Mirar o no mirar

La mirada se ha construido en el imaginario personal y colectivo como un elemento de peligro, incluso de terror (Miradas que matan, dice el dicho). Tenemos mitos, provenientes de la Biblia y de la mitología griega, que alimentan esta creencia. Por un lado está la mujer de Lot, quien al desafiar la orden de no mirar hacia atrás en su escape de Sodoma se convierte en estatua de sal, y por otro lado tenemos a Medusa, quien con sus ojos hechiceros y su cabellera de serpientes convierte en piedra a quien se atreve a mirarla a los ojos. Estas dos historias, que en mis primeros años de vida no sabía bien en qué lado del espectro entre fantasía y realidad colocar, instauraron en mí una prudencia latente con relación a la mirada y sus influjos.

Del año uno al siete fui cuidada por una de las mujeres que más he querido y quiero aún. Su nombre, tan inusual como el de Medusa, es Claret. Cuando llegó a nuestra casa (evento que me ha sido narrado) era una jovencilla de apenas 16 años proveniente de una familia muy extensa y humilde del pequeño pueblo de Cervantes, un confín rural de la provincia de Cartago en Costa Rica. Claret me enseñó muchas cosas, entre ellas a reír, pero también enigmas que décadas después recuerdo y son ahora parte de este blog, como aquel que me transmitió al decirme que una mujer que veía a los hombres a los ojos era una prostituta. Me decía que su hermana menor, Rosa, joven de dudosa reputación, se había metido más de una vez en conflictos de faldas por haber mirado a los hombres directamente a los ojos. Tras escuchar esto, y a pesar de ser entonces no más que una niña de seis años, no pude mirar por muchos años de un modo natural, preocupada siempre de ser vista como una niña -y luego una adolescente- pervertida.

El viernes fue uno de los primeros días oficiales de primavera en Londres, el segundo día del año en que he salido a la calle sin medias. Había quedado para almorzar con una amiga catalana en un restaurante turco del área de Southbank. Llegué con media hora de antelación y me puse a leer de pie -recostada sobre la canasta portátil de mi bicicleta- un libro de Paul Auster que había abandonado en 1998, mientras disfrutaba de la intensidad revitalizadora del sol. En medio del goce y la lectura soy interrumpida por un hombre vestido de trabajador de obras eléctricas (con su chaleco de seguridad amarillo, su insignia, su walkie-talkie, su celular) que menciona en un acento inglés casi ininteligible que necesita gasolina. Yo lo miro y le indico que no tengo un carro, que me muevo en bicicleta, pero el hombre insiste, con una cercanía asfixiante. Me pide, casi me exige, que le de unas 4 libras esterlinas para poder comprar gasolina porque su camión se ha quedado varado, y me señala un callejón al que mi vista no llega a alcanzar. El hombre me ofrece darme su celular o sus llaves como gesto de garantía, “me das la plata y en un par de minutos te traigo el dinero de vuelta, después de comprar la gasolina”, me dice con pretendida honestidad. Ahora que el evento ha pasado, y que es un hecho que perdí para siempre las 4 libras que le di a este estafador para llenar un tanque inexistente, me doy cuenta de lo ingenua que fui, y me pregunto por qué no pude decirle no y moverme de lugar. Quizás fue por la alerta que la cercanía de su cuerpo con el mío disparó.

No lo sé a ciencia cierta aún, pero lo que más me llamó la atención de la situación no fue esto, sino la reacción de mi amiga catalana, quien, tras escuchar mi desafortunada historia, me dijo con firmeza, casi a manera de regaño, “En Londres jamás de los jamases puedes ver a nadie a los ojos, es lo último que se te debe ocurrir hacer”. Me quedé un poco atónita ante su vehemente instrucción, pensando dónde colocar entonces mis ojos en esta ciudad que tanta curiosidad despierta en mí. Horas después tomaba unas cervezas con mi esposo y sus colegas de trabajo y, tras compartir la anécdota, uno de los pocos ingleses de su oficina repitió las palabras de mi amiga “En Londres nunca se debe ver a nadie a los ojos.” “Pero ¿por qué?” pregunté consternada. “No sé, mucha gente desquiciada”, me dijo como quien habla de una regla incuestionable de la naturaleza.

Entre la noche de viernes y la mañana de sábado me zumbaron las palabras de mi amiga y el colega de mi marido, traté de restringir el alcance de mi mirada, hasta la tarde de ayer, en que pasé horas disfrutando de un día más de sol y calor en el parque de Battersea, donde me fue humanamente imposible no observar con detenimiento a la gente, las familias, las parejas, las expresiones, el brillo de los ojos, y me dije que no pensaba escuchar el consejo de ninguno de los dos, que prefería vivir con los riesgos del mirar, antes de sumirme en una ceguera obscura y fría, llamada protección.

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saracaba

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04 2010

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  1. Fede #
    1

    Yo, voto por mirar… Aunque exista gente desquiciada o problemas de faldas… Jejeje

    • saracaba #
      2

      Será que llevamos lo mirones y atrevidos en la sangre!

  2. 3

    Lo mismo ocurre en París, donde mirar a la gente a los ojos es de mala educación. Por el contrario, en Mumbai, la gente mira demasiado!!

    Yo seguiría haciendo como en tiquicia, donde nos encanta ver a los ojos y observar a la gente a nuestro alrededor.

    • saracaba #
      4

      Hola Marce, yo creo que es más latino eso de que ver a los ojos es de mala educación, lo que me sorprendió de esta reacción (por cierto que un parisino que estaba en la ronda de cervezas confirmó que en París es igual) es que es para aislarte y protegerte de un mundo hostil. Haciendo un balance sigo prefiriendo arriesgarme a que me vean la cara de tonta de vez en cuando, a privarme del gusto, tico como decís, de mirar.


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  1. Sara Caba » Blog Archive » La Nana 19 09 10

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