Luisito

Me crié en un residencial de Cartago llamado González Angulo. Era un residencial lindo, tranquilo, respetable, en esta pequeña provincia del Valle Central. Empecé a vivir allí antes de entrar en mi etapa lingüística, por lo que el dicho: Residencial González Angulo, le pica el culo, me tomó por sorpresa. No arruinó mi experiencia de barrio, pero rompió algo de la inocencia del estar. Quizás empecé a prestar más atención a los elementos de ese ecosistema, quién es quién, a quién le pica el culo de verdad.

Las casas estaban construidas de modo estrecho, una a la par de la otra. No había sensación de intimidad, sino de chisme. A la izquierda de nuestra casa, si se ve de modo frontal, había una pequeña plaza de deportes-libertad, pero a la derecha, una familia, oreja a oreja. La mamá se llamaba Grace, el papá Luis, y el hijo Luisito, o Luis Manuel. Grace era una mujer menuda, silenciosa, creo que hacía trabajos en la universidad, y Luis, papá, yo no sé. Es uno de esos hombres ocupados, pero sin ocupación. Mató todas las culebras de río que aparecían en nuestra casa, las arañas enormes y peludas, nos enseñó cómo cultivar orquídeas, pero trabajar, lo que es trabajar; nunca lo vi. Mi mamá, psiquiatra, tenía hipótesis de una personalidad múltiple. Pasaron muchos años antes de que entendiera ese concepto, y luego no sé, ya era muy tarde para comprobar cualquier cosa.

No sé si era amiga de Luisito, o no. Era lo que se conoce como un nerd, un raro. Lo cierto es que, 20 años después, o más, escribo sobre él. La ventana del cuarto de Luisito daba a la calle principal, como la mía. Lo que yo hacía con esa ventana era: 1) darle de comer a gatos callejeros (mayoritariamente sin cola), 2) hacer pedidos de dulces en la pulpe, porque pasaba mucho tiempo castigada. La ventana de Luisito, sin embargo, y de acuerdo a mi recuerdo, estaba cerrada, ocultaba los tesoros que este niño de anteojos gruesos conservaba al interior de su habitación. A Luisito le cantaban la canción: gris, gris, el moco es gris, cuando se saca de la nariz.

Qué crueles pueden ser los niños, pienso ahora, qué facilidad de destrucción. Yo no sé si me gustaba Luisito, o no, pero sí que recuerdo, con ternura, calidez, la colección de cosas raras, innecesarias, que resguardaba en la oscuridad de su habitación. Las piedras, bichitos, disecciones, que parecían un norte de su existencia, un augurio de ese que un día llegaría a ser.

Es domingo por la noche en Londres, no muy tarde, pero parece que sí. La noche cae estos días a eso de las 6, y la oscuridad se alarga. Pasé una de esas veladas multilenguas, multiculturas; ese tipo de noche común a la persona que se aleja de un hogar biológico, y crea una casa alterna, con puertas y ventanas y paredes de distinto color. Una de esas noches de mundo, en las que se expande tanto una, que se llega a pensar en un momento, dónde está el centro, dónde estoy yo.

Regreso a casa, feliz y cansada; se pueden las dos cosas a la vez. Abro la computadora, el Facebook por inercia, y lo primero que encuentro, al azar, es el siguiente posting de Luisito, Luis Manuel:

No sé dónde esté, si está triste, o solo, o es un hombre feliz. Pero en esa foto, en esa nota, reconozco al chiquillo raro del González Angulo, a ese pequeño coleccionista centroamericano que décadas después sigue siendo el mismo, coleccionista de bichos, piedritas, y demás.

Miro la foto de Luis Manuel y siento con enorme alivio que siempre hemos sido quienes somos, que a donde sea, como sea, llevamos lo que nos hace la persona que siempre hemos sido. A veces me siento sola, en esta internacionalidad, en este intercambio de lenguas, pero en esta noche larga, encuentro consuelo en verme como aquella chiquilla que alimentaba gatos por una ventana, que probablemente admiraba de modo secreto a ese muchacho raro, solitario, que era capaz de imponerse al mundo, y hacer cosas pequeñas, llenas de placer.

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10 2017

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