Lluvia

Londres ha estado más gris y húmeda que de costumbre. He pasado horas en el sillón del estudio, leyendo y pensando. Entre el flujo de recuerdos me viene una pregunta que me llegó a obsesionar en mis primeros tiempos de estudiante de psicología: ¿por qué lloramos cuando estamos tristes? Me intrigaba mucho el mecanismo que hacía que nuestro cuerpo despidiera un líquido de los ojos al sentir dolor. Lo llamativo es que pese a mi interés nunca me preocupé en investigar algo sobre lo que apuesto debe haber cientos, sino miles, de tesis. Quise que mi pregunta permaneciera bañada por un misticismo poético y algo trágico a la vez. La fascinación por la tristeza, en lugar de su comprensión, me parecía mucho más interesante entonces.

Pienso en la idea que le he oído varias veces al escritor Vila-Matas de crear un mapa de decepciones, compuesto por las memorias de proyectos fracasados que nunca llegaron a ser. No conozco los motivos del autor para entretener esta idea, pero desde que la oí me ha intrigado, por ser el fracaso algo de lo más doloroso que sufrimos, y que tendemos a padecer en la más cruel de las soledades.

La primera mañana de este año -que con prisa se aproxima a su fin- empezó con la rutina normal de un día no laboral: mi esposo y yo nos levantamos, nos dirigimos a la cocina, preparamos desayuno y lo digerimos lentamente. Dentro de mí todo era menos apacible. Me pesaba el que hubiera terminado otro año en que no había hecho mucho más que postergar lo que realmente quería hacer con mi vida. Al terminar en la cocina regresamos al cuarto para hacer la cama, cada uno con la punta de una sábana en esquinas opuestas. En el momento en que la sábana cayó sobre el colchón, caí yo con ella. Lloré con amargura, pero mientras lloraba me dije que no quería llorar más así. Ese día le dije adiós a las postergaciones y empecé a escribir.

Inicié este blog (que para mi alegre sorpresa crece), dos revistas literarias aceptaron mis relatos de inmediato, y otra de bastante impacto un tercero que saldrá en estos días. Me embarqué  con entusiasmo en el proyecto de lo que creía sería mi primer libro: una compilación de relatos breves que iban desde la infancia hasta la vejez, compuestos por una serie de personajes de diversas edades y geografías que enfrentan o van más allá de situaciones claves en sus vidas. Digo iba a ser porque una vez terminado me di cuenta de que ese no podía ser mi primer libro.

Tras dudas aplastantes y fuertes cuestionamientos caí en cuenta de que el total de las historias no conformaba la unidad que yo había previsto. Tenía dos libros en uno, no compatibles: el de la vida ya vivida (la mía), y el de la vida imaginada. El mayor problema, me di cuenta, es que de la vida ya vivida me queda todavía mucho por comprender. Días de agotadoras reflexiones a solas y en íntima compañía apuntan a que hay grietas y heridas aún abiertas en la vida de la niña de la primera historia del libro  -que fue hecha letra por letra con palabras de mi diario de infancia- con las que la mujer que hoy escribe este blog debe lidiar.

Es enorme la decepción que el darme cuenta de la imposibilidad de este libro ha generado en mí. Las historias espero poder colocarlas individualmente en otras revistas literarias, pero ese libro que por meses he venido gestando ha pasado a formar parte de ese mapa del cual el escritor español habló.

¿Qué hacer con la decepción y a dónde nos lleva?, me pregunto mientras miro la lluvia y escucho a un bebé llorar a la distancia. No lo sé. La diferencia es que esta vez no me puedo conformar con no saber, como decidí hacerlo a mis 19. Primero porque ya no tengo esos años, sino bastantes más; segundo porque sé que este libro que un día va a ser no existirá si no me logro responder a esta pregunta. Se lo debo a la niña del diario, y a la mujer en que me he venido convirtiendo.

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saracaba

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03

10 2010

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  1. 1

    Hola Sara, no sé si te servirá lo que voy a decirte, pero por experiencia sé que el único libro publicable es el que nace de la imaginación, el que es fruto de la pulsión literaria. Es en este libro donde nuestro espíritu se siente más libre para explorar los misterios y complejidades de la vida. Esa vida que afrontamos desde nuestra experiencia individual pero que no contaminamos con nuestras particularidades, pues de hacerlo excluiríamos a muchos de la posibilidad de identificarse con el texto y con la experiencia. Un abrazo y deja que las lágrimas se lleven la tristeza.

    • saracaba #
      2

      Antonio, gracias por tus palabras, además que sé vienen de tu propia experiencia. Creo que el dilema que tengo ahora, o la traba, más bien, es si debo entender ciertas cosas sobre mi vida antes de adentrarme en este libro, o si es el libro el medio que me va a ir dando entendimiento. Ojalá y las lágrimas se lleven la tristeza, como decís. Muchos abrazos, Sara.



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