Reproducción

La pregunta sobre el tener o no hijos es una que aparece en el universo femenino desde ese momento en que menstruamos por primera vez. Eso significa que si tenemos cerca de 30 años (33 en mi caso) y no tenemos hijos aún hemos venido cargando con esa interrogante alrededor de 15 años. Siempre pensé que tendría hijos, siempre lo vi como algo que “sucedería un día”. A mis 15 años me dije que “cuando fuera grande”, lo que me parecía era a los 25. A los 25 me sentía terriblemente joven y me dije que más tarde, por ahí de los 30. A los 30, estando ya en un relación sólida con una persona que amo y con la que espero pasar el resto de mi vida, me dije que “un día de estos”. Han pasado 3 años desde entonces y ese día no se concreta.

Es extraño que este hecho me haya convertido en minoría, casi en un fenómeno sociobiológico. Vivo en un mundo que siento como una conejera, compuesto por parejas jóvenes que se reproducen con la facilidad y rapidez con la que se planea una vacación. Facebook está lleno de bebés y las conversaciones, especialmente las familiares, están teñidas por ese discreto “¿para cuándo?” Tengo más de 15 años incubando esta pregunta, y la verdad es que entre más observo a mi alrededor más miedo tengo de la reproducción. Veo a parejas teniendo niños casi siempre por motivos “equivocados”. No es mi intención moralizar ni pretender ser la portadora de una verdad que ni yo misma logro entender, pero no soy capaz de ver nada positivo para la pareja, para cada individuo y mucho menos para la criatura, en el hecho de que la concepción tienda a ser vista como un antídoto contra la soledad, la incapacidad para lidiar con nuestros propios vacíos, el aburrimiento y una relación agonizante. Igualmente espeluznante me parece el argumento, tan común, de que se tienen hijos “porque es lo que todo mundo hace”.

Hace unos 4 años leí un libro titulado “Tenemos que hablar de Kevin” (escrito por la norteamericana Lionel Shriver) que me impactó mucho por ser la primera novela que leía que plasmaba, sin concesiones, el oscuro panorama que prosigue a la concepción por razones “equivocadas”. Es ficción, podría decir la gente, en la vida real las cosas son diferentes. El problema es que en la vida real observo lo mismo (con variaciones temáticas). Veo a parejas que actúan movidas por la desidia o la tradición reproducirse y quejarse ante el resultado (falta de sueño, estrés, gastos impagables, falta de tiempo para sí mismos), y a parejas que tenían chispa y una buena dinámica que a falta de preguntarse y responderse por qué querían un hijo se ven avasalladas por la misma amargura y tensiones. No dudo que los niños y niñas traigan grandes alegrías y que por algunos años le den a esos adultos la sensación de completud y sentido que ellos mismos no se esforzaron por encontrar, pero qué pasa cuando esos niños crecen y son adolescentes que se rebelan y ya no son tan tiernos, o qué pasa cuando son adultos y crecen y ya no necesitan de sus padres. Qué pasa entonces con aquellas personas que a sus 30 o menos años pensaron (o pensaron poco) que el asunto no era tan complicado y que ya se la jugarían, como dicen en Costa Rica, y se dan cuenta a los 50 años que aquellas preguntas y vacíos de los que no se ocuparon entonces no desaparecieron entre los pañales y las horas de sueño perdidas, sino que siguen allí, enormes y apestosas, y no se van a ir hasta ser atendidas.

Hay una escena en la historia del cine cruda e inolvidable, y que en estos meses de preguntas sobre el tener o no niños me ha tocado a la puerta. Se trata del final de la película “Who’s Afraid of Virginia Woolf?”. Ese amanecer desolador y tristísimo que llega tras una noche tormentosa en que la verdad del niño ficticio que Liz Taylor y Richard Burton (casados entonces e interpretando a Martha y George) muere. George decide cambiar las reglas del juego y “asesina” al niño fantasma, que parece ser lo único que le ha dado sentido a su relación y a sus vidas. Los invitados se marchan y ellos se quedan solos, junto a la ventana de la sala, destrozados. Liz Taylor, que está sentada en un sillón, con la mirada perdida y el pelo desgreñado, le pregunta a Richard Burton (George): “¿Solo nosotros?” Él, que está de pie junto a ella, con una mano sobre su hombro, responde con un seco “Sí”, y procede a cantar suavemente “¿Quién le teme a Virginia Woolf Virginia Woolf Virginia Woolf?”. Liz Taylor, rota, responde “Yo, George, yo”.

No sé cuánto tiempo más me lleve encontrar una repuesta “no equivocada” al asunto de los hijos, o si la respuesta vaya a llegar del todo. Lo que sí se es que paralelo al tiempo de la pregunta trataré de entenderme mejor y sanar heridas pasadas. Quizá en el proceso llegue el día en que sienta un amor propio y un balance tan sólido dentro de mí que me lleve a ser madre, o quizá no, y no pasa nada, la vida sigue.

Who’s Afraid of Virginia Woolf? – The Son’s Funeral from Movie Reference on Vimeo.

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30

01 2011

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  1. Fede #
    1

    Si los padres de cada uno de nosotros, no se hubieran “equivocado”, “jugado” o “tratado de contruibuir con la especie”, no existiriamos

    En mi caso, creo que tuve hijos para trascender, para saber que una parte de mi, continuara viva el dia que no este, y mis hijos me recordaran, ojala con un buen recuerdo del tiempo que vivimos juntos en este epoca

    Si uno pensara en la “dificultad” que significa criar hijos (no crearlos, eso es muy facil, para algunos), entonces no nos casariamos, o no nos endeudariamos para comprar una casa, o un carro…
    Todo en la vida requiere un sacrificio y una obligacion, nada mas hay que tener claro a lo que uno va, y no hacerse ilusiones falsas que todo va a ser como en las peliculas rosas

    • saracaba #
      2

      Hola. Hablás desde la experiencia y te escucho, pero el asunto no es equivocarse o jugársela, el asunto es bajo qué circunstancias lo hacemos. La vida en sí es apuesta y aprendizaje continuo. Nadie puede ver el futuro y por lo mismo todo es riesgo. Yo me casé una primera vez, me la traté de jugar y me di cuenta de que me había equivocado. No pasa nada, aprendí, continué, me divorcié y el daño o el dolor que se causó quedó en el pasado. Pero me pregunto, ¿qué hubiera pasado si de esa unión equivocada hubiera nacido un hijo o hija por un intento desesperado? Más desastres que satisfacciones, probablemente. Obviamente existimos gracias a la reproducción. No propongo una idea anti reproductiva, sino el tomarse el tiempo que requiera llegar a una respuesta única y sostenible al por qué tener hijos. Si nunca llegamos a esta repuesta bien, que no se tengan hijos, y si llegamos enhorabuena, seguramente esos niños y niñas crecerán para ser personas menos rotas y heridas.

  2. Fede #
    3

    Creo que nunca es la edad perfecta para tener hijos…
    Siempre pienso que tuve mi primer hijo a buena edad (30), cuando ya habia cerrado algunos ciclos en mi vida…
    Pero siento que Daniela nacio cuando ya me siento un “poco viejo” para tener hijos (36). Jejeje
    A veces pienso que me gustaria tener un hijo adolescente, para poder compartir mas cosas con el, ahora que sigo aun “joven” y “a la moda”, pero eso hubiera implicado que Sebas naciera cuando hubiese tenido 20, lo cual hubiera sido (probablemente) un caos en mi vida de adulto joven, fiestero y “pica-flor”

    Todo llega cuando uno lo quiere o lo necesita. Eso si, tener hijos debe ser una decision, no una imposicion social.

    • saracaba #
      4

      Varia gente con hijos me ha dicho (o de sus palabras he deducido) que el ver a los hijos crecer hace más evidente el paso del tiempo en tu propia vida. Quién sabe sabe si parte del miedo a “reproducirse” venga de allí. Una variante del deseo de inmortalidad que motiva a algunos a tener hijos.

  3. Fede #
    5

    Pues si.. ver crecer a tus hijos hace que sintas que los años pasan por vos

    De hecho yo tengo una frase: “Empece a envejecer el dia que mi hijo nacio”
    Copyright por si acaso.. jejeje

  4. Ricardo Bada #
    6

    Lo copio aquí por la luz que pudiera arrojar sobre el tema (el afán de inmortalizarnos, etc.), este soneto del onubense José Manuel de Lara :
    «Dentro de ti me encontrarás un día
    cuando cubra tu voz mi sombra inerte.
    Algo mío tendrás tras de mi muerte
    al hacer aquel gesto que yo hacía.
    Desde mi ausencia, entonces, yo querría
    algo más que un silencio que ofrecerte.
    Esta nostalgia gris que ya se vierte
    hacia tu soledad, desde la mía.
    Hasta ti llegaré en la madrugada,
    y en todo me hallarás, no estando en nada.
    Después me iré perdiendo en el olvido.
    Y si el tiempo borrase hasta mi nombre,
    ese día sabrás, hijo, que el hombre,
    cuando deja su sangre, no se ha ido».

    • saracaba #
      7

      Querido Ricardo, me ha conmovido muchísimo este soneto. Gracias por tu aporte. Espero que mi hermano Federico lo vea, porque creo que plasma sus intenciones palabra por palabra. Nosotros crecimos sin un papá, y aún así la gente que lo conoció y nos conoció a nosotros después (Costa Rica y más aún San José son pequeñas islas) nos decía que teníamos los mismos gestos y poses. Esta fue la primera vez que pensé en lo poderoso de la genética, y en el hueco que deja cuando no hay nadie allí, solo un gen, para sostenerla. Es como cargar la orfandad en la cara, en la sonrisa, en el modo de caminar. Muchos abrazos. Sara.



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