Microcosmos

Los miércoles por la noche le enseño español a un pequeño grupo de mujeres jóvenes de varias nacionalidades. Hay dos checas, una búlgara, una ucraniana, una estonia, una británica de origen africano, y una japonesa. La diversidad de nacionalidades e idiosincrasias nunca había sido motivo de fricciones, hasta la semana pasada, cuando la clase tomó un sorprendente giro y se adentró en materia política. Digo sorprendente porque este es un grupo de principiantes, por lo que me era imposible anticipar que del tema de las vacaciones se pasaría al político. El giro temático lo marcó un comentario que hizo la chica japonesa al afirmar, con una construcción rústica pero inteligible, que los países comunistas eran peligrosos. Esto, en una clase en su mayoría compuesta por mujeres que nacieron y crecieron –a salvo- en repúblicas socialistas, no fue del todo bien recibido.

Por un momento tomé distancia de la rencilla que se desarrollaba ante mis ojos y me sorprendí al darme cuenta de que presenciaba nada más y nada menos que el microcosmo de la política mundial. Lo que en mi clase fueron batallas verbales en una lengua extranjera, hubieran podido ser guerras, bombardeos y violaciones en una situación de conflicto internacional. Cuando las chicas agotaron su vocabulario de lucha en español, recurrieron al lenguaje más infalible y primordial de la humanidad: el físico. Las estudiantes de Europa del Este empezaron a enviarle claros mensajes de exclusión a la japonesa, que encontró refugio en la chica inglesa de piel oscura.

Ninguna de nosotras sabía entonces que a menos de dos días de nuestro encuentro el país de la japonesa que pronunció la frase incendiaria se desmoronaría, sería arrasado por el agua y caería víctima, una vez más, del terror nuclear. Tras la catástrofe imaginé lo que hubiera sido de esta clase de haber sucedido un día después de la tragedia en Japón. Imaginé la compacta solidaridad de las compañeras, sus brazos de distintos colores alrededor de la japonesa. Imaginé a esta chica, más tarde en la lección, repitiendo su sentencia como si se tratara de un sino fatal: “páises comunistas mucho periclosos. Sí, sí”. Imaginé a las chicas de Europa del Este sonriendo ante el sesgado comentario de su compañera asiática, ignorándolo porque hay gente muerta en su país, porque Japón llora mientras ella pronuncia frases cargadas en una lengua que no domina. Imaginé una clase que transcurre armónica, algo silenciosa, unida por el terror colectivo ante la furia de la naturaleza.

Pensé que este miércoles aquella solidaridad de brazos multicolor se haría presente, pero no fue así. Al parecer, a cinco días del siniestro ya se había oído demasiado del asunto en las noticias, ya se habían dado cuantiosos pésames anónimos en Facebook, ya se habían compartido incontables enlaces con animaciones del horror. A tal punto que cuando una chica, cuya familia está atrapada en un país de escombros, con hambre y frío, entra a la clase con una sonrisa de esperanza, cargando unos pastelitos que una amiga ha horneado para que ella recaude donaciones, las compañeras la saludan como si nada hubiera sucedido. Toman su pastelito, sacan unas monedas, las depositan en la mesa y continúan hablando. Solo entonces, al guardar el dulce en sus bolsos, parecen recordar que Ah, sí, esta chica de carne y hueso es de Japón. Le preguntan sobre la situación con la misma brevedad y desapego con los que se pregunta por el resultado de un examen de rutina, y vuelven pronto a su charla. Yo me mantengo de pie, en silencio frente al grupo, triste de presenciar ahora el microcosmo de las relaciones humanas.

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03 2011

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