Claret

El homenaje que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince hace, en su cuento “Emma y Teresa”, a las muchachas del servicio doméstico que han sido parte fundamental de la vida de muchos, no sólo me conmovió hasta las lágrimas, sino que me hizo recordar con vívido detalle a Claret, la muchacha de mi vida a la que más he querido.

Claret llegó a nuestra casa cuando yo era apenas una bebé de poco menos de un año. En aquel entonces mi mamá se dedicaba a sacar su especialidad en psiquiatría y estaba poco en casa, al igual que mi papá, que un tiempo después dejó de estar del todo. Claret fue desde entonces, y a lo largo de mi infancia, esa persona a la que indudablemente recurría en momentos de dificultad. Era a su cuarto, ubicado después de la cocina, al principio de un pasillo frío que daba a la sala de pilas, donde me iba a meter en las noches en que no podía dormir, o en que me sentía sola. Aunque su cama era pequeñita, como diseñada para una persona destinada a no tener familia propia ni sexualidad, siempre había espacio suficiente para mí. Claret levantaba las cobijas y me dejaba acurrucarme al lado de su cuerpo tibio, me acariciaba la cabeza, y repetía “Mi Chiquita”, mientras las dos íbamos cayendo en un sueño tierno, bañadas por las imágenes de telenovelas que iban sucediéndose en el diminuto y viejo televisor de su habitación.

Aquel ensueño infantil llegó a su fin cuando Claret, pese a la cama estrecha, se casó, se mudó a una finca y tuvo sus propios hijos. Aun así la seguí viendo, yendo a su casa en el pueblo de Pacayas, un sitio frío y neblinoso donde yo apretaba las ubres de las vacas por las mañanas y jugaba con sus hijos por las tardes. Claret me seguía llamando “Mi chiquita”, y aunque a mí me gustaba que lo hiciera, me bastaba con mirar a mi alrededor para darme cuenta de que no era lo mismo. Con los años, además, crecimos. Yo dejé de ser una niña y ella una muchacha, y aquella isla que fuimos quedó perdida en el tiempo.

Hace algunos meses Ben y yo decidimos pagarle a una muchacha para que nos ayudara con la limpieza de la casa cada dos semanas. Desde entonces hemos visto desfilar una cantidad de brasileñas que llegan, vienen por un tiempo, y luego se van, víctimas de virus incurables, problemas migratorios, o embarazos indeseados. Hay una muchacha, sin embargo, que viene desde hace semanas, y sigue viniendo. Su nombre es Adriana, pero no sé mucho más de ella. Sólo que es asustadiza, que lleva pocos meses en esta enorme ciudad y que no habla inglés. Me dice algunas cosas en portugués, esa lengua tan linda que no hablo pero logro comprender. Dice sabãobanheirotá, estou pronta, mientras yo ando por las esquinas de mi casa, un poco asustadiza también, porque lo que Adriana no sabe es que me recuerda muchísimo a Claret, y que cuando entra, y se quita sus zapatos y toma la aspiradora y los trapos, yo no quiero que limpie, sino que se siente conmigo, que me acurruque en sus brazos y me diga “No te preocupés, mi chiquita, que todo va a estar bien” o “Não se preocupe, minha menina, tudo vai ficar bem”. Pero no lo dice y yo me callo, como Faciolince en su historia, y lo único que logro hacer es interrumpirla de vez en cuando con vasitos de agua fría, con los que pretendo aliviar algo del sudor que va acumulando en su cuerpo, mientras recorre los rincones de mi vida, los desempolva, y pone todo en su lugar.

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05 2011

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  1. Ricardo Bada #
    1

    Qué precioso texto, SariTica. El de Héctor es bueno, muy bueno, como casi todo lo suyo (y el “casi” casi me avergüenza, pero siendo él un amigo tan querido, si no incluyo el “casi” casi que me llaman cosas feas), sí, el de Héctor es bueno, muy bueno, pero el tuyo no desmerece. Además de que le da otra dimensión al tema. Enhorabuena, SariTica.

    • saracaba #
      2

      Hola Ricardo, muchas gracias por tus palabras, y por la halagadora comparación. La voz de Héctor me gusta mucho, la siento cercana. Muchas gracias por haberme introducido a su obra y a él como persona. Muchas gracias a vos por seguir leyéndome y por tu apoyo. Muchos abrazos. Sara.



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