Familia de dos

Las celebraciones tienden a estar asociadas a un grupo específico: el aniversario a la pareja, el último día de trabajo a los colegas, la graduación a los compañeros y la Navidad a la familia. Durante mi infancia, e incluso adolescencia, celebrar la Navidad con el grupo de personas con el que vivía era un hecho dado, por lo que jamás me hubiera podido imaginar que llegaría el día en que decidir con quién celebrar esta ocasión se convertiría en un gran dilema, precisamente por el cuestionamiento que he hecho a lo largo de los años de lo que es familia, o mejor dicho, de lo que se busca emocionalmente en ella.

Las navidades que he pasado fuera de Costa Rica las he celebrado de distintos modos, pero en su mayoría han incluido al menos a un Adulto (gente con hijos e hipotecas casi pagadas), lo que en mi opinión añadía el elemento de familia a la ocasión. Al principio fueron los papás de mi ex esposo danés, después los papás de mi mejor amiga en Dinamarca, y más adelante la familia estadounidense de mi actual esposo. Las últimas dos navidades las celebramos en Costa Rica, mi país de origen. La primera de estas dos ocasiones fue con mi amiga Antonieta y su compañero de entonces. Aunque la pasamos muy bien y con gente muy querida, me quedé con la sensación de que algo faltaba. Supuse que se trataba de ese elemento Adulto, que me seguía pareciendo el factor principal. La siguiente vez celebramos la fecha en compañía de mi familia costarricense, con quienes no festejaba hacía muchos años. De nuevo una velada agradable, pero algo seguía faltando. En este caso no solo no podía tratarse de la ausencia de adultos, sino que además estaba con las personas a las que sin titubeos había llamado familia durante toda mi infancia.

Este año Ben y yo decidimos pasar la Navidad en Florida, con sus abuelos maternos que están viejos y que probablemente no tienen muchos años por delante. Las intenciones de la visita eran nobles, pero no alcanzaron para sostener un festejo en compañía de personas a las que Ben había llamado con toda naturalidad ‘mi familia’. Sentados a la mesa con un par de republicanos recalcitrantes que pasan sus días frente al televisor viendo Fox News y el Weather Channel nos dimos cuenta de que una vez más estábamos con el grupo equivocado celebrando esta fecha.

Tomamos el avión de regreso a Boston ayer por la tarde, desubicados, con una sensación de ‘¿ahora qué?’. Llegamos al apartamento de alquiler donde nos esperaban nuestras cosas, dimos algunas vueltas alrededor de las maletas, con deseos contradictorios de tirarnos a la cama y no hacer nada, y de salir a la calle a buscar algo de comer y despejarnos. Un refrigerador vacío y el hambre decidieron por nosotros. Las calles de Boston, plagadas de nieve y silencio, no nos ayudaron a sentirnos más animados. Mientras caminábamos de la mano se me ocurría que no es la presencia de Adultos lo que define a una familia, sino la sensación de amor y protección casi incondicional que se espera de ella. La pregunta inicial, entonces, debería ser no quién es nuestra familia, sino con quién hemos llegado a construir una relación que en su mayoría nos provea de estos sentimientos. Miré a Ben y me dije que aunque no es algo permanente, porque hacer sentir a alguien amado y protegido es una tarea que demanda un nivel de compromiso y consistencia casi inhumano, es entre nosotros donde existe el nido de estas emociones.

Nuestros pasos nos llevaron al North End, la parte italiana de Boston. Tras examinar los trillados menús decidimos tomar el metro a Davis Square, el barrio que conocemos bien por haber sido nuestro hogar durante el tiempo que vivimos en esta ciudad. En el metro, pese a ser casi los únicos pasajeros, nos sentimos más alegres, menos perdidos. Al bajarnos caminamos directo a un restaurante indio en el que habíamos celebrado un 25 de diciembre años atrás con mi amiga Antonieta y su compañero, que estaban de visita. Los camareros, únicas personas en el restaurante, nos recibieron con gran efusividad y nos colocaron en una mesa que me parece era la misma en la que nos habíamos sentado en nuestra visita anterior. Pedimos lo mismo que entonces y comimos, solos, mientras toda una ciudad celebraba en casa. Hablamos mucho, la pasamos bien, y con el transcurso de la noche los pesares fueron quedando atrás, reemplazados por una sensación de compañía y hogar. Al salir Ben me tomó de la mano y me dijo que le alegraba mucho que hubiéramos regresado a este restaurante. ‘¿Por qué?’ le pregunté con deseos de escuchar lo obvio. ‘Porque es nuestro ritual’, dijo. Caminamos hacia la estación de regreso a casa, como una jovial familia de dos.

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saracaba

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12 2010

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  1. Kim #
    1

    so this is what being in love it like?!

    • saracaba #
      2

      Mmmm… maybe. I guess when you finally feel you can be a family with the person you are with (childless) is a good sign that there is something strong going on. But as I said, it is not permanent, it requires a lot of dedication and commitment, but it pays off!

      • 3

        Frankly I think that’s abtulosely good stuff.

  2. 4

    feliz cambio de año, sara

    un abrazo

    • saracaba #
      5

      Gracias! Igual para vos. Abrazos.



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