Decay

Hoy me dio una tristeza enorme, que haga frío en verano.

Recordé un momento en la playa en Costa Rica, en Jacó, con mi mejor amiga, Antonieta. Era un viaje de despedida, el último viaje que haríamos juntas antes de que yo me fuera del país. Hace más de 15 años, y todavía no regreso. Nos quedamos en una cabina más fea que básica, en una parte del país que no nos gustaba a las dos. No sé por qué escogimos Jacó, o esa cabina algo triste, no sé tampoco de qué hablamos, si estábamos tristes, o evasivas. Lo que sí recuerdo como si fuera hoy, como si estuviera allí, es un momento, un momento en la playa, en el que yo me tiro sobre la arena, en un pequeño vestido de baño, miro primero al cielo, el cielo enorme y tropical, luego miro al lado a mi amiga Antonieta, fiel como un San Bernardo, estoica, y le digo: Anto, esto es la perfección. No hacía calor, ni frío, era un momento ideal, allí, sobre la arena, bajo el límpido azul.

Es primero de agosto y hace frío en Londres. Me pongo un vestido de lino fino que compré en Jaipur, India hace un año, o dos. Me pongo mis joyas indias también. A veces me gusta salir así, como si fuera india, recorrer las calles y ser confundida por alguien que no soy. Me pongo mi vestido verde y salgo, lento aunque voy tarde a la cita con el dentista. Siempre voy tarde, no sé por qué. Una chica embarazada me recibe en la recepción, me hace llenar formularios, odio los formularios, odio los consultorios clínicos. Lo lleno con mala letra, de prisa. Ya puede pasar, me dice. Camino lento. Un doctor indio me abre la puerta de su consultorio. No lo dice, pero lo sé. Es guapo, me veo instintivamente sonriendo. Me recuesto en esa silla enorme y plástica. Es simpático, pero reservado, formal. Abro la boca, cierro la boca, aparatos entran y salen, me aguanto las ganas de vomitar. Miro al doctor, que se funde con el cielo de gris profundo que veo a través del tragaluz. Quiero que, mientras yo abro y cierro la boca, aguanto el vómito, me diga algo. ¿Es usted india? Ah no, por su aspecto, sus joyas, su andar. Pero aquí no se dice nada, no se cruzan las barreras. Distinto a aquel doctor americano-libanés que tuve en mis años en Boston, que me cortaba pedazos de encía mientras me hacía reír, con chistes de monos y café. Ya no recuerdo por qué, pero me hacían reír, mucho. Ahora somos amigos en Facebook y puedo decir que le tengo cariño, mucho.

There is decay in one tooth, me dice el doctor mientras me muestra radiografías donde los dientes parecen dentadura de rata, torcidos y feos. Decay? What is decay? le digo. Entiendo la palabra pero quiero saber qué es eso, exactamente, ese decay que ahora es parte de mí. Saca su teléfono, en un app de dentistas con figuras en tercera dimensión me enseña eso, el decay. Miro el dibujo, la progresión. Escucho las cifras del tratamiento, siempre altas, en esta parte del mundo. Pago por la sesión, doblo el papelito con el tratamiento, costoso, que un día me tendré que hacer, para detener el decay.

Salgo lento, más lento de lo que llegué. Me detengo en el local de al lado. Corelli’s, una institución. Me pido un trozo de pizza. Para ir caminando con él, digo. Camino, mordisqueo la pizza con mi decay, y voy muy lento, sin querer llegar a ningún sitio. Entro a mi edificio, al parqueo. Me siento en una banca de un jardín, me levanto. Ahora me recuesto contra un carro verde, de hecho del mismo color de mi vestido de Jaipur. Desde allí puedo ver la ventana de la oficina de mi apartamento. Cuántas horas hemos trabajado allí mi esposo y yo, cuántas horas infinitas y sin fin trabaja una en esta ciudad; sin parar. Mordisqueo lento, me pregunto si eso es el decay, la vejez, la lentitud.

Termino la pizza y lloro, allí en el parqueo. No solo porque es primero de agosto y hace frío, pero porque siento una nostalgia terrible de cosas que están lejos, inalcanzables, en esa playa de mi pasado, bajo ese cielo enorme, y lleno de ilusión.

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08 2017

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