Estambul

Hay ciudades que nos atrapan y ciudades que no. París, de la cual escribí la semana pasada, no lo hizo. Quizá por fría, intelectual, pretenciosa. Estambul, por lo contrario, desde donde escribo este artículo, lo hizo desde el primer momento en que puse pie. Es mi segunda vez en esta ciudad, y espero no sea la última. Me siento en casa en este lugar, no sólo por el curioso hecho de parecer turca (la gente me mira con ojos sospechosos cuando les digo: English, please), sino porque hay algo en este sitio que emana vida y una extraña sensación de posibilidad.

Se equivocó Hemingway con su título de “París era una fiesta”, ya que no he conocido ciudad más vibrante que Estambul. La parte europea-mediterránea de esta metrópoli, que anida a dos continentes en su corazón, hace gala a toda hora, en todo lugar. Estambul es una ciudad conglomerada, 12.8 millones de personas la habitan, y este número se siente se esté donde se esté. Lo que me encanta de este bullicio y presencia humana es que no es opresivo para mí como visitante ni parece serlo para los turcos y turcas. Es fácil sentir la respiración de un vecino vial por la cercanía en que todo sucede aquí, pero no hay estrés ni neurosis, sino aceptación de esta realidad y así, en masa, se busca lo mejor de la vida, que aquí viene en forma de tonadas musicales que evocan profundos sentimientos, manjares que están siempre al alcance de nuestras bocas, comercios locales e internacionales que parecen nunca cerrar, bebidas con mucha azúcar que mantienen los sentidos alertas, y colores que superan cualquier gama imaginable.

Existe el otro rostro de Estambul que convive con la fiesta y el bullicio: el de la nostalgia. Por ser la nostalgia más indefinible que la euforia me ha llevado tiempo descifrar por qué este sentimiento me ha embargado no como un pesar sino como una puerta a sensaciones más profundas. He notado que hay restos en Estambul, restos de edificaciones -quizás originarios de alguno de los muchos imperios a los que ha pertenecido- que se encuentran por toda la ciudad; restos que notoriamente han ido decayendo al paso de un tiempo en que el ser humano no ha intervenido, casi como si se tratara de monumentos de la memoria y el tiempo ante los cuales se es muy pequeño para intervenir, entonces se les deja ser, como sabias esfinges, como guardianes silentes de esta ciudad que tanto ha vivido y tanto ha visto, desde los romanos y su imperio hasta la nueva república de Ataturk.

La nostalgia de Estambul también existe en sus imponentes mezquitas color olvido que se alzan como castillos mágicos en el horizonte de concreto, definiendo líneas aéreas con sus estilizados alminares que parecieran ser los lápices de la memoria desde los cuales la ciudad es convocada cinco veces al día al descanso y la paz. Las voces de los almuédanos se entrelazan para crear un óleo melancólico donde el tiempo se detiene y el corazón asiático de esta ciudad palpita con emoción.

Escribo desde el piso 18 de un hotel central donde me hospedo. Me detengo de vez en cuando para asomarme por la ventana y contemplar el Bósforo, sempiternamente plagado de barcos de todos tamaños que son como rinocerontes marinos que atraviesan el mundo con la sutileza de un delfín y la persistencia de una hormiga. Recuerdo el título de la película de Fellini “Y la nave va” y una mezcla de nostalgia y emoción y posibilidad me acoge, y entonces creo entender por qué Estambul me ha atrapado: creo que es por parecerme una ciudad tan humana, con sus contradicciones y sus recuerdos y monumentos de tiempos que no son, y su persistencia por continuar, como esas naves que van y van y van, y nunca se detienen, hasta llegar a su final.

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saracaba

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04 2010

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  1. 1

    Muy interesante leer las diferentes percepciones que te surgen ante cada nueva ciudad que visitas. Saludos.

    • saracaba #
      2

      Hola Lina, y bienvenida. Un gusto tenerte como lectora. Me gustó mucho la música de tu blog. Al final de cuentas lo que le queda a una de un lugar es la vivencia y no el lugar en sí. Muchos saludos y ojalá sigás regresando!

  2. Ricardo Bada #
    3

    Magnífico el texto, de color, de calor y de textura. Los alminares de las mezquitas como lápices de la memoria es un hallazgo. Y que te decantés del lado de quienes escribimos alminares y almuédanos, una gozada. Gracias, Sara, y como mínimo trueque, para el que caso de si no la conocés todavía, te recomiendo la lectura de la última novela de Orhan Pamuk, “El museo de la inocencia”: acrecerá tu amor por Estambul. Pero volvé alguna vez a París como si no hubieras estado nunca allá, mirala con ojos nuevos. No es, claro que no, Estambul, pero rive droite y rive gauche son como dos continentes que sólo se relacionan gracias a un bósforo (=estrecho), que en París es un río. Vale.

    • saracaba #
      4

      Hola Ricardo. Tomo nota de la recomendación de Pamuk y del retorno a París. Quizás deba regresar vestida de negro y con alma fatalista y me guste más! Espero seguirte viendo por acá. Muchos saludos, Sara.

  3. 5

    ademas, querida, no se si te llego mi otro comentario, pero tambien he tenido una fascinacion por Istanbul y pienso ir por primera vez en junio, si todo va according to plan. lei el libro, vi la exposicion de fotos en barcelona, y por poco lo conozco al autor, quien me ha dado una eprspectiva de estambul, asi que aprecio tus comentarios!

  4. 6

    Bueno, el comentario anterior parece haberse perdido en transito, logico para alguien que se firmo escritora en trasnito y en busqueda…bueno, lo que decia es que me has inspirado, con tu blog, ya que he pensado ir esa ruta y denominarme escritora tambien, y tu me has dado el penultimo empuje! gracias chica
    costanza, escritora temporalmente en barcelona

    • saracaba #
      7

      Hola Constanza! Qué gusto verte por estos lados. Encantada de tu proyecto de escritora en tránsito, así estoy yo y creo que todos los que se aventuran en este rollo de escribir! Te escribo un email con un par de preguntillas. Ojalá montés tu blog y ojalá te siga teniendo como lectora! Abrazos



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