La Nana

Esta semana fui al cine con una amiga a ver una película chilena titulada “La Nana”.  La película, que ganó varias menciones en Sundance este año, es un verídico retrato del rol de la nana (o muchacha, empleada doméstica, doméstica, o como se le prefiera llamar) en la vida de la familia para la que trabaja. Quizás para personas provenientes de lugares donde no es relativamente común crecer con una muchacha (como se le suele llamar en Costa Rica, mi país de origen) esta película no es personal, pero para mí, que le debo gran parte de lo que soy a estas muchachas de lugares remotos que vinieron a criarme y educarme, fue una película íntima, que me recordó a aquellas mujeres especiales, con las que en su mayoría he perdido contacto.

Después de la película tomé un café con mi amiga, con quien compartí algo de este pasado. Empecé por hablar de Petronila, o Nila, como la llamábamos en casa. Una enorme mujer nicaragüense que me quería muchísimo y me llamaba La Sarita. Le dije  a mi amiga que recordaba el perfil oscuro de esta mujer comiendo de pie en la cocina, con sus enormes dedos escapando las apretadas chancletas que calzaba. Le hablé también de Elizabeth, una muchacha que estuvo un tiempo corto pero inolvidable en casa. Yo tenía alrededor de 9 años cuando ella llegó, la recuerdo como una mujer refinada, casi salida de una película francesa de los 70, que cocinaba postres espectaculares, y nos contaba a mi hermano y a mí, en la sala de la casa, las más intrigantes historias de sexo y erotismo.

Recuerdo dos historias con claridad. La primera tenía como protagonistas a una amiga suya, que no podía quedar embarazada, y su novio. Elizabeth contaba con toda naturalidad cómo en las reuniones íntimas, su amiga se sentaba en el regazo del muchacho, mientras él la penetraba, despreocupado del riesgo de embarazo. Mientras la escuchaba, fascinada, recuerdo preguntarme cómo haría un pene para poder entrar en una vagina en tal posición. La segunda historia la protagonizaba ella, como un tipo de prostituta que se encontraba cada domingo de por medio en el Hotel Talamanca (un hotelucho del centro de la capital) con un comerciante chino que siempre aplicaba la misma rutina: desvestirla, meterla en la ducha, restregarle el cuerpo con una esponja amplia, secarla, tirarla sobre la cama, hacerle el amor toda la noche, y darle dinero al final.

Después hablé de Claret, a quien ya había mencionado en el posting Mirar o no mirar. Claret es lo más cercano a una segunda mamá que tuve. En cama de Claret me metía en noches de pesadilla, con Claret, que fue una mujer guapísima e imaginativa, me reía y jugaba. Claret se fue de casa a mis 7 años más o menos. En su boda le pateé su vestido blanco satín, no le perdonaba que me dejara. Claret se casó con un hombre que bebía y la golpeaba cada día de ser posible. Lo sé porque ella misma me mostraba su cuerpo cubierto por enormes manchas moradas. Claret tuvo muchos hijos con él y empezó a tomar también. La vi algunas veces, no supe qué decirle, luego nos desconectamos por largo tiempo.

Hace dos años mi esposo y yo fuimos a Costa Rica a pasar las navidades juntos por primera vez. Claret había regresado a casa de mi mamá a trabajar. Ahora una mujer mayor. Aún guapa, confirmé al verla. Celebramos la Navidad con mi pequeña familia: mi hermano, su esposa, su hijo, mi mamá, Claret, mi esposo y yo. Claret no se veía bien, había regresado a casa de mi mamá tras la ruptura con un hombre que también bebía y la golpeaba. Pese al dolor que le era imposible esconder, lograba sonreír, como en sus mejores tiempos, los que yo más recuerdo.

Se tomaron muchas fotos de este momento histórico de reunión familiar, se contaron anécdotas de cuando mi hermano y yo éramos “chiquillos”, y durante el transcurso de la noche pretendimos todos ser una familia, con Claret incluida, aunque conforme avanzaban los minutos, estaba yo consciente de que el desastre en la cocina le iba a tocar a una sola persona: a la muchacha, que ahora era una mujer.

Me acerqué a Claret, quien limpiaba los platos de mal modo. Herida, supuse. Le pregunté qué le pasaba, me esquivó, y tras mi insistencia me confesó que le dolía esa reunión familiar porque no era su familia, no era allí donde pertenecía. No supe qué decir, tenía y no tenía razón.

Hace no mucho hablé con mi mamá, quien me dijo que Claret se había ido. No tengo ahora modo de contactarla. Espero que la vida nos vuelva a reunir, como lo ha venido haciendo por más de 20 años. Si la vuelvo a ver no sé qué le diría, que la quiero y la pienso, supongo, y quizás eso bastaría.

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09 2010

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  1. Claudia #
    1

    Que bonito y que triste, me ha emocionado hasta las lágrimas

    • saracaba #
      2

      Emoción compartida. Abrazos.

  2. Zal #
    3

    Hola! Veo que tenés bastante interes por la literatura y por escribir. Paso por acá para ofrecerte de participar en un foro que va dirigido a la comunidad literaria, tanto escritores como lectores. Espero que te pases a verlo
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