Calles sin nombre

En Costa Rica, mi país de origen, las calles no tienen nombre. Hay tres excepciones, todas ubicadas en el centro de San José, la capital: la Avenida Central, la Avenida Segunda, y el Paseo Colón. De poco sirven estas calles, ya que la mayoría de la vida de las personas se desarrolla en el resto del territorio nacional. La dirección de mi casa de infancia (en Cartago, pequeña provincia al lado de San José) era: Residencial González Angulo, de la entrada principal, 200 metros al sur bajando la cuesta, y 25 al este. Casa blanca de portones café a mano izquierda; la de mi casa de adolescencia (en San José ahora): del Colegio de Arquitectos e Ingenieros 250 metros al norte, 250 al este, 50 al norte. Casa amarilla con rejas blancas a mano izquierda, junto al lote baldío; y la última dirección en la que viví antes de salir del país fue: Mata de Plátano, de la Choza del Indio, 200 metros al oeste, hasta topar con los tanques del AyA (Acueductos y Alcantarillados), de ahí más o menos 50 metros al sur, hasta llegar al Residencial Azul del Prado. Preguntar al guarda de la entrada por la casa número 25 (números absolutamente aleatorios).

A los 18 viví en Estados Unidos unos meses debido a un intercambio para universitarios en el que participé. Al final del mismo decidí que era tiempo de que Manhattan y yo tuviéramos un encuentro. Me monté en un tren rumbo a Nueva York, me bajé, salí de la estación, y empecé a caminar sin atreverme a sacar el enorme mapa de la ciudad que había comprado en vano, ya que estaba segura de que no lo llegaría a usar. Opté entonces por recordar mis pasos con exactitud para poder volver sobre los mismos (creo que tomé la inspiración de “Pulgarcito”). Siguiendo esta lógica, entré a una enorme tienda Gap, asegurándome de recordar la esquina exacta de acceso. Miré los edicificios al frente, y recordé que había pasado por el Rockefeller Center, así que no sería nada complicado. Lo que no sabía era que esta tienda era un universo en sí mismo, y una vez dentro, sumida por la emoción de la oferta de ropa y mi primera tarjeta de crédito, olvidé mis pasos y me sumergí en un frenesí consumidor. Al salir por una esquina que estaba segura era “mi” esquina, me topé con dos desagradables sorpresas: no era la esquina adecuada, y  la noche había caído. Regresé a la tienda, como una hormiga ofuscada, tratando de recrear un recorrido que se asemejaba a un ciclón. Tras al menos una hora de esfuerzos, di con la esquina adecuada. Apuré el paso hacia la misma estación a la que había llegado, muy asustada, sin atreverme a ver nada más de Nueva York, prometiéndome que aprendería a usar esos pliegos de papel con muchos nombres e indicaciones llamados mapas.

Con el tiempo y los viajes aprendí, y me desenvolví con honra en ciudades y sistemas de trenes tan complejos como el de Moscú, y regresé a Manhattan y, guiaba por la seguridad que el mapa que ahora entendía me brindaba, me aventuré a explorar lo pendiente, y al pasar por la misma tienda Gap me reí, y me costó creer que aquella historia me hubiera ocurrido a mí.

Estoy pasando el fin de semana en Roma, una ciudad que estoy segura no fue sencilla de trazar en mapas accesibles para el viajante. Andábamos Ben y yo anoche por Trastevere buscando cena, buena cena -no un plato de pasta masuda flotando en tomate ácido- sin mucho éxito, sin parámetro que seguir mas que el de evitar lugares con menúes gigantes y coloridos en varios idiomas. En eso recordé que tenía que comprar una crema de cuerpo, así que entramos a una herboristería cercana, y al pagar le preguntamos al simpático dependiente (italiano) por una buena recomendación. ‘Aquí, saliendo a la derecha’, dijo afable. ‘¿En qué calle?’, inquirí yo científicamente. ‘No, no, aquí no más, no lo pueden dejar de ver’. Guardé mi mapa con recelo, salí de la tienda, y en efecto allí estaba el restaurante, en una calle cuyo nombre no llegué a ver.

Tras una cena espectacular, salimos Ben y yo a vagar de la mano -con el mapa y demás parafernalia turística guardados en el fondo de nuestros bolsos- por calles estrechas, donde aparecían bares en veces, gatos en otras, motos parqueadas, payasos, gente, silencios. Un despliegue de vida de lo más natural, que existía en calles aquella noche sin nombre, como los lugares que de tan familiares no hace falta nombrar.

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07 2010

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  1. Leopoldo #
    1

    Que curioso, hace 2 años hice un trabajo para el BID sobre los costos de dotar de nomenclatura vial a Costa Rica, como 5$ millones y tambien estimé los costos por perdida de tiempo laboral por (des) ubicarse en busqueda de alguna dirección. Lo curioso es que en teoría todas las calles y avenidas tienen ya sus numeros, pero en el tanto no se pongan las placas, no es relevante dicha numeración. Es como que nunca lo llamen a uno por el nombre, pero sepan quién es quién; claro para terceros será más dificil ubicarlo. Ciertamente es una de las características más destacables la forma de dar direcciones en CRC. Me acuerdo la del Higuerón de San Pedro, que ya no existe (recuerdo el sábado hace décadas que el viejo arbol se vino a pique) y aún siguen dando la dirección como “del viejo Higuerón” cuando son muy exactos. Más allá de la logística que muchas actividades requieren de nomenclatura vial (incluyo la turística), es una linda costumbre dar las direcciones por señas porque revelan elementos importantes de la geografía que la gente retiene a lo largo de la historia o de sus experiencias locales. Dejo el tema de mapas para otra ocasión.

    • saracaba #
      2

      Hola Leopoldo, gracias por compartir tu comentario, y gracias por traer a colación el clásico “del antiguo higuerón”. Yo lo llegué a ver, al higuerón, pero imaginate qué surreal para aquellos que nunca vieron más que su ausencia. Es una cosa muy tica ese modo que tenemos de dar direcciones, y más aún, la anuencia permanente a ayudar (aunque estemos bateando a lo bestia) a cualquier cara acongojada que baje la ventana del carro y nos diga: ¿sabe cómo se llega a….? Cuando voy con Ben se queda alucinado no solo de que ese particular sistema funcione, sino de que pese a los esfuerzos por dotar de nomenclatura (o utilizar la existente), la gente se resista. Creo que el tico no se imagina yendo por la Ruta A-20 hasta cruzar con la intersección C-41, sino que se imagina ese palo de mango a mano derecha, y esa pulpería en la que va a preguntar qué le depara el camino por venir. Como economista que sos debió de haber sido interesante valorar los costos monetarios del perderse, porque cuando te toca un bateador como brújula, termina una dándose unas perdidas históricas.

  2. Fede #
    3

    Querida hermana, espero que nunca hayas dado esa direccion de la Gonzalez, porque te hubieran llegado a buscar a otra casa.. Eran 300 metros!! Jajaja
    Como si eso hubiera marcado la diferencia!

    Curiosamente, y sin pecar de juez hacia los mas viejos, aqui seguimos dando las direcciones desde puntos “conocidos”, puntos que ya son menos los que los conocen: que tal la antigua Galera o la casa de Matute Gomez?

    Como indica tu amigo Leopoldo, en efecto, todas las calles tienen numeracion y codigo, mas nadie lo utiliza… En los ultimos años, se ha hecho un esfuerzo entre algunos gobiernos locales y la empresa privada de rotular dichas calles, pero la gente se rehusa a utilizarlos, o siquiera a aprenderselos…
    No hay nada mas sencillo que complicar a alguien enredandolo mientras vos jugas de erudito dando una direccion.. jejej

    Siempre he pensado en los desafortunados extranjeros, y su sufrimiento cuando viajan en CR, porque no solo las calles y avenidas no estan rotuladas, si no que a veces es imposible llegar a un lugar determinado desde un punto especifico.
    Como es posible que en el centro de San Jose haya una señal que diga: Paso Canoas 345 km
    De que te sirve saber que estas a 345 km de tu destino si ni siquiera tenes informacion para llegar a San Pedro, para luego pasar por “la antigua Galera”, para luego tomar la autopista a Cartago (Florencio del Castillo), para ya de ahi, siguiendo directo y sin desviarte por ningun lado, llegaras, 5 horas despues, a tu destino…

    Pregunta para Leopoldo: Cuanto le cuesta al pais tener a toda esa gente tratando de ubicarse? Me imagino que bastante..

    Una vez que terminemos de rotular avenidas y calles, y sobre todo que aprendamos a usar ese sistema, creo que queda un reto mas dificil, numerar todas y cada una de los edificios, casas, chozas y tugurios de este pais!

  3. gioconda #
    4

    Me he extasiado leyendo tus páginas. Veo que hablas de tu pasado, por dicha no el familiar, como le reprochaba la mamá de Isabel Allende.¿Has considerado la posibilidad de enviar alguno de tus escritos menos personales a La Nación, a Julio Rodríguez el de la página 15?. Son mejores que las superficialidades que escriben allí. De todas maneras, me encanta como escribes, puedo transitar felizmente por tus scritos. Te quiere, Gioconda

    • saracaba #
      5

      Hola! Me encantaría poder colaborar con algún medio escrito, de hecho. Hablemos al respecto por email. Gracias por seguir la lectura y por la sugerencia.

  4. Andrew Miller #
    6

    Hola Srta. Esperanza – gracias por escribir sobre las direcciones en Costa Rica! Disfrute mucho de esta discusion.
    Saludos,
    Andrew Miller, Cambridge MA

    • saracaba #
      7

      Jaja, cierto, cómo surfrías!



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