primer libro de relatos; al menos de terminar el consolidado de historias, ya que después viene la ardua tarea de revisión. Mi intención era haber concluido la historia final en el transcurso de esta semana, pero no sucedió; no solo porque la historia es mucho más compleja y demanda más extensión que las demás (por incluir mucho detalle histórico), sino porque he tenido que superar múltiples parálisis antes de meterme de lleno en ella.

La parálisis inicial creía estaba ligada a la estructura del relato: cómo contar lo que quería contar. Después de meditar al respecto por varios días (que quizás llegaron a semanas) ideé una solución que me pareció satisfactoria, pero aún así no me pude dar a la tarea de poner por escrito las ideas que ya empezaban a pesar en mi cabeza. A mediados de esta semana me forcé (podía sentir unos enormes brazos empujándome hacia el escritorio) a empezar a escribirla. El proceso fue más interesante y agradable de lo que esperaba, y avancé con considerable rapidez.

El asunto, sin embargo, es que aún me quedan una o dos páginas pendientes, y me he venido preguntando por qué sigo postergando este final (que sucederá, me conozco lo suficiente como para afirmar esto).

Escribir y querer (o poder) publicar es un proceso extraño. Se dice que la escritura es un quehacer solitario, lo que es una de las frases más trilladas y verdaderas que existen. Se sienta una con su cabeza y sus ideas a producir relatos que en un principio surgen como construcciones de un total autohedonismo: ¿me gusta?, ¿me suena bien?, ¿me parece bueno? Habiendo respondido con un sí a todas o la mayoría de las preguntas, se lanza una a tratar  de que una editorial piense lo mismo, y se desea que posteriormente, los lectores, o al menos algunos, compartan este gusto.

Lo que es extraño, y contradictorio, de este proceso es que se crea para una y se publica para los demás. Lo que una crea es controlable hasta cierto punto, pero no el gusto de los otros. Esta imposibilidad de saber cómo este libro que he venido encubando vaya a ser recibido se convirtió en un incómodo boicot del fin. Esta preocupación creció al darme cuenta de que un libro que considero radicalmente distinto a lo que yo escribo se está convirtiendo en el nuevo estándar de “calidad” de lo que una escritora latinoamericana joven debe producir.

El libro en cuestión es “Las Teorías Salvajes” de Pola Oloixarac. No tenía intenciones de leer este libro, al menos no aún, ya que no quería bloquearme de más, pero hace unos días leí una crítica (una de las que no favorecen para nada a este libro) que lo describía como una novela sin amor, y fue este comentario el que me motivó a conseguir el texto, precisamente porque mi libro gira en torno al amor (o así lo espero): está compuesto por una variedad de personajes de diferentes edades y latitudes que tratan de construir una vida más honesta, real, significativa, donde el dejar de temer y empezar a amar resulta clave.

Llevo apenas unas 40 páginas del libro de Pola, y es cierto, allí no veo amor. Veo una impostura intelectual, un deseo desesperado de no ser vista como mujer escritora, un hambre de innovar solo porque sí, recurriendo al recurso de la violencia y lo grotesco. Pasé dos días muy pre-ocupada de cómo podría mi libro, que gira sobre temas vistos como trillados y sosos por muchos, ser recibido en un clima editorial donde lo que perturba es lo que vende, y concluí que no valía la pena continuar alimentado esta parálisis. Terminaré la historia, persistiré para ver este libro publicado, porque quiero pensar que sigue habiendo cabida en este mundo para textos hechos con amor.

08

08 2010

Del temor al amor

Hace muchos años era más joven, y tenía unas ideas que ahora me avergüenzan sobre las relaciones. Entré a la escuela de psicología teniendo 17 años, el novio del que hablé la semana pasada estaba en Kansas, escasez de correo electrónico, comunicaciones distanciadas, un primer amor que termina. Tengo 17 años y de repente mi mundo se ve rodeado de ideas radicales, libres pensadores, anarquistas, marihuana, guitarras, progres. Me voy convirtiendo en uno de ellos poco a poco, cambio mis ropas compradas en Miami por ropas de segunda mano adquiridas en tiendas de ropa americana, empiezo a descuidar mi aspecto físico, escucho a Silvio Rodríguez, fumo un poco de esto y de aquello, cambio de amistades, me intereso por el “arte”, me adentro en un universo que se me sale de las manos, y empiezo a copiar. Copio ideas que no son mías sobre la vida, las relaciones y el amor, ideas que nunca llego a comprender pero que son las que hay que tener cuando se estudia psicología y se tiene amigos “artistas”. Ideas donde el amor, la fidelidad, lo sano, son valores anticuados. Me involucro en un sin fin de turbias relaciones, con un vacío que no hace sino crecer, sostengo que el amor es una palabra trillada y pasada de moda.

Un sábado por la mañana estoy sentada frente al psicólogo al que venía viendo por meses, le cuento historias que de solo recordar me hacen temblar de dolor, él calla, me mira a los ojos, sonríe de un modo extraño, un modo compasivo pero duro a la vez, y me dice lo equivocada que estoy, lo poco que entiendo de la vida, pensando que el amor es algo desdeñable cuando es lo más difícil de tener en esta vida. Lo miro, algo se empieza a romper, pero no del todo. Soy muy joven aún.

Pasan los años y el vacío no cesa, vivo ahora en Dinamarca, me caso por primera vez por motivos que no puedo relacionar con el amor, me divorcio, de nuevo la turbulencia, los brazos efímeros, empiezo a sostener la idea teórica de las relaciones abiertas, porque estoy en un país liberal, y supongo que suena bien cosechar dichos planteamientos. Hablo con un entonces amigo, director de teatro sueco, hijo de la bohemia escandinava, que tras escuchar mis palabras huecas y grandilocuentes me mira también con dureza y extrañeza, y me cuenta sobre el desenlace experimentado por sus padres tras años de poner en práctica esta idea: su padre es encontrado en una tina drogado, con las muñecas destazadas, flotando en una piscina roja mientras su madre se revuelca en la sala con tres desconocidos. Lo escucho, eso que se había empezado a romper años atrás cruje, y me doy cuenta de que esa desnudez interna que he venido sintiendo se llama desamor.

Esta semana vi una película hermosa, porque ahora prefiero lo hermoso, lo que comunica, lo que se conecta con una parte más real en mí, y esta película era todo esto. El film en cuestión es ‘El Secreto de sus Ojos’, producción que ganó el Oscar a mejor película extranjera este año, una película de amor, de final feliz, de personajes que se atreven a decirse las verdades y a buscar una vida honesta, inédita. Darín (Espósito), quien tras años de postergación se confronta con la desgarradora pregunta de ‘¿cómo se hace para vivir una vida llena de nada?’, ha decidido enmendar su camino, sellar ese vacío que había venido cargando por 25 años, consciente de que nunca es demasiado tarde para empezar a vivir.

Al inicio de la película Darín escribe en un papel la palabra ‘Temo’, que es el sentimiento que lo acompaña a lo largo de su travesía. Al final del film logra cambiar su mensaje del temor al amor, escribiendo ‘Te Amo’ en aquel papel. Yo estoy en lo mismo, introduciendo esa A en cada espacio de vida posible, y en ese afán no pasan los días, sino que son.

20

06 2010