Lo mundial

A los tres años de relación con mi primer novio, me citó una noche con tono grave para comunicarme que se iba del país, que había sido aceptado en una universidad de Estados Unidos para cursar su postgrado. Yo estaba aún en el colegio, tenía 17 años, y el extranjero, los estudios de postgrado, la relación a distancia, eran todos elementos lejanos a mi universo adolescente. No supe qué decir ni cómo reaccionar, entonces él, al notar mi desconcierto, me tomó con gentileza la barbilla y la elevó, dirigiendo mis ojos hacia un cielo copado de estrellas. ‘¿Podés verlas?, preguntó, ¿las Tres Marías?’ Me puse nerviosa ya que nunca he tenido talento para ubicar constelaciones. ‘Cada vez que veás las Tres Marías, prosiguió, quiero que sepás que yo estaré viendo las mismas estrellas y pensando en vos’. Un muy dulce y romántico intento de obviar la muy real distancia de miles de kilómetros que nos iban a separar de ese momento en adelante; el problema radicaba en que a mí eso de ver estrellas no me llamaba mucho la atención, y que una parte de mí no podía creer que ese cielo costarricense, desde donde caían lluvias torrenciales, tormentas tropicales y sol inclemente, fuera el mismo cielo estadounidense desde donde caían copos de nieve y granizo. Le dije que haría como me pedía, consciente de que esa idea de un cielo común me parecía hueca y hechiza. Supe entonces que la relación terminaría. Así fue.

Ni entonces ni ahora sé nada de fútbol, más allá de que se trata de meter la pelota en la cancha del equipo opuesto, pero pese a esta ignorancia, me he visto a lo largo de los últimos 12 años prendiendo el televisor a cada mundial, en búsqueda de una sensación de unidad que supongo era la que mi novio de adolescencia buscaba generar en mí.

Esta sensación la experimenté por primera vez estando aún en Costa Rica, durante el mundial de Corea- Japón, la noche en la que ‘La Sele’ jugaba contra China. Había regresado a mi casa a eso de las 3am de un bar, vencida por el cansancio y empapada en cerveza, y me había metido en la cama exhausta, sin haber terminado de ver el partido. De repente un eco estremecedor me saca del sueño en el que había caído con facilidad. Un eco largo, hecho de tres letras que parecían no tener fin, un eco que se me metió en el corazón de un modo inesperado, y ya dentro de mí crecía mientras me iba dando cuenta de que era producido por el conjunto de voces de todos mis vecinos del barrio, al que se le unía el de toda la provincia de San José, y todo el país, y Centroamérica, y Estados Unidos, y Canadá, y México, y Sudamérica, y luego imaginé al eco cruzando, o viniendo, del otro lado del océano, y supe que Europa, y Asia y África y Oceanía eran parte de ese sonido cavernoso y real que me hizo sentirme conectada- desde la oscuridad de mi cuarto- a algo enorme y poderoso, algo que en ese momento sentí podía llamar humanidad. El eco se fue evaporando, y yo fui cayendo en un sueño con muchas estrellas, contenta y muy a gusto.

Pocos meses después salí de Costa Rica, llevando ese eco conmigo. Sigo sin entender fútbol, y sigo viendo El Mundial.

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06 2010

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  1. Esteban Caamaño #
    1

    De una forma muy sencilla pero a la vez profunda, personal y al mismo tiempo capaz de conectar con la colectividad (al igual que el Mundial) describiste la magia que alberga este fenómeno social que nos visita puntualmente cada cuatrienio. Me encanta la línea con la que terminás el escrito. Es que a fin de cuentas, se trata de algo más que fútbol. Me recuerda bastante a lo que experimenté cuando vi la película Invictus, a propósito de Sudáfrica,de Clint Eastwood, sin saber absolutamente nada de rugby. El rugby era tan solo el vehículo para contar una historia que merecía ser contada, para recordarnos que el deporte nos une y nos conecta, y que importantes líderes mundiales, como Mandela, así lo han entendido.
    Saludos desde Costa Rica.

    • saracaba #
      2

      Querido Esteban, gracias por el comentario. Un poco de eso sentía en aquella adolescencia sentada en la sala acogedora de tu mamá viendo los Oscar. ¿Te acordás? Muchos saludos desde acá. Sara

  2. Esteban Caamaño #
    3

    Jaja, claro que recuerdo, como olvidarlo..

  3. Maricela Escribano #
    4

    Sarita, luego de leerte pusiste una sonrisa en mi cara y un calorcito en el corazon. Este año he tratado de encontrar esa sensación de unidad con todos los competidores latinos en el mundial y a pesar de que ha sido bonito,no ha sido lo mismo como si estuvieramos nosotros jugando. Saludos

    • saracaba #
      5

      Hola Mari, ya me hiciste el día con ese de que te dejé con una sonrisa! Bueno, vos entendés muy bien esa sensación de pertenecer a los lejos. Muchos abrazos, y a ver si La Sele se pone las pilas!



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