El horror

A mediados de esta semana presencié un asesinato. Era un día como cualquier otro en esta ciudad, húmedo, gris, convulso. Me preparaba para una entrevista de trabajo en el centro, o lo que para mí lo es: la zona de Oxford Circus. ¿Bus o metro? fue la pregunta que me hice sumida en los nervios que siempre vienen acompañados de una entrevista laboral. Battersea, la zona en la que vivo, no tiene metro, al parecer porque aquí se enterraron los cuerpos de la peste negra que azotó a Londres en los 1600. Decidí tomar el bus hacia la estación de Victoria, para montarme allí en la línea que me llevaría directo a mi destino final. Ningún contratiempo, nada que no hubiera hecho ni planeado antes. Me vi entonces montándome en el bus, sacando mi Oyster Card, dándome cuenta de que no tenía crédito, pagando en efectivo, corriendo al asiento frontal del segundo piso en el que siempre me siento, diciéndome que me iría bien en la entrevista, escuchando música de mi ipod. Al llegar a la estación de Victoria, una de las más conglomeradas de la ciudad, con un tráfico diario de unos 300.000 transeúntes, respiré hondo y me dije que todo estaría bien. No fue así, nada estuvo bien. Yo repetía el mantra por el terror claustrofóbico que el metro pastoso, abarrotado y decadente de Londres me genera, pero poco sabía que tendría que decírmelo tras haber visto el cuerpo de un hombre apuñalado, flotante en un mar de sangre, rodeado de caras -la mía incluida- borrosas, espantadas, incrédulas de aquel espectáculo macabro que a quienes lo vimos no se nos va a borrar de esos ojos que se llevan por dentro en mucho tiempo.

No he sido del todo honesta ni en este primer párrafo ni en las múltiples veces que he narrado lo ocurrido en búsqueda de una empatía que nadie que no haya estado allí es capaz de profesar. La historia la he contado en su mayoría en inglés, y me he visto, de modo compulsivo, decir “I saw a man getting stabbed in Victoria Station this week”. La mentira radica en que no vi el ataque ocurrir (I didn’t see a man get stabbed), sino que lo escuché, a menos de un metro de distancia. Al llegar a la estación me confundí, ya que creí recordar que en la zona en la que estaba había máquinas para recargar mi tarjeta de viaje. El hombre de la autoridad de tránsito me indicó que debía dirigirme al final del pasillo. Al llegar vi una cola similar a la de un baño público en día de festival y recordé que en el kiosco dentro de la estación, justo en frente, podía realizar este trámite. Al entrar al kiosco me sentí orgullosa de mi ingenio: no había nadie excepto los dos hombres de apariencia india que se encargan del establecimiento. Le pedí al mayor de los dos con simpatía (seguía disfrutando de mi hazaña) que me pusiera 15 libras en la tarjeta. En el momento en que el hombre iba a hacerlo empezamos a escuchar un alarmante griterío venir de fuera, a la vez que dos mujeres entraban como expulsadas de boca de un monstruo al kiosco, y se estrellaban contra una pared llena de comestibles. Las mujeres agitadas gritaban y decían: “tiene un puñal, tiene un puñal, lo están matando, lo están matando”. Bastaron dos segundos para que el orden de las cosas y las prioridades de la vida dieran vuelta, las manos nos temblaban a todos, las mujeres gritaban, de mi boca no salía más que la palabra shit, de la del hombre indio que me atendía salió la nerviosa sentencia “This is a very dangerous city”. Las mujeres salieron, me quedé de nuevo a solas con los hombres que temblaban como marionetas, y la puerta metálica del kiosco se cerró. El miedo inicial, que era el de claustrofobia y atrapamiento se triplicó, y las prioridades iniciales regresaron a su lugar: necesitaba crédito en mi tarjeta para salir de allí, para llegar a mi entrevista de trabajo de media jornada a tiempo. Le rogué concentración al hombre que seguía dejando caer mi tarjeta, le dije que necesitaba llegar a una entrevista de trabajo, y él me vio con ojos de ‘mujer desalmada’.  Supongo que su decepción ante lo que consideró mi frialdad le ayudó a finalizar la transacción, y la cortina se abrió lentamente para dejarme salir. De nuevo los gritos, ahora un coro de terror humano reunido en esta gran estación a hora pico. Sabía que al salir de mi guarida encontraría algo que hubiese jamás querido ver, y pese a que salí casi a ciegas, mis ojos se encontraron con un hombre tirado en el suelo, nadando en un enorme charco de sangre, con la camisa levantada y un pecho cortado como trozos de res al descubierto, una manada de policías y muchos otros que se aproximaban a la escena, aquella que yo no vi suceder, pero escuché.

Me pregunté si decía haber visto la acción acontecer (en vez de decir que la escuché solamente) para darle un carácter aún más dramático a mi historia, la que todos han escuchado con una atroz indiferencia, pero empecé a descartar esa hipótesis, sobre todo al darme cuenta de que el horror de ese instante crecía en mí precisamente por no haber visto. Creo que quise poder haber visto y como no vi dije que vi. No por morbo, considero que el morbo se ha malentendido, y que por eso la exposición directa a los horrores de la guerra no logran conmover a nadie (ya lo había anunciado Susan Sontag en Ante el dolor de los demás), es precisamente el ver a medias, el poner imágenes a sonidos inconfundibles lo que genera el verdadero horror, lo otro es morbo barato que, a veces para mal a veces para bien, deja a esa mirada interna en paz. ¿Cuántos eran los atacantes a los que las mujeres del kiosco se referían al decir, lo estáN matando?, ¿quiénes eran esos agresores?, ¿entrarían al kiosco a matarnos?, ¿eran jóvenes o viejos?, ¿cómo vestían?, ¿cómo embistieron a una sola persona en manada a plena luz del día?, ¿cómo son para poder protegerme si un día soy yo quien se atraviesa en sus caminos?. Recuerdo un estómago acuchillado blando y de tez clara, pero no era así en la realidad, era un chico de 16 años “paqui” de tez morena, entonces no era un pecho blanco el que yacía postrado en el frío y sucio suelo de la estación, era otro su color. Ese que mis ojos internos que aún no dejan de ver vieron era el color de la muerte, ese que ya no es color, que no vibra ni palpita. Llegué a la entrevista en un estado de shock tal que creo fue el que me permitió concluirla con éxito. Me llamaron al día siguiente confirmándolo. Esa noche, al llegar a casa después de tres horas de vida que no sé dónde encajar, me di cuenta de que no había escuchado y visto el desenlace de un feroz ataque, sino de un asesinato, el chico “paqui” al que yo vi de un modo distinto de como era, cuyo rostro no pude vislumbrar, cuyas heridas vacunas tengo grabadas en mi memoria, murió en la camilla de un hospital londinense minutos después.

Me vuelven a temblar las manos al volver a rememorar los hechos. He leído esta tarde una noticia en el periódico sobre Polanski que me ha hecho pensar en Rosemary’s Baby. “No le puse cara al demonio porque no hay horror más grande que el que uno mismo pueda imaginar”, creo que fueron sus palabras al explicar por qué nunca se ve el rostro del mal. Me pegunto entonces, si sería ese el mal que aquel delirante, obeso y enfebrecido Marlon Brando trataba de asir al pronunciar una y otra vez the horror, the horror.

Me sigo preguntando.

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03 2010

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