Mi ciudad

La necesidad de los humanos de apropiarnos del espacio que habitamos es tan elemental como la de alimentarnos. Llegamos a un hotel, colocamos nuestra maleta en una esquina que se presta ideal para este propósito, colgamos una prenda en el armario, ponemos un libro sobre la mesa de noche, y en cuestión de minutos ya no es el cuarto 45, sino nuestra habitación. Lo mismo hacemos al mudarnos a una ciudad extranjera, aunque el proceso, en esta ocasión, sea más intenso y duradero. Recorremos calles que al principio no entendemos, entramos en supermercados que venden productos irreconocibles, confundimos plazas y edificios, tomamos las rutas más transitadas y menos convenientes para ir a casa; hasta que finalmente llega el día en que la ciudad se transforma y deja de ser un espacio impersonal y retador. Entendemos las calles, los atajos, dejamos de confundir las plazas, sabemos dónde se consigue el pescado más fresco, o los mejores mangos y aguacates, caminamos cinco minutos más para llegar a la estación desde la que sale el bus que mejor nos conecta con casa. Al cabo de un tiempo logramos apropiarnos del espacio a nuestro alrededor y lo convertimos en hogar.

Este proceso, que había sucedido sin mayores contratiempos en las ciudades en las que he vivido, ha resultado particularmente difícil en Londres. Después de reflexionar al respecto, he llegado a la conclusión de que esta dificultad responde a dos motivos. El primero es que Londres no es una ciudad unitaria. No se conoce Londres, sino un Londres, dependiendo del grupo al que se pertenece. Está el de los ingleses, esa gente que una ve en las calles, metro y tiendas, y que se ha dedicado a construir una muralla protectora alrededor de la “inglesidad” que aún conserva su ciudad. Por otro lado estamos los que no somos de aquí y conformamos una masa creciente que, relegada al exterior de la muralla, flota en una ciudad que poco tiene que ver con Inglaterra, y que bien podría ser una gran metrópoli de cualquier lugar del mundo.

El segundo motivo por el que es difícil personalizar esta ciudad es porque todo, o casi todo en ella, se ha convertido en símbolo universal. Dondequiera que se mire, Londres ofrece un ícono: El Big Ben, los buses rojos de dos pisos, las casetillas telefónicas, los amplios taxis negros, el Buckingham Palace, la Plaza de Trafalgar, el London Bridge, el Támesis. Uno camina por las calles de esta ciudad como si anduviera por las pasillos de un museo que, bajo la presunción de un conocimiento común, ha retirado las explicaciones. Los que estamos fuera de la fortaleza nos quedamos tan solo con imágenes, sin historia.

Battersea, el barrio donde vivo, me ha ayudado a sentirme un poco más en casa, precisamente por ser un área menos cargada de monumentos y sitios de conocimiento global. En días de sol, uno de los pasatiempos favoritos de Ben y mío es caminar por el parque de Battersea, que tenemos justo al lado. Después de pasear dentro del enorme espacio verde, salimos al Támesis, recorremos su orilla, y admiramos las casas de Chelsea, al otro lado del río, y las barcazas, a ambos lados, que se han convertido en el hogar de personas que me resultan los habitantes más misteriosos de esta ciudad. Mientras caminamos, no puedo dejar de preguntarme quién vivirá en esas barcazas, y qué tipo de vida llevarán.

Hace dos semanas di con una de las lecturas que más me ha fascinado en mucho tiempo, precisamente por haberme permitido personalizar esta ciudad, o al menos mi zona. El libro en cuestión se llama “Offshore”, de la escritora Penelope Fitzgerald. Penelope no sólo es inglesa, sino que vivió en mi barrio, en Battersea, en uno de esos barquitos que habían sido un enigma durante mi último año y medio. En su libro, la autora me descifra el enigma de los barcos y sus habitantes a través de personajes tan reales que, al volver a las barcazas, he podido ver y escuchar. Tras leer el libro he caminado de nuevo por las calles que transitaron los personajes de Fitzgerald, calles que ya conocía pero que no me decían nada, y que ahora, teñidas por sus historias y experiencias, me resultan tan familiares como las de mi infancia. He recibido, con tibia alegría, la posibilidad de que este complejo lugar del mundo pueda llegar a ser un día mi ciudad.

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06

04 2011

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  1. Ricardo Bada #
    1

    No me resulta extraño lo que contás porque me tocó vivir la misma experiencia en Sevilla, Madrid, Berlín, Colonia y Buenos Aires, los escenarios urbanos de mi vida. (Si querés, hasta puedo extender el cupo a tu San José tico, donde tuve que vivir todo un mes, en 1984). Por otra parte, y siempre que sale a relucir Londres, siempre recuerdo lo que dice un personaje de Galdós en uno de sus Episodios Nacionales: anda de visita en Londres, por un cierto tiempo, y un paisano suyo, ya avecindado en la ciudad, le pregunta que qué le parece, y nuestro hombre le contesta: «Una provincia con calles». ¡Y eso a mediados del siglo XIX! Y en resumidas cuentas, este posting tuyo me ha gustado mucho, en especial esa sutil observación de que por tratarse de una ciudad muchos de cuyos espacios y adornos han devenido iconos universales, al caminar por ella parecería estar haciéndolo «por las pasillos de un museo que, bajo la presunción de un conocimiento común, ha retirado las explicaciones».

    • saracaba #
      2

      Querido Ricardo. Recuerdo que muy al principio de nuestra amistad me comentaste lo de las calles, y desde entonces me ha acompañado esa imagen, que constato cada vez que paseo por esta ciudad que la verdad da para infinidad de escritos. No en vano se ha producido tanta literatura aquí o sobre este lugar. La experiencia de comprender una ciudad por medio de la lectura de una novela ha sido fascinante, así que me dedicaré a leer más en esta línea. Deberían dejar de existir las guías de viajes como tal, y ser reemplazadas por guías de viaje literarias. Muchos abrazos y espero que le hagás el honor a esta ciudad de visitarla. Sara.

  2. 3

    Visité Londres como turista hace más de veinte años. La recuerdo como una ciudad fantástica. Evidentemente, fue una mirada de turista. Cordiales saludos desde Bs. As. AT

    • saracaba #
      4

      Hola y mucho gusto. Gracias por pasar por acá y dejar tu comentario. Es una ciudad fantástica, cierto, a veces en el sentido literal de la palabra. Hay gente que después de muchos años de no haber estado acá vuelve y se decepciona, porque ha cambiado mucho. Yo la he conocido ya cambiada, y me gusta. Sería interesante ver qué te parece a vos si llegaras a volver. Muchos saludos. Sara.



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