Hombres de manos sangrientas

Ayer por la tarde mi esposo Ben y yo salimos rumbo al supermercado a comprar ingredientes para la cena marroquí que decidimos cocinar para una pareja de amigos que habíamos invitado a casa. Al salir nos sorprendió un clima primaveral, por lo que decidimos no ir al supermercado del frente, sino a uno un poco más lejos, en un área llamada Clapham Junction, donde los sábados hay un mercadillo muy entretenido. Comimos una porción de pizza en uno de los puestos y caminamos por la calle, llena de gente disfrutando del sol, hasta que dimos con una carnicería con una pinta de larga tradición inglesa y decidimos comprar el cordero para la cena allí, y no en el supermercado. Ben pidió seis costillas y el hombre, un inglés sonriente de dialecto casi ininteligible y un delantal manchado de sangre, desapareció en la parte trasera del local para regresar no con seis costillas sino con todas las del animal, de donde desprendió las nuestras. Ambos nos sorprendimos al poder reconocer la forma del cordero, pero nuestra sorpresa fue todavía mayor cuando, al pedir medio kilo de lomito (para nosotros, no para la cena marroquí), el carnicero caminó hacia la vitrina frontal y regresó literalmente con media vaca entre sus brazos. Colocó el enorme y bien añejado trozo de animal sobre una amplia superficie y empezó a escarbar en el interior de la bestia con una pericia y dedicación que me hicieron sentirme transportada al tiempo de los cazadores y recolectores. Después de minutos de maniobra, el hombre, aún sonriente, envolvió nuestro trocito de carne en un papel, regresó el animal a su sitio, y nos entregó una bolsita plástica muy coqueta y conveniente para llevar a casa.

Camino al supermercado pensaba en lo fácil que es, en nuestras vidas urbanas donde todo está procesado y ya envuelto, olvidar el nexo no solo con la naturaleza (la vaca, en este caso) sino con el elemento humano que está detrás de esos paquetes que encontramos en los pasillos de los supermercados donde compramos alimentos. Olvidamos que es una persona la que engorda el animal, la que le dispara, la que lo destaza, la que retira las vísceras, la que realiza los cortes; en fin, la que se llena las manos de sangre por nosotros.

Sobre este olvido del elemento humano en nuestras vidas hablaba también con Ben el viernes, cuando me comentó, no sin tristeza, que uno de los estudiantes de una de las compañías con las que trabaja había muerto ese mismo día. Parte del trabajo de Ben consiste en venderle licencias para un programa de aprendizaje de inglés en línea a compañías multinacionales. La cantidad masiva de estudiantes por contrato (un promedio de 20 mil) los convierte inmediatamente en cifras de una gran fórmula estadística. A Ben le impactó que la muerte transformara a este estudiante en persona. Empezó entonces a pensar en su nombre, edad, nacionalidad, en que dejaba quizá una familia huérfana, en sus planes inconclusos, como el de aprender inglés.

Es triste que una persona, aunque desconocida, deba morir para recordarnos que el mundo no se sostiene por máquinas procesadoras (de páginas de Internet o alimentos) sino por seres humanos. Es tanto el tiempo que pasamos encerrados frente a una computadora, viviendo vidas virtuales propias o ajenas, que a veces olvidamos salir, dar un paseo, aventurarnos más allá del punto común en nuestra ruta y adentrarnos en un mundo menos plástico y aséptico, donde todavía hay hombres de manos sangrientas y amplias sonrisas con los que podemos hablar.

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03 2011

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