Más allá de las ideas

Lo que más me impactó al estar frente a la tumba de Marx, en el cementerio de Highgate en Londres, fue el tamaño soberbio de la cabeza sin cuerpo que decora su sepulcro. La decisión de prescindir del resto, como si no importara, me incomodó, y me hizo recordar una relación que tuve hace años con un hombre que probablemente se hubiera sentido identificado con tal decisión.

A Aníbal lo conocí en un proyecto dirigido a la atención de jóvenes ex convictos al que me uní como voluntaria en mi segundo año de psicología. Filósofo y director de teatro, lideraba el grupo de estudio en el que se discutían las teorías que sustentarían los modelos de tratamiento elegidos. Cuando yo me incorporé estaban leyendo “Vigilar y castigar” de Michel Foucault. Aníbal no era un hombre guapo. Tenía un estómago un poco flácido, llevaba anteojos de aro negro muy pequeños para su rostro, y había un dejo de rasgos indígenas en su pelo y en su piel que parecían incomodarle por no calzar con su idea de intelectual europeo. Sin embargo, ante mi joven mirada se convertía en el hombre más apasionante, y hasta hermoso, cuando pronunciaba palabras como panóptico, que me parecían de una profundidad y belleza insondables. Yo le gusté a Aníbal, quien no pareció reparar en los más de diez años que nos separaban, e iniciamos una relación llena de libros, caminatas y citas bibliográficas. Salíamos del trabajo, que estaba ubicado en una de las peores zonas de la capital costarricense, a eso de las diez de la noche, y vagábamos por un San José que se iba transformando en lo que imaginábamos era París. Entrábamos en cafés en extinción, de música de boleros y borrachos taciturnos, donde yo escuchaba con devoción sus citas y sus palabras complicadas, y me sonrojaba cada vez que él me llamaba Castorcilla; derivación del modo en que Sartre y otros llamaban a de Beauvoir, ya que en aquel tiempo yo decoraba mi cabeza con pañuelos, como lo hacía la intelectual francesa. Después de haber agotado los cafés de la ciudad continuábamos rumbo a su casa, situada en la zona roja de San José, que a esas horas de la noche era el hogar de prostitutas y piedreros. En la parte alta de una especie de garaje-búnker, donde vivía con su mamá y hermano, Aníbal había creado un mundo que no tenía nada que ver con el de afuera. Música clásica, libros abarrotando paredes y superficies, y un búho metálico que colgaba de la única ventana del cuarto. Al llegar tomaba un libro, leía algún pasaje, y me besaba; mientras el búho nos observaba en silencio.

Fui la primera en sorprenderme cuando sus citas y sus palabras me empezaron a cansar. Quería saber más de él, escuchar una frase que no empezara con “pienso” o “como dijo”, pero me fui dando cuenta de que esa puerta estaba sellada. Una noche de caminata comencé a darle pequeños puñetazos en el brazo y pataditas en sus piernas mientras hablaba y trataba de deslumbrarme con intrincadas teorías. Fue algo espontáneo, que inicié como un juego, pero que se fue transformando en una inconfundible muestra de hastío. Aníbal me miraba de vez en cuando desconcertado, pero aún así continuaba, “pienso que el núcleo del postestructuralismo, como ya lo dijo….”, hasta que la intensidad de mis golpes fue tal que lo obligaron, poco antes de llegar a su guarida, a detenerse y confrontar mis acciones. “¿Por qué en vez de golpearme no me acariciás o besás?” me dijo con soberbia. Yo miré a mi hasta entonces maestro, dando cátedra en medio de prostitutas y drogadictos, y lo único que le pude decir fue “¿y vos por qué en lugar de decir tanto pienso no empezás a decir siento?”

Esa noche me despedí del búho, de los libros, de aquel hombre de palabras enredadas al que nunca llegué a conocer, y poco a poco de aquella muchacha que quería ser de Beauvoir. Hace apenas tres semanas, estando de pie frente a la tumba de Marx, reafirmé lo que ya intuía a mis diecinueve años: que no somos lo que pensamos sino lo que sentimos.

04

05 2011

Una cana y el tiempo

Cuando mi esposo Ben entró a mi vida yo apenas me reponía del divorcio con mi primer marido, y no esperaba nada del amor ni de las relaciones. Jamás hubiera podido imaginar, al leer el correo donde me invitaba a comer pizza al apartamento donde se había mudado tras la separación de su ex esposa danesa, que iba a terminar, no sólo enamorándome de este muchacho que había conocido en mis clases de maestría, sino también casándome con él.

Con Ben hubo una conexión importante desde el primer momento: ambos conocimos a nuestros ex daneses en Costa Rica (Ben vivió allá por un tiempo) y ambos partimos rumbo a Dinamarca desde mi país el mismo mes del mismo año, aún sin conocernos. Sin embargo, esta confluencia de hechos, que más tarde llegué a ver como una prueba irrefutable de que estábamos destinados a estar juntos, no me parecía entonces más que una curiosa coincidencia.

Ben era un muchacho guapo y divertido, pero fue su juventud lo que me impidió verlo de un modo diferente al conocerlo. Mis intereses de pareja habían estado históricamente dirigidos a hombres mayores o bastante mayores que yo, por creer que los años eran sinónimo de madurez y entereza. Fui la primera en sorprenderme, aquella noche de pizza, cuando las risas se fueron diluyendo en miradas incitadoras y roces de piel dilatados. Me dejé querer por Ben pese a su edad, pero no sin reservas. Mientras observaba su rostro acercarse a mí sin tregua, enrojecido por el vino y la emoción, sus labios que todavía le temblaban producto de la reciente confesión amorosa, sus ojos tan azules e inocentes, imaginé con desolador detalle el momento futuro en que me decía que lo había intentado, pero que no me podía querer.

Hace un par de semanas estábamos en la cama, yo leyendo y él haciendo algo tecnológico con su Ipad, cuando al dejar el libro de lado para mirarlo por un rato (porque todavía, después de años de unión y matrimonio no me deja de sorprender que sea él el hombre con el que me acuesto cada noche de mi vida), noté su primera cana, erigida con soberbia en medio de su abundante melena de pelo negro. La observé con dolor e impotencia, y lo único que pude decirle fue que no era justo, que él no podía envejecer. Ben, que ya había visto la cana y había elaborado su ritual de aceptación a solas, se rió, me besó la mano, y volvió a deslizar su dedo sobre la pantalla electrónica.

A mí me fue imposible regresar a la lectura. Lo seguí mirando, mientras la impotencia y el dolor dieron paso a una frustración de la que no me logro reponer. No es frustración con él, que ha dejado de ser aquel muchacho al que una vez besé por primera vez y se ha convertido en un hombre que me ha aprendido a amar, sino con el paso del tiempo y ese modo contundente, y a veces cruel, que tiene de demostrarnos que no hay vuelta atrás.

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27

04 2011

A Woman Under the Influence

Este fin de semana vi finalmente una película que tenía pendiente desde hace años. A Woman Under the Influence (1974), de John Cassavetes, valió cada minuto de la espera. Es una de las películas que más me ha impactado, no sólo por las sensaciones y reacciones que generó en mí mientras la veía (vértigo, risa, dolor, enojo, compasión) sino también por la duración del efecto, que no me deja a pesar de los días. Creo que lo más valioso de esta producción, aparte de las monumentales actuaciones de Peter Falk y Gena Rowlands, es la multidimensionalidad y profundidad de sus personajes. Al terminar de ver la película, que concluye con una desgarradora escena donde el protagonista no le puede contestar a su esposa si aún la quiere, al regresar ella de una larga estadía en una clínica mental, me sentí muy triste y conmovida. Ben me preguntó si era porque me había identificado con la protagonista, una bella mujer quizá injustamente tachada de loca, y yo le dije que sí, pero también con el esposo y su cansancio, con su madre y el dolor de ver a su hijo casado con una “loca”, con los padres de la “loca” por sentirse culpables de la disfuncionalidad de su hija, con los hijos de ella por querer a una mujer que no siempre puede estar allí.

Hace unos seis meses terminé de escribir el primer borrador de una colección de cuentos compuesta por relatos correspondientes a los diferentes momentos de desarrollo de nuestras vidas. El proyecto me emocionaba, y escribí con ahínco un total de catorce historias que en su momento me gustaron, pero que con el tiempo empecé a sentir falsas y huecas. Pese a leerlas y releerlas no lograba encontrar el fallo. Fue Larry, mi terapeuta, guía y últimamente consejero editorial, quien me ayudó a identificar el problema. “Tus historias son planas y unidimensionales”, me dijo, “estás escribiendo sobre emociones que no entendés y el resultado no puede ser más que maniqueo”. “Pasás corriendo por tus emociones, tenés miedo de ellas” concluyó. Las palabras de Larry me impactaron ya que siempre había pensado en mí como una persona en contacto con sus emociones, pero lo cierto es que les he temido, en especial a las de ese grupo “feo”, el de la envidia, el dolor, la tristeza, el enojo, por creer que al sentirlas pierdo un pulso con la vida (“no me vas a hacer sufrir ni me vas a ver llorar”). Ese día en que se inició como consejero editorial, Larry me asignó un ejercicio donde debía construir un personaje que se moviera en al menos dos dimensiones: la de los eventos externos y la del flujo interno de pensamientos y sentimientos.

Esta tarea, que al principio me pareció relativamente fácil, se ha convertido en una historia en la que llevo cinco meses trabajando y que ha sido (y está siendo) uno de los ejercicios de escritura y de vida más demandantes a los que me haya sometido, por obligarme no sólo a observar con detenimiento y sin contemplaciones mis propias emociones, sino las de los otros. Ha habido momentos en los que he querido dejar el proyecto, tratar de tomar un rumbo más superficial, escribir relatos centrados en los giros dramáticos y no en la profundidad de los personajes, pero me he dado cuenta de que no hay vuelta atrás en este camino, que ya no puedo dejar de ver más allá de mi fachada y la de los demás, y que lo único que me queda por hacer es continuar trabajando con tenacidad y compasión, deseando que llegue el día en que a través de mi escritura pueda crear personajes acaso parecidos a los que Cassavetes me ofreció, tan profundos, tan humanos que se llegue a olvidar que son letras las que corren por sus venas.

20

04 2011

Re-visitar la infancia

A mis 33 años, y después de haber pasado los últimos dieciocho meses de mi vida en un estado de decisiva reclusión, me doy cuenta de que estoy cambiando, y me sorprendo. No por el cambio en sí mismo, sino por su dirección: cada día que pasa me siento más y más parecida a la niña que fui.

Al pensar en mi infancia lo primero que recuerdo es que de niña no le temía a la soledad, sino que por el contrario la disfrutaba. El tiempo a solas era el que dedicaba a las actividades que más me apasionaban. Leía, veía películas en un proyector que me había traído “Santa”, representaba elaboradas tramas con mis muñecas, y escribía cuentos. Uno de mis primeros relatos se llamó “El ajo y la cebolla”, y trataba sobre los conflictos de convivencia entre los elementos de una ensalada. De niña también tenía la capacidad de relacionarme con los otros de un modo que perdí en la adolescencia, con un gozo puro y egoísta donde no había cabida para la autocensura y el temor a no agradar. Mi contacto con el barrio estuvo marcado por el canto, en el que tuve dos épocas inconfundibles. La primera (producto de la influencia de mi devota abuela materna) fue la del canto religioso, y la segunda (motivada por mi adoración de la película “La mochila azul” y su actor Pedrito Fernández) la del cinematográfico. Durante los días del canto religioso, que era dramático y asustaba un poco a las personas a mi alrededor, salía de casa en piyama (fue durante las vacaciones de verano), y lloraba y lanzaba oraciones al cielo, implorándole que nos perdonara por la muerte de la virgen salvadora. Los cantos de la mochila azul fueron mucho más amenos, además de lucrativos. Salía de mi casa con el LP de la banda sonora de la película bajo el brazo, me acomodaba el enorme sombrero de terciopelo negro que la pareja de mi mamá tenía reservado para el día de tope nacional y que me prestaba para hacer mis visitas musicales, tocaba a la puerta de mis vecinos, entraba, les entregaba el disco, y les pedía que lo pusieran a sonar. Me acomodaba el sombrero una última vez y cantaba qué te pasa, chiquillo qué te pasa… como si la vida se me fuera a desplomar ante los ojos. Tras los aplausos extendía la mano, que respondía emocionada ante el roce metálico de las monedas, y salía con el disco de nuevo bajo el brazo, rumbo a la siguiente casa.

Por desgracia no todo en mi infancia es memorable, pero lo que me interesa rescatar desde mi presente es esa capacidad, que apenas empiezo a recobrar, de poder estar a solas y estar bien, de dar porque se me antoja, de ser quien soy sin tantos remordimientos.

Hace pocos días vi un video de Carlos Boyero, el crítico de cine de El País, en el que celebraba el aniversario de los estudios de cine Pixar, pioneros precisamente del desdibujamiento de la línea divisoria entre lo adulto y lo infantil, y enfatizaba que el amor -no el gusto- por el cine es algo que se pilla en la infancia, y nunca más. Al escucharlo, una pieza terminó de acomodarse en mí, y me di cuenta de que el cambio que experimento, y que al principio me asustó, es uno de los más emocionantes de mi vida: me estoy acercando a ese lugar primigenio, y largamente descuidado, donde residen y siempre han residido mis primeras pasiones y amores; eso que supongo podemos llamar la esencia de nuestro ser.

13

04 2011

Mi ciudad

La necesidad de los humanos de apropiarnos del espacio que habitamos es tan elemental como la de alimentarnos. Llegamos a un hotel, colocamos nuestra maleta en una esquina que se presta ideal para este propósito, colgamos una prenda en el armario, ponemos un libro sobre la mesa de noche, y en cuestión de minutos ya no es el cuarto 45, sino nuestra habitación. Lo mismo hacemos al mudarnos a una ciudad extranjera, aunque el proceso, en esta ocasión, sea más intenso y duradero. Recorremos calles que al principio no entendemos, entramos en supermercados que venden productos irreconocibles, confundimos plazas y edificios, tomamos las rutas más transitadas y menos convenientes para ir a casa; hasta que finalmente llega el día en que la ciudad se transforma y deja de ser un espacio impersonal y retador. Entendemos las calles, los atajos, dejamos de confundir las plazas, sabemos dónde se consigue el pescado más fresco, o los mejores mangos y aguacates, caminamos cinco minutos más para llegar a la estación desde la que sale el bus que mejor nos conecta con casa. Al cabo de un tiempo logramos apropiarnos del espacio a nuestro alrededor y lo convertimos en hogar.

Este proceso, que había sucedido sin mayores contratiempos en las ciudades en las que he vivido, ha resultado particularmente difícil en Londres. Después de reflexionar al respecto, he llegado a la conclusión de que esta dificultad responde a dos motivos. El primero es que Londres no es una ciudad unitaria. No se conoce Londres, sino un Londres, dependiendo del grupo al que se pertenece. Está el de los ingleses, esa gente que una ve en las calles, metro y tiendas, y que se ha dedicado a construir una muralla protectora alrededor de la “inglesidad” que aún conserva su ciudad. Por otro lado estamos los que no somos de aquí y conformamos una masa creciente que, relegada al exterior de la muralla, flota en una ciudad que poco tiene que ver con Inglaterra, y que bien podría ser una gran metrópoli de cualquier lugar del mundo.

El segundo motivo por el que es difícil personalizar esta ciudad es porque todo, o casi todo en ella, se ha convertido en símbolo universal. Dondequiera que se mire, Londres ofrece un ícono: El Big Ben, los buses rojos de dos pisos, las casetillas telefónicas, los amplios taxis negros, el Buckingham Palace, la Plaza de Trafalgar, el London Bridge, el Támesis. Uno camina por las calles de esta ciudad como si anduviera por las pasillos de un museo que, bajo la presunción de un conocimiento común, ha retirado las explicaciones. Los que estamos fuera de la fortaleza nos quedamos tan solo con imágenes, sin historia.

Battersea, el barrio donde vivo, me ha ayudado a sentirme un poco más en casa, precisamente por ser un área menos cargada de monumentos y sitios de conocimiento global. En días de sol, uno de los pasatiempos favoritos de Ben y mío es caminar por el parque de Battersea, que tenemos justo al lado. Después de pasear dentro del enorme espacio verde, salimos al Támesis, recorremos su orilla, y admiramos las casas de Chelsea, al otro lado del río, y las barcazas, a ambos lados, que se han convertido en el hogar de personas que me resultan los habitantes más misteriosos de esta ciudad. Mientras caminamos, no puedo dejar de preguntarme quién vivirá en esas barcazas, y qué tipo de vida llevarán.

Hace dos semanas di con una de las lecturas que más me ha fascinado en mucho tiempo, precisamente por haberme permitido personalizar esta ciudad, o al menos mi zona. El libro en cuestión se llama “Offshore”, de la escritora Penelope Fitzgerald. Penelope no sólo es inglesa, sino que vivió en mi barrio, en Battersea, en uno de esos barquitos que habían sido un enigma durante mi último año y medio. En su libro, la autora me descifra el enigma de los barcos y sus habitantes a través de personajes tan reales que, al volver a las barcazas, he podido ver y escuchar. Tras leer el libro he caminado de nuevo por las calles que transitaron los personajes de Fitzgerald, calles que ya conocía pero que no me decían nada, y que ahora, teñidas por sus historias y experiencias, me resultan tan familiares como las de mi infancia. He recibido, con tibia alegría, la posibilidad de que este complejo lugar del mundo pueda llegar a ser un día mi ciudad.

06

04 2011

Submarine

El fin de semana pasado Ben y yo terminamos viendo, por un error de cálculo, la película inglesa Submarine. Al llegar al cine, la mujer de la boletería nos informó que el film que pretendíamos ver había empezado treinta minutos antes, y que era imposible ingresar a la sala tan tarde. “¿Qué otra película dan dentro de poco?” preguntamos para no desaprovechar nuestro viaje a Soho. “Submarine” respondió ella, “en treinta minutos”. Ni a Ben ni a mí nos había interesado este tan comentado estreno por girar en torno al tema de la adolescencia. Sin embargo, y dadas las circunstancias, nos miramos, nos encogimos de hombros, y le pedimos dos boletos a la vendedora.

Cuando la película terminó le hice un gesto de más o menos a Ben con la mano, quien me indicó que a él sí le había gustado, bastante. “Será que es una peli de hombres”, pensé mientras dejábamos la sala oscura y decidíamos regresar a casa caminando. En medio de un Soho preñado de sonidos y luces me di cuenta de que estaba triste. Me sorprendió este sentimiento, ya que durante el transcurso de la película no me sentí afectada. Decidí prestar atención a los elementos externos de la noche, diluirme en el ruido y los excesos de esta zona de Londres, y no en mí; pero en cuanto el bullicio quedó a nuestras espaldas y la ciudad se fue aquietando, el sentimiento que no quería reconocer reclamó su existencia, y ya no pude ignorarlo.

He sido una de esas tantas personas que no ven nada atractivo en la adolescencia, que se llenan de pensamientos sentenciosos al observar el modo en que los adolescentes visten, hablan, actúan. Lo que la película Submarine hizo fue confrontarme a la verdadera causa de mi rechazo: no me gusta mi propia adolescencia porque es el tiempo de mi vida en que más sola me he sentido.

Mientras atravesábamos las majestuosas y sobrias calles del barrio de Mayfair, Ben y yo hablamos de nuestras adolescencias, de la gran soledad que caracteriza a esta etapa de la vida. No es que antes de llegar a ser adolescentes no estemos solos, pero es en la adolescencia cuando adquirimos consciencia absoluta de este hecho. De niños contamos con el bálsamo de la fantasía y el juego: amigos imaginarios, lápices que se convierten en naves galácticas, muñecas que son nuestras más fieles confidentes, palitos con los que formamos castillos; pero todo esto acaba de modo súbito e involuntario ese día en que nos sale el primer vello áspero, o espinilla, o manchamos nuestra ropa interior. Nos vemos lanzados a una realidad inhóspita de transición, donde no somos más niños, pero tampoco adultos.

Los adolescentes somos, o fuimos, renacuajos sin hogar. Saltamos de charco en charco en busca de cariño y atención, aterrorizados del ente en que nos hemos convertido. Salimos de casa porque las grietas entre papá y mamá, o quien sea nos haya criado, han traspasado el espacio de la habitación y empiezan a ocupar cada esquina de eso que se supone es nuestro hogar. Vagamos ansiosos por las calles buscando un sitio donde calzar. Vamos a casas de amigos, a fiestas también. Bebemos alcohol, a veces mucho, porque así, aunque sea por la brevedad de una noche, olvidamos ese hueco que se nos ha instalado de manera permanente por dentro. Observamos a la gente, a esa gente que se ve como nosotros, pero de la que en realidad sabemos tan poco. Nos llenamos de música, y bebemos más. Aceptamos muestras de atención, cualquiera. Puede ser un cigarrillo, una pastilla de un llamativo color, o los brazos y labios de un extraño que en pocos minutos recorren nuestra piel, erizada de miedo y deseo. Ejecutamos eso que se supone es el amor, pero que no nos satisface.

Pasamos los años así, saltando de charco en charco, buscando mejores métodos para atenuar el dolor causado por la soledad, hasta que un día encontramos a alguien -real- que se convierte en nuestro mejor amigo y confidente, con el que vamos al cine, hablamos bien, atravesamos una ciudad, y hacemos el amor. Es decir, a alguien con quien crecemos y construimos un hogar.

29

03 2011

Anuncio

Queridos lectores y lectoras. Este es un anuncio para informarles que de ahora en adelante este blog será actualizado cada miércoles, y no cada domingo. El posting de esta semana estará disponible aquí este miércoles 30 de marzo. Espero seguirlos viendo por acá. Muchos saludos y feliz domingo. Sara.

27

03 2011

Microcosmos

Los miércoles por la noche le enseño español a un pequeño grupo de mujeres jóvenes de varias nacionalidades. Hay dos checas, una búlgara, una ucraniana, una estonia, una británica de origen africano, y una japonesa. La diversidad de nacionalidades e idiosincrasias nunca había sido motivo de fricciones, hasta la semana pasada, cuando la clase tomó un sorprendente giro y se adentró en materia política. Digo sorprendente porque este es un grupo de principiantes, por lo que me era imposible anticipar que del tema de las vacaciones se pasaría al político. El giro temático lo marcó un comentario que hizo la chica japonesa al afirmar, con una construcción rústica pero inteligible, que los países comunistas eran peligrosos. Esto, en una clase en su mayoría compuesta por mujeres que nacieron y crecieron –a salvo- en repúblicas socialistas, no fue del todo bien recibido.

Por un momento tomé distancia de la rencilla que se desarrollaba ante mis ojos y me sorprendí al darme cuenta de que presenciaba nada más y nada menos que el microcosmo de la política mundial. Lo que en mi clase fueron batallas verbales en una lengua extranjera, hubieran podido ser guerras, bombardeos y violaciones en una situación de conflicto internacional. Cuando las chicas agotaron su vocabulario de lucha en español, recurrieron al lenguaje más infalible y primordial de la humanidad: el físico. Las estudiantes de Europa del Este empezaron a enviarle claros mensajes de exclusión a la japonesa, que encontró refugio en la chica inglesa de piel oscura.

Ninguna de nosotras sabía entonces que a menos de dos días de nuestro encuentro el país de la japonesa que pronunció la frase incendiaria se desmoronaría, sería arrasado por el agua y caería víctima, una vez más, del terror nuclear. Tras la catástrofe imaginé lo que hubiera sido de esta clase de haber sucedido un día después de la tragedia en Japón. Imaginé la compacta solidaridad de las compañeras, sus brazos de distintos colores alrededor de la japonesa. Imaginé a esta chica, más tarde en la lección, repitiendo su sentencia como si se tratara de un sino fatal: “páises comunistas mucho periclosos. Sí, sí”. Imaginé a las chicas de Europa del Este sonriendo ante el sesgado comentario de su compañera asiática, ignorándolo porque hay gente muerta en su país, porque Japón llora mientras ella pronuncia frases cargadas en una lengua que no domina. Imaginé una clase que transcurre armónica, algo silenciosa, unida por el terror colectivo ante la furia de la naturaleza.

Pensé que este miércoles aquella solidaridad de brazos multicolor se haría presente, pero no fue así. Al parecer, a cinco días del siniestro ya se había oído demasiado del asunto en las noticias, ya se habían dado cuantiosos pésames anónimos en Facebook, ya se habían compartido incontables enlaces con animaciones del horror. A tal punto que cuando una chica, cuya familia está atrapada en un país de escombros, con hambre y frío, entra a la clase con una sonrisa de esperanza, cargando unos pastelitos que una amiga ha horneado para que ella recaude donaciones, las compañeras la saludan como si nada hubiera sucedido. Toman su pastelito, sacan unas monedas, las depositan en la mesa y continúan hablando. Solo entonces, al guardar el dulce en sus bolsos, parecen recordar que Ah, sí, esta chica de carne y hueso es de Japón. Le preguntan sobre la situación con la misma brevedad y desapego con los que se pregunta por el resultado de un examen de rutina, y vuelven pronto a su charla. Yo me mantengo de pie, en silencio frente al grupo, triste de presenciar ahora el microcosmo de las relaciones humanas.

20

03 2011

Hombres de manos sangrientas

Ayer por la tarde mi esposo Ben y yo salimos rumbo al supermercado a comprar ingredientes para la cena marroquí que decidimos cocinar para una pareja de amigos que habíamos invitado a casa. Al salir nos sorprendió un clima primaveral, por lo que decidimos no ir al supermercado del frente, sino a uno un poco más lejos, en un área llamada Clapham Junction, donde los sábados hay un mercadillo muy entretenido. Comimos una porción de pizza en uno de los puestos y caminamos por la calle, llena de gente disfrutando del sol, hasta que dimos con una carnicería con una pinta de larga tradición inglesa y decidimos comprar el cordero para la cena allí, y no en el supermercado. Ben pidió seis costillas y el hombre, un inglés sonriente de dialecto casi ininteligible y un delantal manchado de sangre, desapareció en la parte trasera del local para regresar no con seis costillas sino con todas las del animal, de donde desprendió las nuestras. Ambos nos sorprendimos al poder reconocer la forma del cordero, pero nuestra sorpresa fue todavía mayor cuando, al pedir medio kilo de lomito (para nosotros, no para la cena marroquí), el carnicero caminó hacia la vitrina frontal y regresó literalmente con media vaca entre sus brazos. Colocó el enorme y bien añejado trozo de animal sobre una amplia superficie y empezó a escarbar en el interior de la bestia con una pericia y dedicación que me hicieron sentirme transportada al tiempo de los cazadores y recolectores. Después de minutos de maniobra, el hombre, aún sonriente, envolvió nuestro trocito de carne en un papel, regresó el animal a su sitio, y nos entregó una bolsita plástica muy coqueta y conveniente para llevar a casa.

Camino al supermercado pensaba en lo fácil que es, en nuestras vidas urbanas donde todo está procesado y ya envuelto, olvidar el nexo no solo con la naturaleza (la vaca, en este caso) sino con el elemento humano que está detrás de esos paquetes que encontramos en los pasillos de los supermercados donde compramos alimentos. Olvidamos que es una persona la que engorda el animal, la que le dispara, la que lo destaza, la que retira las vísceras, la que realiza los cortes; en fin, la que se llena las manos de sangre por nosotros.

Sobre este olvido del elemento humano en nuestras vidas hablaba también con Ben el viernes, cuando me comentó, no sin tristeza, que uno de los estudiantes de una de las compañías con las que trabaja había muerto ese mismo día. Parte del trabajo de Ben consiste en venderle licencias para un programa de aprendizaje de inglés en línea a compañías multinacionales. La cantidad masiva de estudiantes por contrato (un promedio de 20 mil) los convierte inmediatamente en cifras de una gran fórmula estadística. A Ben le impactó que la muerte transformara a este estudiante en persona. Empezó entonces a pensar en su nombre, edad, nacionalidad, en que dejaba quizá una familia huérfana, en sus planes inconclusos, como el de aprender inglés.

Es triste que una persona, aunque desconocida, deba morir para recordarnos que el mundo no se sostiene por máquinas procesadoras (de páginas de Internet o alimentos) sino por seres humanos. Es tanto el tiempo que pasamos encerrados frente a una computadora, viviendo vidas virtuales propias o ajenas, que a veces olvidamos salir, dar un paseo, aventurarnos más allá del punto común en nuestra ruta y adentrarnos en un mundo menos plástico y aséptico, donde todavía hay hombres de manos sangrientas y amplias sonrisas con los que podemos hablar.

13

03 2011

Un buen escritor

Este martes, en Estocolmo, tuve finalmente el gusto de conocer a Ricardo Bada en persona. Como mencioné la semana pasada, con Ricardo he entablado un diálogo importante, pero hasta ahora limitado al espacio virtual. El verlo cara a cara fue una grata confirmación de que los encuentros en persona valen más que un centenar de correos electrónicos. Hablamos con la soltura de dos viejos amigos sobre distintos temas, mientras las horas del reloj pasaban en un café del centro de la ciudad. En algún momento conversamos sobre dos escritores colombianos contemporáneos (A y B) que a los dos nos gustan. Coincidimos en que la novela de B que ambos hemos leído es una obra perfecta, compuesta por una estructura sólida y matemática; pero entonces Ricardo me dijo algo que me tomaría unos días, ya de regreso en Londres, entender: que aunque B es mejor novelista que A, A es mejor escritor que B. Le pregunté por la diferencia entre un buen novelista y un buen escritor, pero todavía no estaba lista para entender sus palabras.

Este viernes tomé The Corrections de Jonathan Franzen y me propuse terminar de leerla ese mismo día. No sabía si iba a ser una novela que como un todo me iba a gustar, ya que había tenido altos y bajos con ella. En algunos momentos me había quedado boquiabierta ante el genio del escritor, en otros la risa generada por su filosa ironía me había sacado las lágrimas, y en otros me había visto pasando las páginas con cierto tedio, por considerar que el autor estaba perdiendo el punto central y me estaba haciendo leer pasajes innecesarios. Curiosa, me senté en mi oficina a leer sin pausa, hasta el momento, casi al final de la novela, en que tuve que parar y dejar el libro de lado porque un llanto, ahora no de risa, me impedía continuar.

Uno de los personajes principales de The Corrections es Alfred, el padre de los tres hijos que son protagonistas de la historia. Alfred, que por lo que he leído de la biografía del autor debe de ser un retrato espeluznantemente real de su propio padre, es un hombre hermético y duro que nunca ha sido capaz de demostrarle afecto a nadie, y que en sus últimos años de vida sucumbe ante el Alzheimer. En la última escena del penúltimo capítulo del libro, Chip, el hijo del medio, acompaña a su papá, cuya salud física y mental se encuentra en un estado deplorable, a un hospital donde lo atan a una camilla para poder examinarlo con detenimiento.

Alfred, desesperado y acabado, le declara a su hijo aquello que todos esperamos llegar a escuchar de boca de nuestros padres algún día: la aceptación de sus errores y la petición de absolución. Alfred confiesa sus equívocos, su amor oprimido, y le pide perdón a su hijo, pero también le ruega que lo saque de ese infierno y lo lleve de regreso a casa. El hijo, aunque estremecido por las palabras de su padre, deniega la solicitud. “¡Te estoy pidiendo ayuda! ¡Tienes que sacarme de aquí! ¡Tienes que acabar con esto!” insiste. Las siguientes palabras fueron las que llenaron mis ojos de lágrimas, y las escribo tal como las leí porque no me atrevo a estropear la belleza con la que Franzen las plasmó: “Even red-eyed, even tear-streaked, Chip’s face was full of power and clarity. Here was a son whom he could trust to understand him as he understood himself; and so Chip’s answer, when it came, was absolute. Chip’s answer told him that this was where the story ended. It ended with Chip shaking his head, it ended with him saying: “I can’t, Dad. I can’t”’.

Al terminar la lectura sostuve el libro muy fuerte entre mis manos, casi meciéndolo, postergando el inevitable momento de separación, y fue entonces que creí haber entendido lo que Ricardo me dijo a principios de semana. Puede que Franzen no sea un novelista perfecto, pero no hay duda de que es un buen escritor. Un buen escritor, me parece, es el que reporta desde los oscuros rincones de la existencia que los demás insistimos en ignorar. Un buen escritor es el que por medio de aquello tan rústico, llamado palabras, nos lleva a esas zonas del olvido y no nos deja olvidar.

06

03 2011