La piel

Es sábado por la noche. Otoño de 2013 en Londres. Esperamos invitados a comer. Colegas de Ben. Una chica francesa y su novio sueco, su niña, inglesa-francesa-sueca. Nuestro gatos, atigrados, hermosos, casi humanos, alrededor. Cocinamos comida peruana, o lo que creemos lo es. Nunca hemos estado en Perú, Ben y yo. Amamos el limón, el culantro, la sal. Me siento un poco incómoda en mi piel mientras corto y sigo sugerencias del chef. Es uno de esos días en los que desde fuera me veo viviendo una vida que a veces no entiendo, simplemente porque de cuando en cuando siento que llegué a ella desde un paracaídas, cuyo destino empiezo a olvidar.

Ben y yo vamos en nuestras bicicletas de tienda en tienda, en nuestro barrio, enguantados, abrigados, comprando ingredientes para lo que suponemos es un manjar peruano. Hay limones, sal y culantro, eso es lo que importa, esos tres ingredientes que son intrínsecos a ese lugar desde el que el paracaídas partió. Entonces qué hago yo acá, chica tropical, pedaleando en medio del otoño, ya casi invierno, cargada de producto tropical, destinado a convertirse en una cena para un sueco, francesa y la niña sueca-francesa-inglesa.

Cortar verduras me hace olvidar el dilema. Corto y corto y luego corto mi dedo, sin querer, porque soy torpe con los objetos, y veo la sangre manar, caer en el fregadero, teñirlo en segundos. Me sorprendo de que ese tejido tan terso y frágil sea el límite entre el mundo y nosotros; que tanto líquido rojo brote por el roce de un cuchillo, en una noche de sábado, una como cualquier otra más.

Ben me trae una curita, me cubre el dedo, yo sigo picando con cuidado, con cuidado de no picar la piel. De repente los ojos se me llenan de lágrimas. Me acaba de dar nostalgia por aquellas noches en las que cocinábamos para tu madre y su compañera, le digo. Y nos veo a los dos, en esa enorme cocina en Portland Maine, en esa casa desconocida a la que Ben y yo llegamos antes de casarnos, antes de decidir que un día, no mucho más tarde, seríamos marido y mujer. Todavía nos veo, ocho años más jóvenes, yo con el pelo más corto, él con el pelo más largo, abriendo gavetas, buscando la sal, las tablas de picar, el aceite; cautelosos, respetuosos, asustados. Ben fríe unas papas en una sartén con aceite abundante. I know, me dice. Y yo me pregunto si nos ve así, como yo nos veo, ocho años atrás, con el pelo diferente, sin esa  cicatriz que ahora, ocho años después, tendré en la piel, desde hoy para siempre.

Los amigos llegan, y la verdad que es bueno, un privilegio, diría, tener amigos en esta enorme ciudad. Llegan y los abrazamos y los primeros minutos, u hora, son extraños. Muchos temas se tiran a la mesa, pocos son duraderos. Todos apostamos, pocos ganamos. Será que la noche se alarga, o el vino fluye, o que estamos los cuatro, o cinco, niña incluida, en un apartamento en Londres, todos extranjeros, un sábado por la noche, entonces mejor hablar, pasárselo bien. Entonces nos empezamos a relajar, y reímos. Yo veo a mi marido, sentado frente a mí, ahora y desde hace rato con su pelo corto, veo su estómago, no tan plano, veo sus ademanes que aún no logro clasificar y me sorprende, como si fuera un descubrimiento, que esa persona frente a mí y yo seamos los mismos de aquella cocina en Portland Maine, ocho años atrás. Miro a la chica francesa, rubia, sofisticada, pienso en lo hermosa que se ve esta noche casual. Miro sus arrugas que hoy le sientan bien y me impacta darme cuenta que cuando la conocí no era madre, que su cuerpo no había producido a esa niña que come y sonríe en mi mesa, esa niña rubia que vive en tres lenguas, sin saber que así es. Y luego miro las manos del hombre sueco, sentado a mi lado, miro sus manos gruesas, sus enormes dedos, y pienso en esos dedos explorando el cuerpo de su  mujer, esa mujer cuyo cuerpo parió, cuyas arrugas le sientan bien. Y pienso en esos dedos que acarician el rostro de esa niña trilingüe que fue también creada por él. Y me siento bien, pero aún ausente, aún producto de un paracaídas que me lanzó en algún sitio, al otro lado del mar.

Se van, con la niña, a eso de las doce. Empiezo a limpiar los platos (Ben cocinó), y en eso me entra un deseo intenso de música de antes, música cursi y romántica que escuchaba encerrada en mi habitación a los quince años de edad, llorando amores que ya no puedo recordar. Y pongo a Franco de Vita y a Montaner mientras remuevo la grasa de ollas y platos, llenos de comida peruana, de limón, culantro y sal, y mientras unto jabón, restriego, y un mar de burbujas crece bajo mis manos, el llanto aumenta. Lloro porque me impresiona sentir que veinte años no han pasado, que la mujer que lava los platos en su apartamento londinense en la misma chiquilla que hace ya dos décadas se encerraba en su cuarto y ponía  a todo volumen melodías pegajosas y cursis que hablaban de una marca y un dolor que  empieza y se esparce, como la noche, como las noches de invierno que tanto duran.

Me recuesto en el sillón y pienso en el viaje a Costa Rica que estamos por hacer, y por primera vez desde que compramos los boletos para ir a visitar siento unas ganas tremendas de estar en Costa Rica, ese territorio que llevo en la piel, que a veces sangra, y que marca el aquí y el allá.

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saracaba

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11 2013

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  1. 1

    hermosa! xx

    • saracaba #
      2

      Gracias por leer en español y comentar, chica!



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